El efecto lupa

Lupa

La lupa es una lente convergente que crea una imagen virtual ampliada del objeto enfocado. Se atribuye su invención al inglés Roger Bacon allá por el 1250. Aunque quizá la primera lente la construyó Aristófanes, en el 424 a.C., con un globo de vidrio soplado, lleno de agua.

Este artilugio que suele formar parte del paisaje de nuestros cuartos de baño, tiene la desconsideración de mostrarnos cada mañana las imperfecciones, las manchas y el deterioro progresivo de nuestra piel. Le acercamos nuestra cara, recomponemos con premura los quebrantos, y apartamos la vista con urgencia para enfocarla en la superficie pulida del espejo, que nos devuelve una imagen mucho más amable, dónde vas a parar.

En nuestra forma de proceder utilizamos habitualmente el efecto lupa. Enfocamos todos nuestros sentidos sobre un objeto para conseguir una imagen ampliada que nos permita desentrañarlo. Lo hace el auditor cuando analiza la empresa, acercando todos los números a su foco para conocer la imagen fiel de la misma. El comercial amplia las bondades del producto para venderlo mejor. El cineasta te proyecta su obra en pantallas gigantes, y a oscuras, para que la aprecies en todo su arte. Cada uno de nosotros amplifica aquello que le interesa, si esperas un hijo verás niños y embarazadas por la calle, si compras un modelo de coche encontrarás por doquier el mismo modelo y del mismo color, si te dejas barba te sorprenderá apreciar la cantidad de barbudos que pululan por ahí. Ya no te digo en caso de profesar una creencia o tener una ideología muy asentada, cualquier gesto de los tuyos o de los otros, serán argumentos para perseverar en tus ideas o creencias. Te advierto que, si eres apasionado de algún deporte y seguidor de un equipo, el efecto lupa se multiplica.

De lo que quería escribirte, porque yo he venido aquí a hablar de lo mío, es del efecto lupa en la sociedad. Verás, allá por los años sesenta del pasado siglo, la vida en un pueblo pequeño estaba sometida a una lupa de considerables aumentos. Cualquier cosa que hicieras o dijeses podía ser vista, oída e interpretada a tu favor y, casi siempre, en tu contra. A nadie se le escapaba quién estrenaba zapatos o vestido, cuántos copas había trasegado el hijo de fulano, o los correazos propinados en el corral por un padre a un hijo por alguna trastada. Si acontecía algún desliz impropio, el rumor o la noticia llegaba pronto a la oreja del propio interfecto. Teníamos hasta el personaje de La radio (la pobre Ladis –vaya aquí mi sentido homenaje-). Era una solterona, mayor ya, pobre de solemnidad, que vivía de la caridad en oficios que prestaba como criada. Cuando se enteraba de una noticia cogida al vuelo, llamaba a la ventana de cada vecina para transmitírsela al oído, con voz queda y tartamuda, pero con el empaque de una primicia. Los novios para darse un beso furtivo nos pagaban hasta dos perras gordas a los niños para que, a cantazos, rompiéramos las bombillas que alumbraban tenues las esquinas. En el baile, en sillas de madera y esparto apostadas al lado de las paredes, estaban las viejas, con el ojo avizor para medir los centímetros que separaban a las parejas de baile; algunas de las mozas perdían allí su honra si atendíamos a las conversaciones con la bocas torcidas y el ademán inquisidor del singular tribunal. Faltar a la misa mayor el domingo era señal inequívoca de que eras un sacrílego; siempre se pensó que un vecino que salía de casa montado en su burro cuando tocaban las últimas, se dedicaba a mermar la cosecha en las fincas de sus convecinos.

