La caduta degli dei

La caduta degli dei. Visconti

Esos pequeños dioses que nos endilgan diariamente por televisión para tomar en las comidas y en las cenas van cayendo, y es que en tiempos de zozobra el personal no está para cuentos ni monsergas y menos para digerir las mentiras que nos quieren hacer tragar. No es que se ponga exigente el personal, sólo pide lo mínimo: responsabilidad, que respondan de sus actos y de sus omisiones.

Empezó la cosa bien porque el primer pedestal que cayó fue el del propio Rey; tal vez una plebeya de la familia le hizo entrar en razón: no es tolerable para un pueblo, con hijos que pasan hambre, tener como máxima autoridad a un mataelefantes que, además, cada vez que abre la bragueta lo hace pagando con la cartera de todos. Siguió la caída de los dioses con gestores financieros de alto copete como Rato –llamado por sus conmilitones el milagro económico- y Blesa; ambos nos dieron dos lecciones impagables: qué es y cómo funciona el capitalismo de amiguetes, y cómo timar con estampitas de acciones y preferentes a cientos de miles de pensionistas y pequeños ahorradores y, a la postre, a todo el pueblo español que tuvo que pagarles su fiesta de orgía y desenfreno; eso sí, ellos no sabían nada, eran tonticos -más vale pasar por tonto que pasar unos años a la sombra-. Seguramente lo de hacerse el tonto lo aprendieron de la Infanta Cristina, que siendo la universitaria de la familia, se dejaba mangonear por el jugador de balonmano, cosas del amor que es ciego. Ana Botella se ha despedido de las próximas elecciones -nunca fue elegida alcaldesa por los madrileños, fue designada por la vía del meato-; su ineptitud es tan manifiesta que ni los suyos daban un duro por ella y es que muchos viven en Madrid, una ciudad sucia, cuarteada, gris, apagada y triste. Esperanza-por dios-la lideresa, hizo medio mutis por el foro, ella sabrá el porqué, pero su soberbia huyendo de la autoridad y embistiendo motos y su prodigioso olfato como cazatalentos de trincones, la están alejando del dedo divino de Rajoy. Se fue Rubalcaba, se fue tarde porque la honradez no sólo consiste en no llevárselo crudo, exige también integridad en el obrar y no consentir los delirios económicos de un ignorante como Zapatero. Gallardón, ese ego desatado, murió políticamente de tanto contemplarse; el espejo se lo puso el propio Rajoy pero todos pudimos observar cómo era: tridentino, meapilas, señorito y bufón. Ana Mato recibió Sanidad en pago váyase usted a saber de qué, la ignorancia es muy osada; nunca pudo librarse de la certidumbre de que si no era capaz de enterarse de lo que había en su casa, cómo coños iba a saber lo que había en un ministerio y, cuando le cayó una perita en dulce para demostrar sus dotes de gestión con lo del ébola, demostró que su incompetencia era tan ilimitada que, sólo entonces la gente empezó a pensar que, siendo tan inútil, podía ser verdad que no se enteraba de lo del Jaguar en el garaje. Cayo Lara también se va, se ha dejado robar el discurso por el Señor de la coleta y mira que se lo han puesto fácil los dos adversarios políticos, pero cuando la gente no compra el producto, o es que se vende mal o es que el producto está averiado y hay que recomponerlo.

Despidieron a Pedro José, otro narciso impenitente como Aznar y Gallardón; pudo ser un buen periodista pero iluminado por la lluvia amarilla del oro dedicó su inteligencia y su olfato a la conspiración, el medraje y la hipocresía con el fin de utilizar la información en su provecho; dicen que le ponía, además del dinero, quitar y poner ministros. Los lectores asiduos de sus cuentos sobre el 11 M le seguirán en su nueva etapa digital, y es que como decía El Guerrita, hay gente pa to.

