Desahucios

Vivo en un cementerio, vivo solo. El cementerio ocupa la ladera de una atalaya verde que linda con el mar. La casa está al costado este, tiene la fachada de granito cubierta de verdín y una pared medianera con la capilla.

Adela se fue a los once meses y cuatro días.

-Me voy. No me acostumbro a esta soledad, a este silencio- dijo. Ambos sabemos que es mentira.

No hubo más, ni un abrazo, ni un adiós, ni siquiera un beso al aire. Se fue arrastrando la maleta, calle abajo. Montó en el autobús sin mirar atrás. En la mesilla de noche sigue nuestra foto de boda enmarcada en madera de boj, con rastros de salitre en el vidrio.

Conocí a Adela un día de tormenta, se resguardaba de la lluvia bajo el alero de un balcón. Le ofrecí mi paraguas hasta la parada de taxis. Pasamos de largo y seguimos caminando. Fue ella quien advirtió que había dejado de llover hacía rato. Era miércoles y la invité a ver El Apartamento. Luego iríamos al cine, juntos, todos los miércoles de lo siguientes cuatro años. Nos iba bien. Trabajaba de solador y alicataba baños y cocinas. Compramos un pisito de dos habitaciones y la retiré de su trabajo de dependienta en la perfumería. Lo inauguramos con una docena de pasteles, una botella de champán y un dulce viacrucis con parada en cada estación de la casa, la cocina, el comedor, el salón, el baño y los dos dormitorios. Quedé exhausto. Años después, la noche anterior al desahucio, movidos por la rabia, intentamos repetir el viacrucis, pero sólo culminé la primera estación. Resultó amargo.

No me despidieron un día cualquiera. Las calles estaban engalanadas porque llegaba al puerto el primer barco crucero y nuestra ciudad entraba en los circuitos turísticos. Lo recuerdo porque sonaba la sirena del barco cuando el capataz nos dijo,

-Coged los bártulos e iros a casa.

La constructora se había ido al garete. No era la primera obra que se paraba, pero nunca piensas que te va a pasar a ti. Cuando sucede consideras que será algo pasajero. Todavía hoy, los esqueletos de los edificios permanecen erguidos como cadáveres plantados, sin enterrar. A veces he subido hasta el tercer piso, a la cocina de la letra B, el mismo lugar donde nos mandaron a casa. Han arrancado las baldosas del suelo, el cemento está picado y la herrumbre serpentea por las paredes. Lo peor es el ulular del viento que se enrosca, furioso, en la escalera, convocando a los fantasmas que se le han ido asentando a uno por dentro.

Hice algunas chapuzas en los barrios ricos. Los propietarios consideraban que era el mejor momento para reformar sus casas, porque la abundancia de mano de obra tiraba los salarios y los precios de los materiales. Los sábados nos reuníamos los soladores en La Bolera para pactar unos precios dignos. A tres o cuatro intrusos que venían de fuera a comerse nuestro pan, los amenazamos con romperles las piernas. Terminamos engañándonos los unos a los otros. Se pincharon neumáticos y hubo rotura de lunas y rayados de chapas. Todavía hoy, si nos vemos en la calle, cambiamos de acera. Ni los hijos en el colegio se hablan entre sí porque en el odio también se educa.

A la salida del entierro de la madre de Adela, caminábamos despacio como uno solo. Yo tenía un brazo sobre su hombro y la otra mano en su mano. Ella, cabizbaja, con un velo negro sobre la cabeza, se limpiaba las lágrimas con un pañuelo de papel y se sorbía los mocos siguiendo el ritmo de sus hipidos. Al cruzar la puerta de hierro del cementerio, me dio ligeramente con el codo y movió la cabeza levantando las cejas. Señalaba con los ojos un cartel blanco, apaisado, pegado con cinta americana a dos de los barrotes de la puerta. Se solicitaba un enterrador que había de ejercer de vigilante y jardinero del cementerio. Seiscientos euros, además de casa y los servicios de teléfono, agua, gas y electricidad.

Sonó el móvil. Fue una buena noticia para nosotros. Era del ayuntamiento, había sido el único candidato y, dado que había pasado el plazo establecido, el puesto era mío. También fue buena noticia para mi hermana, le dejaríamos la habitación de los niños libre y ya podrían dormir solos, su marido y ella.

Para celebrarlo compré una botella de champán. Me olvidé de comprar la docena de pasteles. Adela hizo un mohín de desagrado y chistó con la boca. Guardó la botella en la alacena, sólo dijo:

-La beberemos por Navidades -del viacrucis, ni hablamos.

Los primeros días fueron extraños, cuesta acostumbrarse. En las noches sin viento las olas se abaten mansamente contra los arrecifes, les sigue un eco prolongado y parece que mantuvieran una conversación con los muertos. A veces, el mar se embravece y suelta hilachas de espuma que se desmoronan sobre las cruces y la lápidas. En las noches de luna llena las estelas de espuma parecen fuegos fluorescentes de San Telmo. No tenemos miedo, los dos sabemos que lo malo siempre viene del otro lado de las tapias del camposanto. Pero es triste ver a los deudos deshechos en lágrimas al echar las primeras paladas de tierra. Adela y yo les  hacemos compañía en las misas y los responsos, componemos gestos duros de tristeza, entornamos los ojos y les acompañamos en el sentimiento. Las propinas son más generosas. Visto siempre un traje de pana gris con corbata a juego. Adela se pone un vestido largo con cuello alto, de negro riguroso, en los entierros.

