El grano y la paja

Rato champán

Separar el grano de la paja era una tarea tediosa que duraba todo el verano. Cuando las espigas se habían deshidratado por el calor, acudían las cuadrillas con sus hoces, agachaban el lomo desde la salida del sol hasta el ocaso. Cogían con la mano izquierda un puñado de espigas y con la derecha le pegaban un corte seco de hoz, luego las depositaban, a puñados, en montones formando gavillas. Por la noche, para que no se desgranaran con el calor del día, se acarreaban hasta la era, donde se hacía la trilla hasta que la paja quedaba cortada y los granos sueltos, momento que el labrador decidía, al final de la tarde, cogiendo un puñado y soplando sobre el mismo. Luego se arrastraba la trilla y se aparvaba en forma de prisma. Limpiar no era fácil, debía correr el aire, se tomaba un bieldo, se hendía en el montón aparvado y se echaba al viento; la gravedad hacía que el grano cayera en la vertical y la paja saliera aventada unos metros más allá; todavía quedaba el proceso de cribado porque junto al trigo, por su peso,  caían también las granzas. La prodigiosa mente humana ha ideado una máquina, la cosechadora, que a la velocidad de seis a ocho kilómetros por hora, siega, trilla y limpia; el grano fluye hacia un bombo y la paja sale por detrás, empaquetada y todo. La maneja un solo hombre, en un asiento ergonómico, dentro de una cabina con aire acondicionado, escuchando música. Hace un siglo, seguramente, ese trabajo requiriera la concurrencia de trescientas o cuatrocientas personas.

Desafortunadamente las cuestiones empresariales, políticas y sociales son cada vez más complejas, y separar el grano de la paja no es tarea fácil, ni contamos con una máquina tan sofisticada como la cosechadora para que en un santiamén nos haga todo el proceso. Sí, tenemos los medios de comunicación, las redes sociales, internet y las bases de datos, más o menos accesibles y más o menos transparentes. Pero, como dejó escrito Quevedo, poderoso caballero es Don Dinero, y los intereses son, a la postre, los que deciden qué cuchillas, qué molturadores, qué cribos y qué ventiladores hay que utilizar en cada momento, en qué medida, e incluso, en qué dirección ha de soplar el viento. Así que nunca se sabe si una información es publicidad encubierta, si un exceso de información (paja) está escondiendo la verdad (el trigo), o si una postura ideológica es sólo postureo. Por si te sirve de algo, yo utilizo el método de la novela negra, como si quien perpetra la información perpetrara un crimen, y me pregunto: ¿quid prodest? (¿a quién beneficia?). No tiene, ni de lejos, la eficacia de una máquina cosechadora separando el grano de la paja, pero siempre te desvela alguna pista.

Ayer nos enterábamos de que Rato había hecho un curso de voluntariado para aprender a servir el caldo a excluidos sociales en comedores de caridad. ¡Óle y olé!  El mismo Rato que llevó a cabo el timo del tocomocho de las acciones de Bankia a pequeños ahorradores y pensionistas. El mismo Rodrigo que pagaba copas a tutiplén y compraba artículos religiosos con su tarjeta black. El ex presidente del FMI que recibió 6,2 millones Lazard, la mima empresa con la que firmó durante su presidencia dos contratos con Bankia por valor de 13,6 milloncejos de nada. ¿Quid prodest? Seguramente, ese postureo, tranquilizará las conciencias de su grey, la católica. A nadie se le escapa que su confesor le ha perdonado los pecados sociales cometidos y en penitencia le habrá impuesto, además de rezar unos cuantos padrenuestros y de dedicar una cantidad en forma de óbolo para las arcas de su Iglesia, la exigencia de servir a los pobres de solemnidad. Está de enhorabuena, en la Edad Media le hubieran colgado el sambenito y puesto el capirote. Lo que no le habrá impuesto el confesor para el perdón de los pecados es que devuelva todo el dinero a quienes expolió, ya se sabe, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Con la justicia divina quedará cumplido, y en cuanto salgan sus fotos y videos con un mandil blanco, caceando sopa en el plato de un mendigo con barba de siete días, la mitad de la población se dará golpes de pecho, soltará una lagrimita y será perdonado. Amén. Espero que la justicia poética le ponga en el trance de servirle los garbanzos a uno de sus despedidos, a uno de sus desahuciados, o a unos de sus accionistas timados y que le pongan la oreja a caldo. Yo soy unos de los ciudadanos timados (con los 22.000 millones que salieron de nuestros bolsillos más otros 3.000 que habrá que poner más pronto que tarde), y sólo le perdonaré cuando devuelva hasta el último céntimo y pase una temporada con pijama de rayas en el hotelito que, con gusto, le pagaremos los españoles. Es la única forma que tiene la sociedad civil y democrática de que palie, al menos en una pequeña parte, el daño y sufrimientos causados. Se llama justicia.

Las coincidencias nunca vienen solas, también ayer el Sr. Cañizares, a la sazón arzobispo de Valencia, ha propuesto dar a los pobres el 10% de los presupuestos de la diócesis, compartir viviendas para las madres solteras y víctimas de malos tratos e, incluso, se propone vender parte del patrimonio de la Iglesia. Bienvenida la idea y que cunda el ejemplo. Pero, estimado Señor, el que suscribe, un simple ciudadano, entre IRPF, IVA, IBIs, tasas de basura, cuotas de S.S. y otros impuestos, aporta a la Hacienda común más del 55% de lo que gana. ¿No cree su Eminencia que si la Iglesia aportara con sus impuestos lo que venimos aportando los ciudadanos –los que no gozamos de privilegios fiscales, como la institución que usted dirige- no habría necesidad de que los purpurados, como vos, tuvieran que adoptar resoluciones tan drásticas y que quedan tan rebonitas y chachis ante sus feligreses? ¿Por qué Sr. Cañizares no empieza por renunciar a que su sueldo y el de sus sacerdotes se lo paguemos todos los españoles a escote? ¿No sería más justo, caritativo y misericordioso que se lo pagaran sus creyentes de su bolsillo? Piense vuesa merced la cantidad de pobres que no necesitarían acudir a la caridad cristiana, estarían asistidos por la justicia social que han de practicar las instituciones del estado y que proviene de la solidaridad de todos los ciudadanos, con independencia de sus íntimas creencias.

Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho. –Dijo Don Quijote.

J. Carlos

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