Un puñado de añicos

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Cuando le dije que me iba de casa no le salió ni una palabra de la boca. El hámster se balanceaba en la noria, que chirriaba ligeramente. Se quedó mirando a un punto indefinido de la jaula al través de dos lagrimones. No paró de llorar en silencio. Los monigotes de la tele parlotearon de política y de no sé qué incendio con muertos y de guerras. Siguió ahí quieta, ahogando los hipidos, las mejillas líquidas y rojas. Tragué saliva varias veces. Hubo un momento en que sólo se oyeron las subidas y bajadas de mi nuez. Las tortillas de patata que habré comido en esa cocina, siempre guisó de vicio la condenada. Lo añado al debe, eso también lo perderé. Viajes, esfuerzos, caminos paralelos, una procesión de quince años, La niña, la boda, el piso nuevo, los muebles que todavía olían a barniz, los besos…

Estuvo como diez minutos llorando en silencio, se me hizo largo, muy largo. Me quedé callado, sin mover un músculo como un pasmarote. Después gritó, chilló y la emprendió a puñetazos conmigo. Me cubrí el pecho y el rostro, por instinto. Habría sido tan fácil inmovilizarle los brazos. La dejé hacer. Sus senos se bamboleaban rotundos. En ese momento caí en la cuenta de que perdería su cuerpo de carnes prietas y ese ímpetu de fiera en la cama. Los compañeros de trabajo compararán a las hembras, escogerán a la más joven. Las compañeras me odiarán, por solidaridad. Los gritos seguían en la escalera después de echarme de casa y de tirarme a dar con palabras gruesas. Los peldaños quedaron sembrados con un rebujo de epítetos que, a buen seguro, germinaron en las orejas de las vecinas apostadas tras las puertas.

Ahora estoy en el parque de las Tetas. Escombreras que arrancaron de ese Madrid de ahí abajo hoy plantado de ladrillos y chimeneas; algún edil mandó tapar los montones de tierra y de basura con hierba y le sembraron esa piel verde. Habrá huesos de perro enterrados dentro y de hombre también, seguramente. ¿Cuántas parejas, aprovechando la noche, habrán hecho el amor en esas laderas picudas, sobre el colchón de hierba? Será incómodo, resbalarán y la ropa quedará impregnada de verdín. Desde aquí se ve la maraña de calles y los edificios como colmenas, quedan a la altura de tus zapatos, te imaginas que puedes darle un puntapié y llevarte por delante media ciudad. Dos viejos sentados en el banco de hierro miran al suelo, ni se hablan siquiera. A veces nosotros también estuvimos así, sentados, sin hablar siquiera, por algún malentendido, o por orgullo, o por nada. La niña estará en el colegio, sin advertir que la vida ya no será mañana igual que ayer. ¿Cómo se le dice a la niña que te vas, que te has enamorado de otra, que le cambias el mundo porque tienes una vida por vivir, que será más pobre y que no me tendrá cada noche para inventarle cuentos? Allá, al fondo, el sol de invierno se esconde entre las nubes, tras una estela de sangre, parece una herida abierta en el cielo. Estamos en marzo, el viento frío arranca hojas de periódicos y levanta el polvo en pequeñas tolvaneras y las dispara con furia contra las piernas y los rostros. Quisiera no pensar, pero el cerebro me bulle como una cacerola hirviendo. Me subo la solapa del abrigo para cubrirme el cuello, está como acartonado por fuera y, por dentro, la garganta está seca. Trago saliva, hay una nube de angustia que la atasca. ¿Remordimientos? Pienso en los curas del colegio que me hacían creer un malvado pecador cuando, arrepentido, les contaba cada domingo ante el confesionario, padre he vuelto a tocarme. Así me siento ahora, como un malvado pecador. Pero ya está dicho y hecho, no puedo volverme atrás y menos por compasión. Habrá que decírselo a papá, volverá a mirarme como a un fracasado igual que cuando le dije que dejaba la carrera. Si viviera mamá me gritaría, adúltero que eres un adúltero, lo que Dios une que no lo separe el hombre. Después se santiguaría y le daría una de aquellas llantinas, secas, pero con mucho moco, mucho pañuelo y mucho teatro. Luego remataría con un, hijo, ya te lo decía yo, que esa no te conviene, es de las modositas que esconden una lagarta por dentro y tú eres tan inocente.

