Referentes

gavilla

Tendríamos cinco o seis años, nos levantaban con el alba para ir a espigar. Era un aprendizaje porque íbamos solos por esos caminos polvorientos y recorríamos las fincas en que la mies ya se había acarreado. Se cogían las espigas con una mano y se iban pasando a la otra formando un manojo cada vez más grande. La cabeza de las espigas formaba un rosetón y la gavilla quedaba estrangulada entre el índice y el pulgar de la mano izquierda, dolían de tanto apretar. Las reglas eran simples, sólo se podían recoger las que yacían en los caminos desprendidas de las redes de los carros y de las fincas en las que ya se había acarreado la mies; no valía tomarlas de los montones de bálago sin recoger todavía, ni aprovecharse del carro al pasar y meter la mano entre las redes para sacar las espigas y, mucho menos, hacerse el distraído al cruzar por una era y afanar de la trilla recién esparramada. De regreso, porfiábamos entre nosotros quién había conseguido la gavilla más grande, las madres nos esperaban con los brazos abiertos y nos dejaban deshacer el manojo, espiga a espiga, sembrando el corral, mientras un ejército de gallinas nos seguían con un estruendoso cacareo. Después, nos daban el desayuno de leche migada. Te lo has ganado –decían.

Las reglas eran sencillas y los referentes directos. Si trincabas espigas de un montón de bálago o de una era, estabas robando el pan y el trabajo de todo un año de una familia vecina; cada espiga tenía ojos y veías en ella la cara arrugada de tanta intemperie, y las piernas torcidas de destripar terrones en invierno, y la espalda arqueada de portear sacos de guano y costales de trigo.

Hoy, el capitalismo salvaje en el que vivimos sólo tiene tres reglas, también sencillas, pero siniestras:

-Todo lo que no está prohibido está permitido.

-Si es legal lo puedo hacer aunque sea inmoral.

-Todo lo que sea ilegal pero no se pueda probar también está permitido.

Con todo, lo peor no son las reglas, lo peor es que se han perdido los referentes. Cuando Rato, Blesa y compañía saqueaban Caja Madrid, no veían -y si lo veían les importaba un comino- al ejército de despedidos, los pensionistas a los que le birlaron los ahorros de toda una vida con las preferentes, los accionistas minoritarios a los que les tocaban la campanilla mientras le vaciaban los bolsillos, a los miles de familias que han echado de sus casas con una orden judicial y la fuerza bruta de la policía. Cuando un directivo del Ibex firma un salario de diez millones de euros al año, un plan de pensiones multimillonario y un blindaje por si le echan, no le tiembla el pulso en firmar un ERE; que le va a temblar si, seguramente, esté dentro de su bonus el objetivo de diezmar la plantilla. No ven el sufrimiento, las lágrimas, los hijos pasando hambre, la enfermedad, la soledad, el suicidio. Las espigas que recogen de las eras de los demás no tienen cara, ni ojos. Cuando los gobiernos legislan sólo ven cámaras de televisión y votos en expectativa, no ven a las familias aporreadas para echarles de viviendas sociales que han vendido a fondos buitres, no ven a personas mayores aparcadas en los pasillos de los hospitales, no ven a pensionistas que han de prescindir de medicamentos esenciales para comer ellos o dar de comer a sus nietos. No ven las filas en el Inem que ellos han provocado, los comedores sociales atestados y los bancos de alimentos vacíos. No van a los entierros de los que mueren de hepatitis. No ven, no oyen, no entienden.

Han perdido los referentes. Dicen que Franco desayunaba tranquilamente después de firmar unas cuantas condenas a muerte. Cuando éstos agitan una campanilla para comenzar la venta de los papelitos del tocomocho de Bankia, cuando firman un Ere, cuando rubrican un Decreto… ¿Pueden también desayunar tranquilamente? ¿Les dicen a sus hijos pequeños que vayan a espigar, que sean listos y cojan las espigas de las eras del vecino?

Son sólo preguntas.

J. Carlos

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