Creencias

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          Los libros son como las personas, unos te caen bien, otros te decepcionan, todos te enseñan y de algunos te enamoras. He de confesar que la carne es débil y he estado en amores con dos centenas largas de ellos. Algunos todavía los llevo a la cama, pero sólo de vez en cuando, porque uno es promiscuo en estas lides y siempre anda dejándose seducir por lo último que lee. Te cuento esto porque desde hace unos días tengo un nido de mariposas en el estómago, estoy inapetente, pospongo las citas con los amigos, la vida me sonríe, duermo poco, transpiro euforia, tengo el pulso desbocado. Mi único deseo es quedarme solo y encerrarme en mi habitación con “El sistema humano y su mente” de Fernando García Rodríguez. Un psiquiatra. Ya ves. El amor es ciego.

No me engaño; si me he enamorado de este libro no ha sido un flechazo es,  porque explica, sistematiza y, a mi entender, prueba científicamente lo que creo que somos.

Para García Rodríguez, el ser humano es una estructura gobernada por el sistema más complejo conocido que es el cerebro, con 30.000 millones de neuronas interconectadas entre ellas.

Para explicar cómo hemos llegado a esa estructura, aplica la teoría sistémica. Sintetizando mucho: La materia es una manifestación de la energía con una determinada estructura u organización, esto es, está dotada de información, porque informar es dar forma. La materia, pongamos las partículas elementales, se combinan por azar en estructuras más complejas dando lugar a moléculas y, éstas, a su vez, combinándose, dan lugar a otros sistemas superiores como las células.

El ser humano es una estructura superior formada por la ordenación de estructuras más simples como las células y, viene con su información primigenia, unos programas instalados de fábrica. El cerebro que ha de gobernar esta gran estructura, también viene son su carga genética, que se concreta en un sinfín de programas que han ido utilizando, para sobrevivir, todos los seres vivos que nos han precedido en la escala evolutiva. Entre ellos destacan dos conjuntos de programas básicos: Los que suministran el ánimo (las ganas) de vivir y los que controlan la angustia de morir. Los programas del ánimo nos aportan chutes de placer para que comamos, bebamos, forniquemos, pensemos, aportemos al común, nos solidaricemos, ayudemos…; en suma, para que sigamos subsistiendo individualmente y como especie. Mientras que los programas de la angustia nos ponen en alerta frente a las múltiples amenazas que acechan nuestra existencia.

El autor estima que mantener en equilibrio entre estos dos factores, el ánimo de vivir y la angustia de morir, es fundamental para tener una vida agradable y placentera. Su desequilibrio da lugar a las psicosis y a las neurosis.

En el ensayo, como en todo ensayo que se precie, hay buenas y malas noticias, a saber:

Dos buenas:

La primera es que, del cerebro y su interacción dinámica con la realidad emerge una propiedad, la mente y el yo que lo opera. La mente puede imaginar escenarios diversos, recrear vivencias, pensar, adoptar decisiones, racionalizar. El yo operador puede dirigir, en parte, al sistema, ordenándole, por ejemplo, que traiga determinados outputs a nivel consciente, al igual que el operador de un ordenador puede visualizar resultados en la pantalla.

La segunda es que, no funcionamos sólo con programas instintivos que resuelven nuestra existencia con automatismos básicos. Somos una “máquina” de resolver problemas de forma que, confrontamos con la realidad y, en función de las amenazas u oportunidades que percibimos adoptamos soluciones, y las que se muestran eficaces las fijamos como automatismos (programas), que se activarán cada vez que aparezca el mismo problema u oportunidad. Estamos permanentemente instalando programas nuevos porque estamos interaccionando permanentemente con la realidad o, por mejor decir, con la realidad que interpreta y recrea para nosotros nuestro cerebro. Por eso estamos en permanente evolución, cambiando nuestro cerebro y su propiedad la mente con cada experiencia y con cada pensamiento. La vida es información y el acto de vivir es el manejo de esa información

Las malas noticias son las instalaciones creenciales:

El hombre no acaba de instalarse en la racionalidad. Se resiste a abandonar interpretaciones del mundo y de sí mismo que corresponden a las creencias, sean religiosas, territoriales, ideológicas, etc. Las creencias exigen la absoluta fe en su certeza, de modo que si alguien no las comparte, despierta la duda en el creyente y, con ello, la angustia de estar en el error. Así que el incrédulo, el pagano, se convierte en enemigo. Y ante el enemigo se activan los programas primigenios de agresividad, porque de esos programas han dependido a lo largo de la evolución la posibilidad de destruirlo y seguir subsistiendo.

En occidente, gracias a la Ilustración –que fue una vuelta a la instalación racional de los griegos- llevamos dos siglos fructíferos, liberados de supersticiones, seres fantásticos y dioses, lo que ha permitido al hombre vivir más libre y dedicado al progreso, esto es, a resolver los problemas materiales y a preservar en el conocimiento. Ahí está la Declaración de los Derechos del Hombre, una de las creaciones más hermosas y fructíferas del ser humano, un invento ten esencial como la máquina de vapor de James Watt.

Sólo hace unas décadas hemos asistido a instalaciones en creencias ideológicas que alfombraron Europa con millones de muertos: El fascismo y el marxismo. Marx dividió a la humanidad en dos bandos los proletarios y sus enemigos los burgueses a los que había que destruir. Hitler utilizó la creencia en la raza superior, la raza aria, activando el programa primigenio de la territorialidad animal de los enemigos que, por extensión, eran todos los demás.

Hoy vemos como subsisten mundos cerrados basados en los credos religiosos. Ahí tienes a los yihadistas instalados en sus creencias fanáticas, empañando de sangre la tierra y destruyendo patrimonio de la humanidad, al igual que otras religiones regaron con sangre la tierra siglos atrás. La demostración palpable del poder de seducción que tienen los programas primigenios, la tenemos en los cientos de personas nacidas y cultivadas en Europa que se sumen a la lucha contra el infiel.

También sufrimos en España los delirios de individuos que están intentando activar en sus conciudadanos la instalación creencial del nacionalismo. El señuelo es una Arcadia feliz que sólo lleva a establecer un “territorio” en el que todo aquel que no participe es un enemigo, por lo que se reacciona contra él activando los programas heredados de agresividad. De poco sirve que hayamos ido construyendo organizaciones sucesivas como la tribu, el pueblo, la nación, la federación de naciones, asociaciones como la Unión Europea, con el afán de crear agrupaciones cada vez más numerosas de individuos organizados en un sistema de confianza, para silenciar los programas de agresividad que hemos heredado de los animales.

Basta un pequeño grupo de filibusteros, aunque utilicen argumentos tan burdos como los nigromantes o los vendedores de pastillas para la cura del cáncer, para hacer mella en personas crédulas o desesperadas; porque los programas genéticos, heredados desde que fuimos anfibios, son fácilmente operables con los señuelos del miedo al enemigo que nos roba, nos amenaza, o se ríe de nuestras creencias y nos hace dudar de ellas.

Frente a estas instalaciones creenciales, García Rodríguez aboga por una instalación racional basada en la renuncia a la certeza porque la realidad es cambiante, interpretando la realidad con un escepticismo moderado, abierto a todo cambio, sin límites fijos, “pero sin que ello despierte la angustia de sentirse perdido en la realidad”.

Más ciencia, más cultura, más libertad, más escepticismo y menos fe. Y si no, atengámonos a las consecuencias.

 J. Carlos

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2 Respuestas a “Creencias

  1. Gracias por su comentario, Constance, y por su ánimo.

  2. Muchas Gracias. Muy interesante y acertado el consejo del autor (que parece usted hacer propio) de tomar conciencia de que a menudo son meras creencias las que más influyen en la toma de decisiones. Estas, unidas a instinto del miedo, instalado por defecto, son nefastas para la felicidad individual y el progreso social.
    Siga escribiendo, J. Carlos.
    Saludos

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