Contra el fanatismo

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Según el DRAE, el fanatismo es un apasionamiento desmedido en creencias u opiniones, sobre todo religiosas y políticas. El fanatismo tiene dos características letales para la convivencia, a saber: que lo identificamos con precisión en el prójimo pero somos incapaces de reconocerlo en nosotros mismos y, que linda con el llamado pensamiento paranoide que, según el profesor González Duro, es “rígido e incorregible: no tiene en cuenta las razones contrarias, sólo recoge datos o signos que le confirmen el prejuicio, para convertirlo en convicción.” Como todo, es cuestión de grados, no es lo mismo un apasionado desmedido del fútbol que agota su testosterona imprecando a la madre que parió al árbitro, que aquel otro que dispara una bengala a los seguidores del equipo contrario. Como no es lo mismo que un religioso te conmine a creer en su dios porque si no arderás en el fuego eterno, o que te conmine a creer porque en caso contrario te degüella por infiel.

A mí el fanático que consuma su paranoia en sí mismo o contra sí mismo no me preocupa. Sea el obseso sexual que se mata a pajas pero no va violando por ahí. Sea el fanático religioso que se mortifica con cilicios o latigazos dentro de sus cuatro paredes sin obligar ni inducir a nadie. O el obcecado nacionalista que se acuesta con su bandera y se despierta con los sones patrióticos de su himno, pero no se inventa una historia común de valientes e intrépidos ni busca virutas en ojos ajenos. Ya sea el científico que, en su obsesión, se desliza por la vida como un sonámbulo mientras busca la piedra filosofal. El preocupante es el fanático social, aquél que exige y lucha porque todos los demás comulguemos con sus creencias u opiniones; y es preocupante, no tanto por la osadía paranoica de esos individuos que siempre existirán, cuanto por la facilidad que tiene el ser humano de caer en la tentación del pensamiento único porque, como especie, tenemos un espíritu gregario. No queda lejos la Edad Media y la Santa inquisición; aquí, a la vuelta de la esquina de la historia, tenemos  el estalinismo y los fascismos; hoy mismo, gran parte del planeta vive gregaria de credos únicos políticos o/y religiosos. En la historia se han sucedido infinidad de pandemias de fanatismo y, como queda dicho, todavía hay epidemias severas en gran parte del globo. A Occidente le salvó el Renacimiento y Galileo, Erasmo, Bacon, Descartes, Pascal, Hobbes, Spinozza, Diderot, Voltaire, Rousseau, Darwin, Eisntein… que crearon una vacuna llamada Razón elaborada con tres principios activos: Cultura, Ciencia y Pensamiento crítico, y dos excipientes: Tolerancia y Respeto.

Las balas salen del ánima girando sobre sí mismas y recorren entre 300 y 600 metros por segundo, perforan tejidos y órganos, matan. La educación es lenta y pesada, dura toda una vida, permea poco a poco la red social, con la parsimonia del riego por goteo, aunque termina penetrando en el neocórtex de cada individuo. Las arengas fanáticas se basan en el fomento automático de las emociones primarias y del odio, van directas, como balas, a la amígdala cerebral e inoculan el miedo. Ante tales estímulos, la repuesta del sistema límbico humana es igual de inmediata que la del reptil: Ya tienes soldados dispuestos a apretar un gatillo contra los que no creen  o no profesan lo que ellos creen o profesan, ya tienes suicidas dispuestos a inmolarse contra los odiados; sobre todo, si encima les inculcas que sus acciones les abren las puertas del Paraíso, donde pueden gozar eternamente de  huríes blancas, verdes, amarillas y rojas, con cuerpos de azafrán, almizcle, ámbar e incienso.

El humor en el fanático pone en marcha el mecanismo del miedo a perder su crédula convicción narcisista y paranoica, viene a ser el resorte que, en las películas sobre la guerra fría era una llamada de teléfono y ponía en marcha el mandato inconsciente de matar. Para las personas cultivadas en la res pública, el humor es un signo evidente de su escepticismo y de sus dudas y, lo que es más importante, de una humildad sin prejuicios y sin miedos que sólo se alcanza con el conocimiento crítico.

Es dramática, es perversa, es intolerable la matanza perpetrada en la sede de la revista Charlie Hebdo. La libertad, el pensamiento, la razón, desafortunadamente no son gratis, siempre hay que pagar un cierto tributo. Siempre habrá fanáticos que juzguen, condenen y proclamen sus anatemas y sus fatuas, siempre habrá mentes sodomizadas por ellos que empuñarán el arma o harán estallar la bomba. La cuestión estriba en que no nos dejemos amedrentar, que no nos cieguen los miedos que nos venden los fanáticos, aunque sean nuestros fanáticos, porque entonces fiaremos todo a nuestro sistema límbico, o sea, a la testosterona y a las gónadas.

¡Ah! Y no te olvides de que el hecho de que sean fanáticos no significa que sean imbéciles o les falte astucia. Al contrario, sin ir más lejos, muchos de nuestros fanáticos llevan desde el miércoles proclamando Je suis Charlie Hebdo, los mismos que aplauden con las orejas la recientemente aprobada Ley Mordaza.

Con que no te despreocupes.

J. Carlos

 

 

 

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