Habíamos terminado de comer, estábamos todavía sentados a la mesa. Estuvo toda la comida abstraído, algún problema de trabajo, pensé.  Dábamos los primeros sorbos a las tazas de café. Me miró, nunca había visto esos ojos tan tristes ni los había bajado dos veces seguidas antes de fijarlos definitivamente en los míos. Dijo que tenía algo importante que decirme, le costaba sacar las palabras de la boca. Luego, de corrido soltó los tres trallazos: Me voy de casa. Hay otra persona. Lo siento, de verdad que lo siento. El hámster giraba y giraba, como si con su noria me sacara el agua de las entrañas. El vacío empezó en la garganta, se fue expandiendo por el pecho y entró por la boca del estómago. Hizo una pausa y siguió hablando, le veía mover los labios, pero su voz se mezclaba con las voces de la tele y con el chirrido de la noria y dejé de procesar las palabras. El latido de mis sienes mitigó el resto de sonidos, parecía que el corazón se hubiera subido a la cabeza. Cerré los párpados para evitar las lágrimas, creo que fue peor porque a partir de ahí se desbordaron. Me tapé con las palmas de las manos, no por pudor, no, es que no quería que viera mi cara descompuesta, ni el rímel zigzagueando por mis mejillas en regueros azules. No sé cuánto tiempo pasó, cuando abrí los párpados tenía la mano derecha extendida ofreciéndome el pañuelo. Al cogerlo me rozó con sus dedos y los retiré como si me hubiera dado un calambrazo. El pañuelo tenía sus iniciales bordadas. Me gustaba bordar su nombre en sus camisas y en sus pañuelos: PA. Me sequé las mejillas y cogí la punta del pañuelo con el dedo índice para limpiarme las comisuras de los ojos. Con una cierta serenidad le pregunté cuándo se iba, si tenía dónde ir, que cómo íbamos a arreglar las cosas, que cómo se lo diríamos a la niña, y no sé cuántas cosas más. Me fui acelerando al hablar, estaba nerviosa porque con los hipidos se me habían escapado unas gotas de orina. Contestó despacio, me iré mañana, quería hablar esta noche con la niña. Con los labios se le movía el hoyuelo que tiene en la mitad del mentón. La primera vez que nos besamos, deslicé la punta de la lengua en ese hoyuelo después de dejarle que sus labios se mezclaran con los míos. Él siguió hablando, por supuesto la casa es para ti, en cuanto a la niña, bueno, confío en que podamos compartir su custodia, seguirá en el mismo colegio… Una vez me preguntó qué me había enamorado de él, le dije que su sonrisa, mejor dicho, maticé, los movimientos de ese hoyuelo tuyo cuando te ríes, y tu voz, claro. Su hoyuelo tenía vida propia, no dejé de mirarlo y me distraje recordando aquel primer beso, entonces me vino a la nariz una oleada de aquella fragancia suya, y sentí otra vez sus manos acariciando mi pelo, su lengua torpe buscando mi boca y volví a temblar toda. Los ojos se me desaguaron de nuevo. Apreté con el índice y el pulgar los lagrimales. Me soné,  tragué saliva, esbocé una mueca de sonrisa y le pedí perdón. Se puso en pie, vino hacia mí y trató de abrazarme. Cuando me tocó me sentí compadecida. Y eso sí que no. Me incorporé como un resorte y me desasí. Con rabia, cerré los puños y, al tiempo que le golpeaba, salieron las palabras de mi boca como una vomitona.