Se nos fue Isidoro Álvarez, gran persona y gran empresario, pena que no dejara su pesada carga quince años antes; no supo o no pudo liderar el proceso de internacionalización de la que fue primera empresa del país en distribución, tampoco supo ver que la crisis iba a hundir el consumo y saturar de deuda su empresa. Cuentan que Don Emilio Botín se fue en un momento dulce, cuando el trajín del amor desbocó su corazón hasta el infarto; especulador nato, buitre que, las más de las veces, se alimentaba de la carroña de negocios muertos y, en general, maltratador del cliente; esperemos que su hija cuide la base de su industria -la clientela-, vuelva al negocio bancario y se aleje del capitalismo especulativo.

Caerán Chaves y Griñán, los califas que han dejado que las alcantarillas del subsidio, el amiguismo y el conchabeo regaran la huerta de votos por muchos años, pero no podrán redimirse, ni con alcohol de quemar, de la estampa de un director general de su califato repartiendo los millones de los parados en una mesa de bar, mientras se fumaba un puro y apuraba el cuarto whisky del día.

Caerán Toxo y Méndez, culos agradecidos durante décadas que han permitido, si no alentado, que los más vagos de cada casa tomaran las riendas de los comités de empresa y abandonaran el legado de sus mayores -la defensa del trabajo y del trabajador-  para dedicarse al mamoneo y, a veces, como se ha demostrado, al trinque. Con su ceguera, ineptitud y falta de coraje han erosionado el sindicalismo y han dejado al trabajador al pie de los caballos del capitalismo bárbaro. El buenismo no es una opción –el infierno está empedrado de buenas intenciones-. La opción es la lucha, la buena gestión, la honradez exigente empezando por la casa propia, separando el grano de la paja. Ya es tarde, dejad paso… La historia no será benévola con vosotros. Os dieron el dinero para la formación y caísteis en la tentación como catetos. Antes de iros, por favor, devolvedlo, que formen los institutos y las universidades.

Caerá Monago, habrá que esperar a que los votos lo desalojen. Sólo entonces se enterará que abrir la bragueta a costa del prójimo y, taparla después con la bandera de Extremadura, es de tener la cara muy idem.

Caerán los máximos exponentes del capitalismo de casino de pueblo, Alierta, González, Villar Mir, Florentino, Bufrau, Fainé, Folgado, Pizarro, Arturo Fernández… Curiosamente muchos de ellos les deben el cargo a Rato.

Caerá Rajoy aunque haya que esperar a las próximas elecciones. Un pueblo no puede respetar a un Presidente que no se enteraba de que todos sus tesoreros trincaban para sí, para otros amiguetes y para el partido. Un pueblo no puede tolerar que acusen a su Presidente de que le llevaban los billetes de quinientos en cajas de puro a su despacho de ministro, y no lo puede tolerar no sólo por el hecho de trincar, sino porque demuestra su grado de indolencia: es que no iba ni a recoger el parné, se lo tenían que llevar. Un pueblo tiene grandes tragaderas, puede digerir que todas las promesas del Registrador de la propiedad hayan sido incumplidas, pero el pueblo nunca le perdonará que esté permitiendo que Artur Mas, un chisgarabís mesiánico y posiblemente perturbado, esté forzando la secesión y enfrentando a unos españoles contra otros. Un pueblo no puede entender que el entramado institucional del Gobierno que supuestamente dirige este individuo, se parezca a una timba de parroquianos de café, hasta el punto de que se tambalea porque un impostor de veinte años ha pedido cartas y se las han dado.

No, si al final, habrá que darle las gracias a estos advenedizos de Podemos que no se sabe si son joseantonianos, troskitas, maoístas o mediopensionistas, pero que han sabido catalizar el descontento utilizando un discurso simple y repetitivo. Y habrá que darle las gracias porque les han metido el miedo en el cuerpo a los que viven de la gestión pública y sus aledaños, empiezan a ponerse nerviosos, ya ruedan cabezas…

Que siga el espectáculo.

  J. Carlos

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