Escuelas de negocio

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Las escuelas de negocio no han salido de la prehistoria; su filosofía, pedagogía y praxis de enseñanza se basa en la depredación. Enseñan a cazar clientes y otras empresas aprovechándose de su debilidad y para ello, configuran sus másteres como un juego que se practica en la selva económica, igual que una leona con sus crías. En sus programas de estudios están todas las materias para hacer del estudiante un buen depredador económico: Aprenden a reconocer y aprovecharse de los distintos árboles legislativos y a saltar por entre las enmarañadas lianas impositivas; adquieren destrezas para zafarse de las serpientes venenosas de la competencia y de las arañas sindicales y de las ratas de las asociaciones de consumidores; cursan asignaturas en las que se considera al trabajador un mero recurso prescindible que, además de ser caro, enferma, se embaraza y, lo que es peor, piensa; estudian los distintos métodos de adquirir músculo financiero con dietas basadas en resultados, dinero de los accionistas o créditos bancarios; se instruyen en las debilidades de las presas -los clientes y los competidores-; y, sobre todo, reciben conocimientos de cómo influir en la aprobación de las leyes de la selva, a través de lobbies y grupos de presión.

Para acomodar sus estudios a la nueva sociedad tendrán que hacer tantos cambios que no las conocerá ni la madre que las parió. Entretanto y, humildemente, me permito sugerirles que incorporen en sus claustros a científicos. No a premios Nobel, no; basta con profesores de Instituto de Ciencias Naturales. Sólo para que expliquen a sus alumnos que los cuerpos vivos tienen órganos, fluidos y otros seres vivos que cohabitan con ellos en simbiosis, tan ricamente, formando una suerte de mancomunidad solidaria en que el malfuncionamiento de uno solo de estos tres elementos produce la muerte del sujeto. Que les recuerden a los estudiantes de negocios que, si se desgarran nuestras tripas o si matamos a los millones de bacterias que viven en ellas, nos morimos. Luego será más fácil hacerles comprender que una empresa es como un ser vivo con sus órganos (accionistas, trabajadores, directivos, clientes, proveedores…) y sus fluidos (el dinero, el talento y los productos o servicios). Entonces, tal vez, comprendan que si alguno de estos órganos enferma o si un fluido, como la sangre o la savia en un ser vivo, no llega proporcionalmente a cada órgano, la empresa se muere. Incluso, ese profesor de Instituto podría argumentarles que, una empresa es un órgano más en el entramado social que vive por y se aprovecha de: los millones de consumidores, con salarios que le permiten vivir dignamente y consumir; los cientos de proveedores que le suministra esa misma sociedad; de sus infraestructuras viarias, portuarias y aeroportuarias; de sus Instituciones que regulan, coordinan e imparten justicia; de sus transportes; de la formación y del talento que ha sufragado esa sociedad; de la sanidad que cura y previene las enfermedades de sus trabajadores, clientes y proveedores; hasta de su cultura milenaria. En suma, del trabajo de millones de personas que, día a día, hacen que todo funcione para que el producto o servicio de la empresa se elabore, distribuya, llegue y aporte valor al que lo adquirió. Y si todavía no lo entienden, ese profesor de Instituto les preguntaría: Sin el esfuerzo y el empeño de quiénes hicieron las catedrales, la mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada, el acueducto de Segovia, la Giralda de Sevilla, la muralla de Ávila… ¿qué sería del sector turístico en España?

Esos profesores de Ciencias Naturales mostrarían a los alumnos, imágenes grabadas de cómo colapsa un órgano vivo cuando no le llega el fluido sanguíneo o cuando está mal repartido y, cómo, seguidamente van colapsando el resto de órganos hasta la muerte del sujeto. De igual manera colapsa el órgano trabajador en la sociedad cuando el salario es precario o, cuando al desempleo se le suma la carencia de subsidio. ¡Ojo! –les advertiría- que el cuerpo social, si no se pone remedio, se nos puede quedar más tieso que la mojama. Sabiendo que, si el corazón no distribuye adecuadamente el flujo sanguíneo, algún órgano se queda sin riego y se produce la isquemia por falta de oxígeno, los alumnos concluirían que, en el corpus economicus la competencia desleal no consiste sólo en ejercer el monopolio, hacer dumping  o vender bajo coste; también y, sobre todo, es competencia desleal no devolver a la sociedad, vía impuestos y salarios, lo que los distintos órganos sociales le están proveyendo. Por tanto, las empresas que se embozan tras la economía sumergida, como aquellas que eluden el pago de impuestos con subterfugios de ingeniería fiscal, practican la competencia desleal. Y no sólo es cuestión de ética, es que se aprovechan de todos los recursos que la sociedad les pone a su disposición sin pagar un euro por ello. Vamos, que están utilizando nuestra casa social, nuestros coche social, nuestros trajes, nuestros zapatos, nuestra comida, nuestro talento…, gratis total. Son los nuevos dráculas sociales, chupan nuestra sangre y, sobre todo, la sangre de millones de trabajadores y de miles de pequeñas empresas que se van al garete porque con lo que saquean a la sociedad venden más barato.

A las escuelas de negocio, con todo mi cariño, les dejo una lección natural y un corolario.

Lección: Cuando un virus o una bacteria depredan, matan al sujeto del que vivían y mueren ambos. Si un virus o una bacteria consiguen vivir en simbiosis con otro sujeto, viven ambos.

Corolario: el capitalismo depredador mata y se suicida, el capitalismo simbiótico permanece.

 J. Carlos

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