Educación ciudadana

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El pasado jueves, día 7, los hijos de la Gran Bretaña procesionaron a los colegios electorales para elegir a sus gobernantes. Al día siguiente, viernes, los dirigentes de los partidos que no se vieron respaldados por los votos presentaron su dimisión. Aquí, en España, la procesión será el próximo día 24. Te apuesto un quintal de vergüenza que, al día siguiente los dirigentes de todos los partidos alardearán de su victoria. Todos se darán por ganadores, inexplicablemente, y no dimitirá ni el Tato. Digo yo que, algo nos diferenciará para que adoptemos actitudes tan divergentes ante hechos idénticos. ¿Será el idioma? El inglés es nasal y metalizado, mientras que nuestro castellano tiene la dureza del desierto, las jotas salen de la garganta como eructos y las erres se construyen vibrando la lengua contra el paladar de la boca, como simulando el rugido de un motor. ¿Será la altitud? Nos separan varios paralelos y por esos andurriales hace un frío que pela y el sol está como ausente, que diría Neruda. ¿Será la orografía? Las islas tienen una finitud tan próxima que, necesariamente, te tienen que dar ataques de claustrofobia cuando ves que se termina la tierra. ¿Será la ciencia de Newton? ¿La literatura de Shakespeare? ¿La filosofía de Jeremy Bentham y de John Stuart Mill? ¿El evolucionismo de Charles Darwin y de Herbert Spencer?

No te calientes los cascos. Creo que no es necesario elaborar sesudas tesis preñadas de disimilitudes sociológicas y antropológicas, basta asomarse a sus aulas. Te asombrará comprobar que en Gran Bretaña nadie copia. El profesor puede echarse una siesta o ausentarse, nadie sacará una chuleta ni desviará la vista hacia el examen de su condiscípulo. Los ciudadanos británicos consideran que sería engañarse a sí mismos, hacerse trampas en el solitario y, sobre todo, sería un acto de deslealtad a todos los compañeros. En un aula española el que no copia es considerado lelo, se le estigmatiza socialmente y es carne de chanza y vituperio, del mismo modo que quien cumple con el fisco sin estar atado a una nómina, o el que no trasgrede las normas de circulación. Estas diferencias cualitativas explican que Chris Huhne, ministro británico de Energía, dimitiera de sus cargos de ministro y diputado, en 2013, porque diez años antes le impusieron una multa por exceso de velocidad y, para no perder todos los puntos, alegó que conducía su esposa. En España, si ya adolecíamos de indigencia educativa en civismo, nos han echado al ministro José Ignacio Wert, como el que tiene sed y lo sueltan en un desierto. Ha suprimido la asignatura “Educación para la ciudadanía”, ha podado las Humanidades, y ha relegado a la categoría de optativa la “Educación artística” porque “distrae de las demás asignaturas”. Para mayor mofa y befa de la ciencia, ha tenido a bien, con el aplauso unánime de los purpurados, implantar la asignatura de “Religión” para que nuestros púberes boguen en la nave del misterio de la Biblia, que es como una precuela de los programas de Iker Jiménez. Y para redondear la faena ha asestado una estocada, en toda la cruz y hasta la bola, en los presupuestos de la educación pública. No quieren críticos, quieren sumisos. No quieren cultos quieren productivos. No quieren pensantes los prefieren obedientes. No quieren inteligentes quieren listillos. No quieren escépticos quieren crédulos. No quieren ciudadanos prefieren súbditos.

Los valores del nacional-catolicismo más rancio están servidos: Dios es bueno y me ama porque yo lo valgo. Por el contrario, el mundo, el demonio y la carne, esto es, los hombres son malos. La ciencia sólo es creíble si no contradice la palabra de Dios, te alabamos Señor, Amén. ¡Ah!, y si doy por el culo al prójimo, me confieso y el mismísimo Dios me perdona por delegación, “ego te absolvo a peccatis tuis in nomine patris et filii et spiritus sancti.” Se consagra el principio de que no importan los medios sino los fines. Lo de menos es saber, lo de más es conseguir el título que lo acredite. El mérito es contraproducente, lo meritorio es conocer a alguien que te coloque o te ascienda. El esfuerzo propio no consiste tanto en hacer bien tu trabajo, cuanto en hacer que parezca que está bien hecho y en adquirir cierta destreza en lamer culos más altos. Está bien visto aprovecharte del trabajo y de las ideas ajenas, así demuestras que eres más listo que ellos. El que puede se beneficia de lo que la sociedad ofrece sin pagar nada a cambio. A ver, no es por no pagar impuestos es que haces ingeniería financiero fiscal para que no te tomen por imbécil. No es por no abonar un salario digno al trabajador es para incrementar la productividad. No se trata de dar boleta, sin más, a los empleados que han contribuido a crear y fortalecer la empresa, son ajustes de costes para ser más competitivo y, de paso, forrarse con más rapidez. Y si el dinero lo tienes en paraísos fiscales no es por no contribuir al bien común, es por diversificar riesgos; ya se sabe que la digestión de la deuda es muy pesada y puede terminar en una diarrea que deshidrate la economía, además, hay que estar prevenido no vaya a ser que las malditas urnas descabalguen a los míos y empoderen al demonio con coleta.

Nuestros gobernantes están empeñados en que sigamos disfrutando de los mismos valores que tanto florecieron en la dictadura y que hoy siguen dando sus frutos. Tengo la sensación de que el tiempo corre para atrás como en el reloj del British Bar de Lisboa con sus minuteros al revés. Por eso no me extraña que a Esperanza Aguirre, candidata a la alcaldía de Madrid, le otorguen el primer puesto todas las encuestas. Lo que le falta de inteligencia y cultura lo suple con listeza. La oratoria y el sentido común con desparpajo y cara dura. La falta de formación y su nula capacidad de gestión con mentiras y el dinero de los madrileños. La talla política con desplantes, contradicciones y payasadas. Si comete un delito a plena luz del día, con cámaras de por medio, lo negará, te tomará por imbécil y te dirá que deliras. Y lo que le falta de buena persona lo suple con arrogancia y soberbia. Para lo demás, cuenta con un nutrido grupo de bufones que juntan palabras a su mayor gloria, unas centenas de carromeros y una trinca de ladrones.

Qué se puede esperar de la educación ciudadana de un pueblo cuyos universitarios idolatraban en la transición a Mario Conde, y hoy les gustaría encarnarse en el Pequeño Nicolás.

J. Carlos

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