Siempre hablo en un tono muy bajo, despacio, sin estridencias. De novios me llamaba todas las noches por teléfono, decía que tenía la voz serena y sensual. Ya casados, si tenía algún viaje de trabajo, llamaba antes de acostarse, no me duermo si no escucho tu voz, es como un sedante para mí, decía. Creo que es la primera vez que me han traicionado los nervios en toda mi vida. Sí, chillé, con un tono agudo de falsete, con todos los músculos del cuello en tensión, como una mala actriz. La adrenalina disparaba mis puños, soltaba mi lengua y llenaba el vacío de mi pecho. Grité toda la retahíla de tópicos: que se veía venir, que soy idiota, que si  te pusiste a régimen para la otra. Mientras gritaba le cosía a puñetazos por el salón, retrocedió sin defenderse hasta el pasillo, caminando hacia atrás, sin darme la espalda, con los brazos levantados como un boxeador. Y cuando vi en el cajón de tu mesilla calzoncillos negros de Calvin Klein, te excusaste diciendo que yo siempre te compraba tallas grandes, le espeté.  Se terminó el pasillo y lo acorralé contra la puerta de entrada. Él, entre golpe y golpe, me hacía ademán con la mano para que bajara el tono de voz. A mí no me importaba que el vecindario me oyera. ¿Quieres largarte?, pues lárgate, eres un puñetero egoísta. Nos dejas, como dejaste a la cría de Foxterrier que me traje a casa, no duró ni quince días, lo que tardó en comerte la billetera  y, lo que es peor, tuve que mentir a la niña para encubrirte diciéndole que habían aparecido los dueños. Me dolían los puños y me estaba quedando sin fuerzas, tal vez por eso, se me ocurrió abrir la puerta. La cruzó sumiso. No era yo, era una furia. Quería que se diese la vuelta y entrase en casa, pero empezó a bajar. Me envalentoné y le empujé escaleras abajo, trastabilló sin llegar a caerse. Todavía seguí chillando. Le eché en cara su reciente coquetería, ahora se entiende que todas las noches me pidas las pinzas para arrancarte las canas, y que tenga que plancharte las camisas porque no te gusta cómo te marca los puños la asistenta. Él bajaba despacio, peldaño a peldaño, con la cabeza gacha, como si el cuerpo fuera de plomo, sin mirar atrás.

Cerré de un portazo y me he quedado echa un ovillo, entre la pared y la puerta. He de salir a buscarle para decirle que esa no era yo. Me duelen más las palabras que han salido de mi boca que el hecho de me haya dejado. No puede quedarse con esa imagen mía. Me da igual lo que piensen de mí los vecinos, pero él ha de saber que fue un arrebato, yo no soy así. Tengo que decirle que lo entiendo, que es su vida, que, tal vez, es culpa mía porque el trabajo me absorbe, me he descuidado y he puesto unos kilos. Llego tan agotada que ya no se lo pido, como antes, he dejado que se convierta en una rutina los viernes por la noche. No hemos vuelto a romper la mesa de la cocina, ni siquiera a manchar el tresillo, ni hacerlo contra esta pared en la que estoy recostada. El que primero llegaba a casa se quedaba apostado detrás de la puerta, y cuando el otro abría nos atacábamos como adolescentes y yacíamos en este mismo hall. Quisiera rebobinar y borrar los últimos diez minutos, es la segunda vez en la vida que quiero rebobinar. La primera fue cuando mi padre me soltó un tortazo por llegar tarde a casa y le pegué una patada en la espinilla; no volvió a ponerme la mano encima jamás, pero tampoco volvió a hacerme una caricia. Mañana tengo la presentación anual de los objetivos y no puedo faltar. Llevaré el traje de chaqueta verde, me pondré la camisa blanca con tres botones abiertos y subiré la falda para que no me miren a la cara. A saber qué facha tendré. Más de la mitad de la presentación se la curró él, es muy bueno con el Power Point, y es mañoso con los arreglos de la casa, y tiene mano en la cocina, y es un cielo con la niña, y me quedo embobada escuchándole.   Mis amigas lo idolatran. Tendré que decírselo también a ellas. Y a mis padres, que me dirán que me obcequé en el trabajo y no valoré lo que tenía en casa hasta que lo he perdido. Dios, cómo se cuenta que te han dejado sin resultar patética. Y perderé sus amistades, a Juanma que desborda ingenio, a Luis que sabe tanto de cine, a Ricardo y a Rita que nos enseñaron a bailar el tango y nos llevaron a Argentina el último verano. Es martes, la niña estará en clase de música, tan ajena a todo esto. Volverá en dos horas con el estuche del violín a la espalda. Es muy madura, pero no sé si lo entenderá. ¿Cómo se lo decimos? Dónde venden un libro que te instruya cómo explicárselo a una niña de trece años. Lo tenemos que hacer juntos y hemos de ensayarlo antes. Sonreiremos, le quitaremos importancia, le diremos que casi nada va a cambiar para ella.

