Juegos impropios

Pelea aficionados Atletico-Deportivo

Nuestro cerebro nunca hizo la revolución, nunca tomó la Bastilla, se ha ido reconstruyendo sobre sus propios cimientos. Es como un edificio al que a lo largo de millones de años se han añadido alturas con asiento en los mismos pilares. En los sótanos del cerebro se encuentra el sistema límbico, con la misma estructura y las mismas funciones que las de nuestros ancestros anfibios y reptiles. Este sistema va a su bola, gestiona las emociones son respuestas fisiológicas autónomas de ahí que, ante el miedo, el placer o la agresividad reaccionemos como lo haría una serpiente o un renacuajo.

Esa deficiencia en nuestra arquitectura cerebral la hemos pagado cara a lo largo de la evolución. La historia está alfombrada con un semillero de horrores (guerras, asesinatos, torturas, mutilaciones, violaciones…) que no terminan de sofocar nuestro ardor guerrero. Algo debe fallar en la gestión de nuestras emociones cuando la furia, la rabia y el miedo hacen más ruido que la empatía, la tolerancia y el amor.

La naturaleza es conservadora, pero también es sabia, y se ha puesto manos la obra para encauzar esas emociones, de forma que no terminemos destripándonos los unos a los otros. Como nuestros genes tienen la misión de duplicarse y reproducirse para no desaparecer, han conseguido que la especie desarrolle mecanismos por los que discurran las emociones de manera discreta e incruenta. Éste y no otro es el sentido que tienen las religiones, la literatura y el arte en general: generar emociones individuales o colectivas para que el sistema límbico funcione sin necesidad de matar o violentar al prójimo. Así que hemos inventado el relato estático bajo la forma de religión, cuento, novela, cine, pintura, escultura, música… Y hemos inventado el relato dinámico en forma de juego competitivo con resultado incierto; de ahí surgen los deportes, que van desde los torneos medievales hasta los partidos de fútbol de la actualidad, pasando por la maraña de juegos electrónicos. Con el relato, sea el oral de las cavernas a la luz de la hoguera, el de la mitología de los caldeos, la narración bíblica, El Quijote, la proyección de la película Interestelar, un partido de fútbol, la serie Isabel, o el último juego para Xbox, no hacemos otra cosa que saturar nuestro sistema límbico para que ordene un  buen chute de adrenalina o dopamina. Las consecuencias suelen ser inocuas, se nos anuda la garganta, salta la lágrima fácil, la piel se acobarda; otras veces el vello se eriza y enarbolamos el puño y se nos suelta la lengua hasta la ronquera por culpa del hijo de puta del árbitro.

Sucede que, a veces, el remedio es peor que la enfermedad. Cuando el relator de una religión, el caudillo de un pueblo o el ingeniero social de un nuevo sistema engañan a los niveles superiores del cerebro de los incautos, haciéndoles creer que su relato es real y no ficticio, el sistema límbico suelta sus amarras y las pulsiones de la ira y  del miedo dejan de ser un mero juego y sólo se sacian contra el “enemigo”. Y ya es tarde, porque los cadáveres propios terminan por convencer a lo sensatos que las armas son el único medio para la venganza o la supervivencia.

Sucede que, a veces, los relatores de un juego incruento que se llama fútbol -donde once jóvenes millonarios enfrentan sus habilidades con otros once para ver cuál de ambos equipos cuela más veces una pelota dentro del marco de tres palos-, engañan a débiles mentales que pastan gregariamente en rebaños con nombres significativos, como Frente Atlético, Bukaneros, Riazor Blues, Alkor Hooligans, por ejemplo. Estos relatores, entre los que se encuentran presidentes de club, entrenadores, jugadores, periodistas, etc. inflan sus arengas con el cuento de gestas deportivas sin par, muchísimo más importante que la invención de la rueda o el descubrimiento de la penicilina. Y es que el fútbol mueve montañas… de dinero.

Este domingo, cuando la niebla velaba la mañana madrileña, unos cuantos débiles mentales se han dejado llevar por su sistema límbico, y han entablado su duelo de serpientes o víboras o culebras en la margen derecha del río Manzanares. Todo porque han creído que el relato ficticio de un juego deportivo era una realidad épica incuestionable. Resultado: Francisco Javier Rodríguez Taboada, de 43 años, murió asesinado, lanzado al río como un saco. D.E.P.

Los presidentes de ambos clubs, Atlético de Madrid y del Deportivo de la Coruña, se lavan las manos. El juego propio es dentro del estadio, han venido a decir, lo de las inmediaciones son juegos impropios. Algún día nos explicarán por qué subvencionan, alientan y prestan colaboración a ese nido de víboras, serpientes, y culebras que conforman los Frentes. Pudiera ser que ambos presidentes tengan averiado su sistema de gestión emocional. Lo ignoro. Lo que sí sé es que, permitiendo que se jugara el partido después del desgraciado acontecimiento han demostrado que su nivel de empatía no es superior al de los renacuajos.

J. Carlos

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