Los pueblos mermaban y las ciudades crecían, en éstas se diluía el efecto lupa. Era la libertad, o eso creíamos. Aunque soy de los que pienso que, quitarnos de encima la losa del qué dirán, sirvió para romper muchos moldes de usos y costumbres anclados en el fangal de la dictadura. Después vino la transición, la libertad de prensa, el capitalismo de los neocom que quitó la lupa sobre el sistema financiero y nos dio de coces en nuestros culos. Lo más curioso vino mucho después, el sistema ha creado lupas para que, mismamente nosotros, las enfoquemos sobre nosotros mismos y lo hacemos encantados. El personal se vuelve loco por enseñar sus miserias en los realitys, cuanto más roña intelectual o moral enseñen más venden. Colgamos en las redes sociales pedazos de nuestras vidas y las de los demás sin pudor; de hecho, hay gente que se graba las veinticuatro horas del día, incluyendo comidas y deposiciones. O hemos perdido el sentido del ridículo, o la soledad aprieta o, tal vez, el narcisismo sea nuestra asignatura pendiente. Quizá las tres proposiciones son ciertas.

Esta lupa orweliana que nos escudriña tiene su cruz, pero también tiene su cara. Gracias a ella conocimos la bajeza moral de aquellos que, desde lejos, parecían las linternas sociales que nos alumbrarían el camino del siglo XXI. Ahí quedan para la historia de la iniquidad, la foto del trío de las Azores, hoy multimillonarios, a los que no parecen pesar los muertos que llevan a sus espaldas y el desaguisado que produjeron. Snowden nos amplió la imagen del amigo americano, para que observáramos cómo éste tenía un ojo múltiple enfocado sobre cada uno de nosotros. Falciani puso la lente para que convergiera sobre las cuentas del HSBC, y descubrimos el amor que profesan a la patria aquellos que presumen de pulserita roja y gualda. Algunos jueces se han empeñado en ampliar la imagen de quienes nos daban lecciones de ética, y han constatado que el refrán, dime de qué presumes y te diré de qué careces, se cumple con precisión milimétrica. Otros jueces han fijado la lupa en los gestores de lo público, y se han llevado la sorpresa de que hacían juegos malabares para pasar a sus bolsillos los dineros de todos. Las hemerotecas son una fuente inagotable de efectos lupa, basta que un personaje público diga, haga u omita algo para que, si lo pasas por el tamiz de la hemeroteca, quede en evidencia.

También es cierto que, si acercas la lupa a cualquier figura insigne de nuestra historia la veremos, como nuestra piel en el baño, sucia y cuarteada, por más que la observes a la luz de su contexto histórico y le apliques una indulgencia cuasi plenaria. Es todavía peor si pones la lupa sobre los genios infames o los impostores. Javier Cercas es un experto en hacer converger la lente de la literatura sobre hechos históricos y personajes impostados, ahí tienes Anatomía de un instante y El impostor.

Supongo que es mejor no preguntarte: ¿si te hubieran dado, en aquellos años de vino, rosas e impunidad, una tarjeta black, la hubieras rechazado? No me respondas, hazlo por lo bajini y para ti mismo, pero no te mientas. Pienso, como el filósofo Manuel Cruz, que, persisten actitudes y vicios asociados con el franquismo (el clientelismo, la endogamia, el amiguismo, la patrimonialización de lo público, el enchufismo…).

Hay otro efecto lupa, lo cuenta el historiador Luciano de Samosata. Parece ser que, durante el sitio de Siracusa (213-211 a. C.) Arquímedes repelió un ataque naval de los romanos con fuego generado por “el rayo de calor”, un conjunto de espejos que concentraban la luz sobre un barco hasta incendiarlo. Cuando me compraron la primera lupa jugué, como todos los niños, a quemar un trozo de papel al sol. Te confieso que, ahora disfruto viendo cómo se queman al sol social los Ratos, Blesas, Urdangarines, Bárcenas… Lo llaman pena de telediario. Qué poético. Ahora que recuerdo… también había niños que cogían la lupa y se entretenían achicharrando cucarachas.

J. Carlos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s