Me levanto, salgo corriendo hacia el teléfono, marco su móvil. Por favor, que lo coja, tengo que decirle que borre los últimos diez minutos de nuestro matrimonio, que yo no soy esa. Y que venga, por dios, que vuelva a casa, que tenemos que hablar juntos con la niña. Para su edad, es muy inteligente, lo va a entender, además, somos gente razonable y educada, nos llevaremos como viejos amigos. Marco el número de su móvil. Suena la melodía de Penélope de Serrat, la sigo con el oído, viene del dormitorio. Sobre la cómoda está su teléfono, la pantalla ilumina mi foto. Me la tiró en Le Pic du Midi con los pirineos franceses al fondo, justo en el momento en que el sol se zafó de una nube e inundó mi cara. La canción me eriza la piel. Recuerdo que fuimos a un karaoke toda la pandilla, el salió a cantar, tiene una voz de tenor lírico, escogió la canción con mi nombre, Penélope. Antes de terminar la pieza, se bajó del escenario y se acuclilló para cantarme al oído. Al final, sacó una cajita de terciopelo rojo, la abrió y me dijo, si te pones este anillo estarás unida a mí para siempre. Piénsatelo. Acaricio la alianza, otra vez tengo que ahogar una lágrima. El teléfono se ha callado, cuelgo y vuelvo a marcar. Desconocía que tenía ligado mi número a esa canción. Tampoco sabía que había puesto esa foto mía de estas últimas Navidades. Fuimos los tres solos a La Mongie, a esquiar, la niña decía que tenía frío y se metía con nosotros en la cama. Una de esas noches me dio un vahído, no había bebido en la cena, pensé que era de felicidad. Me he recostado sobre la cama, encima de la colcha, me he puesto su teléfono encima y le llamo una y otra vez, suena Penélope y vibra su móvil en mi pecho. Volverá, seguro, tiene que recoger el teléfono. Esta noche le pediré a la niña que duerma conmigo porque tendré frío.

 J. Carlos

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Una respuesta a “Un puñado de añicos

  1. Comprendía tan bien lo que estaba sintiendo su marido. Penélope había vivido esa misma experiencia cinco años antes y estuvo a punto de dar el paso. ¿Por qué no lo hice entonces? Se preguntaba una y otra vez. Lo peor no iba a ser hacer frente al divorcio, sino a su propio resentimiento. Sin saber por qué Penélope comenzó a serenarse. Sé perfectamente por qué no me marché. Sé por qué renuncié a disfrutar nuevamente de la mezcla de euforia y nervios, y a la sensación de ser más joven de lo que realmente una es y de tener el atractivo de la misma Cleopatra. Lo decidí. ¡Aposté por reparar el jarrón en lugar de comprar uno nuevo!, dijo tan alto que las vecinas, que habían vuelto hacía un rato a su rutina, seguramente pudieron escucharla preguntándose qué jarrón se habrían tirado en plena pelea. Penélope se fue sintiendo mejor a medida que recordaba que había barajado todo lo que estaba en juego. Ni tan siquiera la estabilidad de su hija fue lo determinante. Nada parasitario a ella misma la condujo a quedarse.

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