La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro

La sonrisa etrusca

La buena literatura te induce sensaciones que buscas en el mapa de tu memoria para poder recorrer el cuento y empaparte. Encuentras el olor del romero y de lavanda en el monte, a queso recién partido, al guiso en la lumbre de paja, al recio olor de la lana de las ovejas, al de la lluvia, la nieve y el barro, al sudor de años… Y sólo es el olor de la manta de la que Salvatore Roncone (alias Bruno) no se separa nunca. José Luís Sampedro tiene esa rara habilidad de incitarnos en cada página a buscar los sabores, la textura de los objetos, los sonido, y de evocarnos la esencia de la vida, esa que está escondida entre los pliegues del alma: la ternura, el odio, la felicidad, la amargura, el dolor, la pena, la alegría, el amor, el cariño, la compasión…

He leído este viaje hacia la comprensión de uno mismo como si me lo estuviera relatando el mismo José Luís, con la voz cansada ya de tantas palabras y de tantos años. He jugado a que fuera el runrun de esa voz el que me iniciara en la sabiduría de vivir y el que me fuera abriendo los pliegues del alma de Salvatore, que son los míos, que son los de cualquiera.

Tengo en mi mesa una vela encendida y trece rosas que me aroman los papeles, los libros y la cacharrería electrónica. Está la foto de la portada de la dama en un amarillo azufre con la sonrisa etrusca en los labios, es la decimocuarta rosa. El domingo contemplé el parto de la luna roja, más grande que nunca, dicen que estaba en su perigeo y que no volverá a ser tan grande hasta dentro de muchos años y a lo peor ya no me alcanza la vida, dicen que nos hace más sensitivos. Será por la vela, por las rosas, por la portada, por la luna roja que ayer cuando leí la última línea me entró como un desasosiego hondo que todavía me dura.

El Zío Salvatore Roncone sale de Roccasera en Calabria con la visión de su enemigo Cantanotte en silla de ruedas, vencido, con la sola idea de que la diñe antes que él. Lo lleva en coche su hijo Renato, un químico apocado que no tiene las agallas de su padre, para que los médicos le traten a la Rusca que le está comiendo por dentro. El destino es Milán, ciudad industrial, con niebla sucia, edificios altos, gente blanda sin empaque, y una nuera a la que no soporta porque está plana y además, es pija. De camino paran en Roma porque su hijo tiene una entrevista de trabajo, visitan el museo Villa Giullia donde Salvatore Roncone ve la escultura de los esposos, sentados sobre un sarcófago y descubre la serenidad de su sonrisa ante la muerte: la sonrisa etrusca. Y por primera vez, el partisano, el que se casó con la Rosa -la hija del Zío Martino, uno de los ricos del pueblo- se enternece.

En este viaje de Salvatore hacia la muerte, el autor destaca los contrastes para ir construyendo los andamiajes del personaje, y nos desvela cómo va cambiando la percepción de su propia realidad y cómo termina alcanzando la sabiduría, a través de las enseñanzas de un su nieto Brunettino y de una mujer, ya mayor, Hortensia.

-Contrasta el mundo viril, recio, machista y poco civilizado, pero más auténtico de Roccasera; versus el sucio, hipócrita, blandengue y de plástico de Milán.

-El de la vida del campo, libre, aprendiendo de los animales, con reglas antiguas y enemistades eternas; y el de la vida ordenada y virtual de la ciudad, con libros que dicen cómo ha de criar a los niños y Universidades que pierden el tiempo escuchando mentiras de un viejo.

-El de la juventud con la fuerza arrolladora, los instintos básicos y el deseo siempre insatisfecho; frente al sosiego de la vejez, el descubrimiento de los pequeños placeres y la llegada, como una lluvia mansa, de la verdadera sabiduría.

-Contrasta la serenidad ante la muerte cercana del pueblerino Salvatore, con la aptitud de los médicos y de la gente de ciudad que intentan dulcificar el trance con medias verdades y con palabras de plexiglás.

-Un mundo de valores ancestrales, donde las verdades son eternas y sencillas; versus un mundo que no tiene agallas, donde se pierden los valores y sólo se trata de aparentar, un mundo de estampas en que prefieren ver a las mujeres desnudas en las revistas del kiosco “para calentarse, en vez de tocarlas”.

Es Brunettino, su nieto, el que le despierta la ternura, por él deja de fumar, por él se levanta cada noche para velarle, por él calla y aguanta en Milán, por él vuelve a las montaña, a Femminamorta, como un partisano a diseñar estrategias para ganar la batalla del cariño y la guerra de cómo hacerlo un hombre, por él conoce a Hortensia. Y con Hortensia -su amor reciente, otoñal- aprende a estar en la cama sin gozarla, porque el cariño y la ternura son contagiosos, y termina aprobando la última asignatura: que la verdadera dimensión del amor está más allá del goce sensual, está en la ayuda a los demás, en la empatía, en la solidaridad, en el compromiso, en la amistad, en dos almas que se contemplan y se comprenden sin gestos ni palabras. Por eso recuerda a sus compañeros de partida: A Daniel que aguantó la tortura hasta la muerte y por eso él está vivo; a David que consiguió volver a encender la mecha e hizo estallar el tren con armas y municiones, aunque le costó la vida; al Torlonio; al Ambrosio; al hoy senador comunista… Hasta cuando su hija Rosetta le comunica que ha muerto el Cantanotte su enemigo acérrimo le da un punto de tristeza, y eso que la muerte del Cantanotte era su único afán de resistir a la propia muerte: “Madonna que muera antes que yo y te compro el cirio más gordo”. Por eso vuelven a su memoria Salvinia, la molinera voluptuosa, que le quería hasta tal punto que le buscó la treta para casarse con la Rosa, la hija del Zío Martino; fue por Salvinia que se hizo partisano porque los nazis la torturaron y la mataron. Vuelve, una y otra vez, al recuerdo de la partisana Dunka -pianista y culta- que le decía “dime que me quieres aunque sea mentira”. Y se lo cuenta a Hortensia, echando de menos haber sabido entonces que el amor era mucho más que el puro sexo.

De la Maddalena, la del puesto de frutas, aprende que hay gente amable, que no te engaña, aunque viva en Milán en una sociedad aborregada, y aprende también que ya no puede catarla porque el tiempo pasa y no pasa en balde. Aprende de Simonetta, la sobrina de Anunziata, porque es un soplo de aire fresco y lo entiende a él -al Zío Bruno- y lo admira, porque hay almas que se saben sin hablar, y la respeta aunque tenga su carne tan a mano en el abrazo común al nieto.

Cierra su ciclo de sabiduría cuando descubre con Hortensia a la Madonna guerrera de Miguel Ángel en la Pietá Rondani Torlonio. Y el bagaje de esa última estación de su vida, que ha sido un cúmulo de enseñanzas inesperadas, se concentra en la serenidad de una sonrisa. La sonrisa de la ternura.

J. Carlos

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Una respuesta a “La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro

  1. He tenido la suerte de leerla y verla en obra de teatro..¡genial!

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