Los riesgos de la estupidez

Aviones volando

Cada hora sobrevuelan nuestras cabezas 3.900 aviones y, en un día suben a la estratosfera 93.000 de estos aparatos. La foto que he insertado sobre el título de este artículo, es la posición real de los aviones operados sobre la mayor parte de Europa en este preciso instante en que te escribo. Si cliqueas en este hipervínculo podrás seguir el movimiento de los aviones en tiempo real en cualquier lugar del mundo. Te prevengo  de que, vienen a guardar un cierto parecido con el comportamiento de las amebas observadas al microscopio en su deambular por el líquido elemento. Estos aparatos, los aviones, vuelan porque el ingenio humano descubrió que, si perfilaba las alas con un ángulo concreto, el aire circulaba más deprisa por la superficie superior que sobre la superficie inferior. Según el principio de Bernoulli la presión atmosférica en la parte superior del ala se reduce, por lo que el avión tiende a elevarse a partir de una determinada velocidad. Si se reduce la velocidad por debajo de un límite, el peso del aparato vence a la fuerza de sustentación derivada de la diferencia de presiones en las alas, y se precipita.

Que el avión se precipite por un fallo de potencia, pérdida de parte de su estructura, o avería en los elementos esenciales de vuelo, viene en los manuales. Que el copiloto que lo opera empuñe el joystick con su mano derecha, presione con el pulgar el botón rojo para desconectar el piloto automático y, de seguido, lo empuje hacia adelante con el fin de que el timón de cola baje, no está en los escritos. Que no apriete el botón de apertura de cabina para dejar pasar a su comandante que viene de aliviar su vejiga, y que no conteste a los controladores aéreos, tampoco está descrito. En esa posición de vuelo, el avión amorra, al igual que tu mano si la sacas por la ventanilla con el coche en marcha y la inclinas hacia abajo. De persistir en esa posición, es cuestión de minutos que la trayectoria y la Tierra se junten en un punto. Pura geometría Euclidiana.

Era un martes de marzo, los Alpes estaban ahí, como podían haber estado el mar, una llanura de hierba, un aeropuerto o una ciudad. Los accidentes geográficos con los que se iba a encontrar la trayectoria del vuelo nº 4U9525, no estaban en la cabeza de nadie, ni siquiera del copiloto que luego volaría el avión contra las montañas. Dependían tan sólo de un azar tan estrambótico como el esfínter del comandante. Probablemente tengamos que agradecer al esfínter por avisar de la necesidad fisiológica sobrevolando los Alpes. Nunca sabremos si el copiloto, Andreas Guenter Lubitz, de haberse demorado la salida del comandante unos minutos, no hubiera decidido estrellar el aparato sobre alguna zona habitada.

Lo que viene después sí que está escrito, guionizado y pautado como un déjà vu. Los medios de comunicación salen de sus buitreras y planean sobre los aeropuertos de origen y destino, sobre el campamento base y sobre cualquier otro lugar donde hieda la carroña del dolor. Apostan sus cámaras y movilizan a sus rostros más populares para que capten y narren el dolor y las miserias ajenas. Ay del operador de cámara que no capte un brote de lágrimas, o la angustia de un gesto sombrío y arrugado por el dolor, o la flojera de las piernas de quienes son llevados en volandas… Ay del narrador que no tenga las palabras sollozadas de un familiar, un vecino, o un conocido. Ay del becario que no consiga entrevistas, que luego hará en antena la cara popular, a los psicólogos de cabecera, a los mandamases o mandamenos que transitan por allí, ya sea para sacarse la foto los primeros, sea para hacer su trabajo profesional los segundos.

Los adelantos técnicos permiten partir la pantalla en mosaicos para que nos puedan presentar la carroña en distintas ventanas. En la ventana central, los tertulianos de siempre opinan de aviación con un aplomo que, sobrepasa con creces al que pueda tener un nobel de física hablando sobre la mecánica de fluidos. En una ventana adyacente, la cámara de un helicóptero hace zoom sobre cachos de los restos del aparato, se detiene sobre el trabajo de un bombero que con las manos remueve la tierra para encontrar manos despiezadas, zapatos, jirones de camisas, restos de una pierna, carcasas de móviles, fragmentos de maletas, despojos de brazos, carteras, pasaportes de diferentes colores, andrajos de telas, troncos partidos, relojes rotos, pulseras, cráneos astillados, medallas… En las otras ventanitas tres caras de circunstancias, micrófono en ristre, esperan desde ambos aeropuertos y desde el campamento base, en donde despegan y aterrizan helicópteros, que el presentador de turno les de paso. Manda la cuota de pantalla y es bien sabido que, cuanto más morbo más asciende aquella y más cara se factura la publicidad que, a su vez, engorda la cuenta de resultados y, en secuencia lógica, ceba las cuentas corrientes de los propietarios del medio.

