Cosas de la evolución

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Hace algo más de cinco millones de años una rama de monos se puso de pie. Seguramente no tenían suficiente alimento que llevarse a la boca y, se irguieron, con el propósito de desplazarse a grandes distancias para buscar comida. Fue el hambre la que nos trajo hasta aquí y nos hizo sabios. Y la valentía. Hubo que vencer el miedo a bajarse de los árboles y, ya en tierra, quedar a merced de cualquier depredador. La otra rama de monos dieron lugar a los chimpancés, que siguen a cuatro patas. La postura erguida liberó también las manos de la servidumbre en la permanente búsqueda de asideros. Esa liberación de las manos daría lugar primero, a la utilización de elementos de la naturaleza como herramientas y, más tarde, a la fabricación de las mismas. He aquí el auténtico milagro, que tuvo lugar hace unos dos millones de años: desde que el homínido se inicia en la industria lítica, el cerebro le crece más del triple en relación con el del chimpancé. Esto lo explica Pepe Cervera de forma deliciosa en, Aspectos de la evolución humana en que no solemos pensar

La inteligencia nunca viene sola, el homínido pronto se percató de que el cerebro aislado es como una rosa en un desierto y que si se ponían a trabajar los cerebros en red, los efectos se multiplicaban. Había que formar grupos, socializar y establecer criterios racionales para repartir las tareas y resolver los conflictos. El poder de la tribu se trasladó desde el más fuerte físicamente al mejor dotado, más taimado, más listo, o aquél que tuviera más edad o experiencia. Que las tribus masacraran a otras tribus para “apoderarse” de lo que su inteligencia social había producido (…y de sus tierras, sus mujeres, sus hijos, incluso, de su cultura), son daños colaterales de la evolución.

Para que los cerebros trabajaran en red, era preciso utilizar interfaces adecuadas que los comunicaran entre sí. Los monos ya utilizaban los cinco sentidos que les traducían el lenguaje corporal de sus semejantes, incluso se valían de un lenguaje limitado de gestos para interaccionar sus cerebros. Pero los gestos y los signos tenían un espectro muy limitado, se precisaba de una interfaz más potente. Surge el lenguaje hablado, una conexión que está plagada de imperfecciones, pero que sumada al lenguaje corporal de gestos, signos y emociones, supuso un avance cualitativo en la cooperación de los cerebros y su puesta en red. La palabra hablada exigía que, gran parte de la capacidad cerebral se dedicara al almacenaje de ese conocimiento que se transmitía oralmente. Cuando el homínido consigue reproducir los signos y las palabras en piedra, el conocimiento puede ser almacenado y guardado fuera de la cavidad craneal y se libera capacidad memorística. Con el tiempo, a la piedra se le añaden otros soportes físicos como el papiro y el papel. El problema es que la escritura y la lectura eran actividades muy restringidas, dominadas por las clases dominantes -siempre religiosas y administrativas o políticas- y, por tanto, la red de cerebros conectados era mínima.

El maguntino Johannes Gutenberg, con su invento de la imprenta de tipos móviles (hacia 1440), vino, sin querer, a revolucionar las capacidades del cerebro del homo sapiens. El conocimiento humano ya tenía un soporte en el que almacenarse –el libro- relativamente barato, que reunía las características idóneas para que llegara a las masas porque era económico, copiable, ligero y de sencilla utilización. Sólo –y era mucho- se requería saber leer. Hasta la siguiente fase, que fue la democratización del conocimiento, pasaron casi cuatro siglos de nada. Se consiguió con el aprendizaje masivo de la lectura y la escritura, a través de la universalización de la enseñanza y la universidad. Por primera vez en la historia, manadas de personas trabajaban juntas, cada cerebro conectaba con millones de cerebros multiplicando los efectos de computación y, liberando memoria, porque el soporte libro almacena el conocimiento que antes debía de guardarse en la cabeza de cada quien. Y, lo más asombroso, cada cerebro conecta no sólo con los cerebros vivos, sino con el conocimiento que dejaron escrito los cerebros que -hace siglos, años, o días- empolvaron la tierra.

Pero los caminos siempre tienen sus peajes, los países más ricos y las clases dominantes acumulan más conocimiento, lo que redunda en más poder que, a su vez, les proporciona mayor acceso al conocimiento y, en un bucle interminable, mayor capacidad para que otros cerebros dediquen sus esfuerzos en hacerlos más poderosos cada día. Afortunadamente, la evolución sigue su curso como un río caudaloso y, de poco vale que hayan tratado de embalsarla a lo largo de la historia con diques religiosos, territoriales, culturales o políticos. Cuatro hombres, Vinton Cerf, Robert Kahn, Tim Berners-Lee y Larry Roberts parieron en sucesivas fases, lo que hoy se conoce como Internet. Un instrumento, en principio, banal, que trataba de que el homínido se pudiera comunicar por escrito instantáneamente, sin la demora que suponía el correo ordinario, ni la premura que exigía la comunicación telefónica. Desde la primera red interconectada el 21 de noviembre de 1969 entre las Universidades de Ucla y Stanford, hasta que en 1990 se crea el primer servidor Web con el lenguaje HTML, pocos podían prever que esta nueva herramienta iba a superar a la imprenta de Gutenberg, en el viaje alucinante desde que nos pusimos de pie hasta la interconexión de los miles de millones de cerebros humanos para trabajar juntos cooperativamente, en manadas. Estos cuatro hombres han puesto las bases para democratizar plenamente el conocimiento, para permitir una alta interconexión de los cerebros y, sobre todo, para preservar y almacenar en esa tupida red todo el saber humano. Me dirás que la Red tiene mucho ruido, que el noventa por ciento no es conocimiento, sino chismes, vanidad…, seguramente. Pero no creo que tenga más ruido que tu cerebro o el mío porque, tanto el ruido como el conocimiento que hay en la Red, vienen de nosotros mismos.

Después de la Red, la evolución sigue sin ser un cuento de hadas. Hay miles de millones de personas sin acceso, miles de millones de cerebros cuya preocupación no es interaccionar con otros, sino buscarse la manduca para consumir la glucosa necesaria que les mantendrá vivos. Se mantiene el bucle de forma que, quienes mejor manejan la Red más poderosos son y más cerebros esclavizan para mantener ese dominio. En la era de Internet, las tribus siguen rompiéndose la crisma a tiros o a bombazo limpio. Y, lo que es peor, hoy, cinco millones de años después de que el homínido se separara del mono, hay confinada en forma de energía atómica, capacidad letal suficiente para que los seres vivos más grandes que queden sobre la Tierra sean las cucarachas.

Sería un final estúpido, pero como relato sería soberbio: El mismo homínido que consiguió ponerse de pie y emprendió un viaje de cinco millones de años hasta dejar su huella en la Luna, el mismo que logró meterse el universo en la cabeza y reducir a los dioses a un simple placebo de las conciencias, se hace el haraquiri arrojándose a la hoguera de la vanidad humana. ¿No es genial? Como relato, digo.

J. Carlos

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