El mayo

el mayo

El uno de mayo nacía de nuevo el mundo. Habían pasado las nieblas de diciembre y enero que emborronaban las casas de adobe y los carámbanos de las calles. En aquellos inviernos las nubes pesaban tanto que, no podían sostenerse en el aire y se pegaban a la tierra blanca de escarcha; algunas veces, hacia el mediodía, se deshacían y se apreciaban nítidas las cicatrices de las pezuñas de los animales sobre el barro helado de la calzada. Habían pasado febrero y marzo con  cielos de plomo y  con lluvias abundantes, que dejaban relucientes los cantos rodados de las aceras y las calles anegadas. Había pasado abril con sus días locos de cielos blancos y azules y sus vientos furiosos que ululaban en las casas, cerrando y abriendo, a su antojo, puertas y ventanas. Había llegado mayo para que las espigas de trigo y cebada granaran acariciadas por el viento tibio, para que las charcas se cuajaran de renacuajos. Había llegado mayo para que la eras reventaran de flores que luego llevaríamos a María, y para que el cielo se vaciara de nubes y diera paso al vuelo de las golondrinas, vencejos y pardales.

El uno de mayo, cuando me despertaron, el sol ya estaba asomado a las baldosas azules; no había calcetines junto a mis zapatos, ni jersey de lana sobre la colcha; sólo una camisa, todavía de manga larga, y unos pantalones cortos con tirantes cruzados. Después de desayunar la leche de cabra migada no había que ir a la escuela, el Papa había proclamado que un día como hoy era fiesta. Me dejaron ir solo a la plaza para ver el mayo que los mozos habían plantado la tarde anterior. Era un tronco alto, muy alto, que llegaba casi hasta el cielo. Arriba ondeaba una bandera de España y también un cuero de vino, a la espera de que algún valiente trepara por la piel lisa del álamo para echarle un tiento. Abajo, en mayúsculas negras, formando un anillo, habían escrito Vivan los quintos de 1960. A medida que pasaran los días hasta que se desplantara, el tronco iría llenándose de letras y de símbolos como un papiro, esculpidos a pico de navaja, con iniciales, flechas, corazones y alguna que otra inconveniencia. A los niños no nos dejaban ver la plantada, luego sabría que se necesitaba un carro, unas cuantas maromas y escaleras de mano, entre las que no faltaba la más larga del pueblo, la de Cesáreo; era tan larga porque tenía que llegar a las farolas para cambiar las bombillas fundidas. Unos años después veríamos a Cesáreo sobre esa misma escalera, transformada en angarilla, tumbado y cubierto con una manta; lo llevaban a casa unos hombres porque le había dado un pasmo en la iglesia, donde ejercía de sacristán; también era barbero, peluquero y contador de la luz.

Medio pueblo estaba congregado frente al mayo. Era el mejor, el más hermoso y el más alto, en eso todos coincidían, salvo los quintos de los años anteriores que discrepaban porque el suyo había tenido el tronco más gordo o la bandera más grande. Yo sonreía pensando que, cuando pasaran los días y la gente se fuera olvidando del mayo, en el momento mágico en que el día no se acaba de ir, la noche no acaba de llegar y las farolas no están prendidas, los niños haríamos tino con el tirachinas para cantear la bandera y el cuero de vino. Aprovechando el bullicio me escapé por detrás de los corrales y subí al San Pelayo para averiguar si desde allí se vería el mayo. No se veía, las casas estaban construidas sobre un pequeño altozano y tenían los tejados muy altos. Volví a casa, ya me estaban buscando. Antes de ir a misa mi madre me peinó con una raya a la izquierda y una onda sobre la frente, luego me pellizcó con fuerza los carrillos, para que te salgan los colores, dijo. Las madres tardan mucho en componerse y sólo habían tocado las primeras, salí de casa, crucé la calle y subí hasta la era de Ursicino, la hierba me acariciaba los tobillos desnudos mientras cogía un ramo de margaritas. Se lo di a mi madre que lo puso en un tarro de vidrio con agua. Antes de salir hacia la iglesia, robé una margarita del jarrón improvisado y me la guardé en el bolsillo. La misa fue tediosa como siempre, con mucho incienso y mucho latín. Cuando el cura dijo ite missa est  me desasí de los brazos de mi madre, tropecé con el reclinatorio y salí corriendo. Todos fuimos a la plaza, era la hora en que el mayo no tenía sombra. Caminábamos en procesión, el cura delante con la misma casulla dorada con que había oficiado la misa; a su lado el alcalde, que llevaba una rosa blanca en el ojal de la chaqueta de pana negra y se apoyaba en el bastón de mando; detrás los monaguillos; a continuación el ayuntamiento en pleno y, después, todos los demás. Se detuvieron frente al mayo, el cura bisbiseó unos latinajos, le pidió a un monaguillo el acetre con el agua bendita y asperjó con el hisopo el tronco del álamo. Fue decir Amén y estalló una algarabía. Los quintos pasaban botas de vino, de mano en mano y de boca en boca, entre los mozos y los hombres. Las mozas se recolocaban las pañoletas y se atusaban las margaritas y las rosas en el cabello; las más atrevidas se ponían una rosa roja en la cuenca de los senos. Los demás, con la mano abierta sobre la frente, levantábamos la vista hasta la bandera. Con el vino todavía perlando las bocas y con alguna mancha en las camisas, los quintos, por turno, trepaban el mayo. Se apostaban gaseosas de las que vendía el tío Secundino, al que las malas lenguas acusaban de fabricarla con el agua de la laguna de los Terreros, a ver quién llegaba al cuero de vino y echaba un trago. Sólo uno de entre ellos que subía a saltos, como un mono, tocó la bandera y se regó las entrañas con el vino. Mientras el pueblo se rompía las manos aplaudiendo, yo fui al encuentro de una niña de ojos castaños con reflejos oliváceos. Tenía la piel muy morena y la cara muy redonda y el pelo muy largo. Me coloqué a su lado, saqué del bolso mi margarita y se la di. Sonrió y me dijo, ¿por qué no me la pones tú en el pelo? Se la prendí por encima de la oreja. Me dio un beso en la mejilla, se me subió toda la sangre. Seis o siete mayos después, sus ojos castaños con reflejos oliváceos se cerraron para siempre.

J.Carlos

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