Otra escena que se repite, al igual que a Phil se le repetía el Día de la marmota en la película Atrapado en el tiempo, es la de los políticos. Salen escopetados desde allí dónde se encuentran al lugar donde se represente la tragedia. Alguien les ha dicho que esas fotos de caras descompuestas y ojos húmedos -puro fingimiento- les dan votos. Lo que es peor, han tomado la costumbre de  repetir las manidas expresiones de: “Nos solidarizamos con el dolor de las familias”. “Estamos aquí para  coordinar las labores de rescate”. “Lo importante es ayudar a las familias en estos momentos fatídicos”. Y lo sueltan de corrido, con el mismo ademán contrito con que los judíos introducen las súplicas en las rendijas del muro de las lamentaciones. De más les valdría quedarse en su sitio, no estorbar y dejar que los profesionales sin rostro, que no tienen que pescar ningún voto en ríos de aguas turbias, actúen con eficacia siguiendo los protocolos. Ya tendrán tiempo, en la misa solemne oficiada por el arzobispo en la catedral de la capital del reino, de ponerse la corbata negra, un traje oscuro y la careta de buenas personas, esa que da muy bien en todas las pantallas. Ya tendrán tiempo de valorar las actuaciones de los profesionales, juzgarlas, sacar las conclusiones y, aprobar cuantas medidas de mejoras sean necesarias para el futuro.

Si se confirma la secuencia de los hechos relatada por el fiscal del caso, ni autoridades ni medios están hablando con la propiedad debida. No es de recibo hablar de suicidio. Deberían decir que ha habido 149 homicidios y un suicidio. Item más, juristas tiene el Foro y a ellos apelo por si me equivocase, pero creo que en puridad la calificación ha de ser de asesinatos. La diferencia entre un delito y otro es, en este caso, la existencia de premeditación. Ignoro si el tal Lubitz llevaba meses, días u horas meditando sobre cómo estrellar un avión con sus pasajeros o, si fue un cruzado de cables que le sobrevino al ver salir al comandante de la cabina. Lo que parece constatado es que durante diez minutos, desde las 10:31 hasta las 10:41, tuvo tiempo de meditar  mientras quitaba el piloto automático y bajaba el timón de cola. Tuvo ocasión de abrir la puerta de la cabina cuando el comandante introdujo su código de acceso, de  contestar cuando le llamó por el interfono, de desbloquearla cuando el comandante –tal vez desesperado, aporreó la puerta. Tuvo la opción de contestar al controlador aéreo de Alta Provenza. Y tuvo, por último, la posibilidad, hasta el penúltimo minuto, de mover el joystick hacia atrás para elevar el timón de cola y evitar enterrar a todo el pasaje y a sus compañeros de tripulación contra el macizo de Trois Évêchés, a una velocidad de setecientos kilómetros por hora.

El dinero, tan miedoso y alérgico a las tragedias, ha huido en estos días de las compañías aéreas. Bien saben los de la billetera en el corazón que, al personal no le valen estadísticas. El personal se guía por las emociones que genera su sistema límbico; sí, el mismo que heredamos de los reptiles. Después de los días de machaque televisivo y periodístico, un viajero fumador que pudiera tomar un avión comprará un billete de tren; de nada sirve que le cuentes que, en España mueren al año 56.000 personas a causa del tabaco, como si todos los días del año se estrellara un Airbus 320 con 156 personas en su panza, como el que se estrelló el pasado martes. Tú mismo te pondrás al volante del coche esta Semana Santa, y te importará una higa que tengas 100 veces más probabilidades de quedarte tieso en la carretera que si viajaras en avión. No te aflijas, es el efecto combinado de la influencia de los medios y de tu sistema límbico. ¿Sabes que tienes una posibilidad entre 120.000 de dejar esta vida a causa de un atentado terrorista, mientras que morir por un accidente doméstico es de una entre 150? Y, sin embargo, te tienen acojonado con lo de Al Quaeda y lo del EI. Hay un programa de televisión muy ilustrativo de la cantidad de formas estúpidas de perder la vida, se llama, 1000 Maneras de morir. No te lo recomiendo, es entre muy morboso y demasiado patético.

Vivir es esa cosa rara que nos pasa de continuo. Y vivir tiene sus riesgos. El más severo es perder esa otra cosa, más rara aún, que llamamos conciencia de existir. Nos miramos de arriba abajo y nos decimos, estos 10.000 cuatrillones de átomos, tal como están hoy constituidos, son mi yo. Que 285 cuatrillones correspondan a bacterias que llevamos “adosadas” no es óbice para que siga siendo yo. Lo malo es que esa constitución es frágil y efímera, tiende a incrementar su entropía, es decir, a desordenarse. Cuando nuestros átomos se desordenen seguirán por ahí, tan campantes, formando otro caos de agua, ceniza, polvo… (con suerte algunos formarán parte del pétalo de una rosa).  Y ya no seremos yo. Que ese desordenen suceda después de ochenta o noventa años digamos, para entendernos, por causas naturales, es lo esperable.

Lo inesperado es que, a otros 10.000 cuatrillones de átomos constituidos en otro yo le entren las ganas de desordenarse y, de paso desordenar a 149 yoes. Lo absurdo es ponerle punto final a 149 historias y dejar quebradas y huérfanas las historias de sus familiares, sus amigos, sus conocidos. Pero la estupidez es, a veces, impenetrable, desconocida, y atenta contra la vida propia y la de los demás por la misma razón que se le da un puntapié a una piedra en el camino.

 J. Carlos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s