Dos veces me ha felicitado el alcalde.

-Desde que está Adela, los parterres están primorosos -dice.

El arco de entrada  de ladrillo y piedra está tocado de buganvilla. La madreselva trepa las tapias. Los jacintos, las rosas y los narcisos flanquean los paseos. Crecen las petunias alrededor de las sepulturas. Las hortensias pespuntean las paredes de la capilla, así lo quiere el cura, afirma que el morado es el color de las almas, porque tiene el púrpura de la iglesia y el azul del cielo.

Nadie se atrevía a visitarnos. Cada vez salíamos menos. Por eso le compré un televisor de plasma de no sé cuántas pulgadas.

-De dónde has sacado el dinero, Juan.

-Las propinas, cariño. En el trance de la muerte la gente es más generosa, además, en el fondo, se sienten bien  porque el que está en el hoyo es otro y no ellos  –Se le queda un gesto de duda en la cara. Ella sabe que las propinan no dan para tanto, los humildes porque están achuchados por esta crisis, y los pudientes porque desde antes del destete ya les enseñan a tener el puño cerrado.

Adela lleva las cuentas de los pagos por cuidar de los panteones y sepulturas en un cuaderno de hule verde. Más de cuarenta tengo apalabrados ya. Hay que seguir pagando la deuda al banco aunque se haya quedado con nuestra casa.

Tenemos otras fuentes de ingresos que confluyen en una libreta de ahorros para intentar recuperar el piso. La ciudad tiene una facultad de medicina forense de una prestigiosa Universidad y siempre andan faltos de cadáveres. Pocas familias compran ataúdes de maderas nobles de caoba o palosanto, cuando acaece, una funeraria de otra ciudad paga con largueza dependiendo del tiempo transcurrido desde la exhumación. A veces, un perista me manda por Whatsapp un juego de fotos del muerto donde se aprecian las joyas o el reloj. No cobro hasta que las vende, vamos a medias. Me pregunto cómo se las apañará para sacar la cámara y apretar el botón en el tanatorio.

La noche que hay faena, Adela permanece despierta hasta que vuelvo. Me desvisto a la intemperie y que me quito la ropa interior, la camisa, los calcetines y el mono de trabajo. Entro desnudo en casa, echo la ropa en la lavadora y me ducho. He comprado un gel desinfectante y un frasco de colonia de litro. El pijama está en el sofá del salón, no me deja dormir en nuestra habitación, dice que huelo a muerto. Ambos sabemos que es mentira. A la madrugada sale del dormitorio de puntillas y, en el lavabo, hace abluciones con agua fría para bajar la hinchazón de los ojos.

Adela nunca va a la Caja a ingresar ese dinero. Lo llama dinero muerto. Lleva también esas cuentas. Nunca toca la libreta de ahorros. Nunca habla del tema. Sólo un día que estaba sentada pelando patatas, se levantó con el cuchillo en ristre, dio dos pasos hasta colocarse a medio palmo de mi nariz. Me miró a un ojo, después al otro, desafiante, antes de romper a hablar:

-Cuando tengamos el dinero para rescatar nuestra casa, se acabó. ¿Me entiendes? Se acabó. Somos peor que los bancos, no sólo desahuciamos muertos, también les robamos. -Había un rastro de saliva blanquiverde en la comisura de sus labios, como si la hubiera estado rumiando.

No dijo su nombre, ni yo se lo pregunté. Me abordó medio embozado en una capa española. Sucedió bajo las arcadas de la plaza mayor una noche en que la niebla opacaba la luz de las farolas. Yo volvía, contento, de cobrar la reparación de un panteón de una familia de abolengo. Tiene una voz grave, rasgada, como si se hubiese tragado añicos de cristales. No cerramos ese día el trato. Le pedí veinticuatro horas para pensarlo. No cabía en mi cabeza que hubiera gente tan rara, gente tan pasada de rosca que le gustaran los muertos. Mentiría si dijera que lo pensé. Volví a la noche siguiente y sellamos el pacto con un apretón de manos. Tenía los dedos largos y nudosos. Había de ser mujer de menos de treinta y cinco años, con el alma recién desahuciada del cuerpo. Los mil euros los depositaría en el alféizar del ventanuco del corral, debajo de una loseta despegada. A cambio, tendría un croquis con la ubicación y, por supuesto, encontraría la lápida descorrida. Nadie debía saberlo. Sólo se produjeron tres óbitos con esas características.

El día que se fue Adela, me extrañó que se levantara antes del amanecer. Mientras se duchaba, me tiré de la cama y salí fuera. Levanté la loseta, estaban los dos billetes de quinientos rotos en pedacitos muy pequeños. Cuando entré ya se vestía, hizo la maleta con la boca sellada, no puso la cafetera al fuego ni las tostadas en el tostador. Abrió la puerta y, antes de franquearla se volvió, tapaba el sol recién nacido con su cabeza y la luz roja dibujaba todo el perfil de su cuerpo. Estaba guapa. Sólo dijo:

-Me voy. No me acostumbro a esta soledad, a este silencio.

Desde entonces, vivo solo, en el cementerio. Uno se acostumbra a hablar alto para poder escuchar alguna voz y te acostumbras a las sábanas húmedas y frías. Terminas por tener deseos de que haya muertos que enterrar con tal de estar un rato entre la gente. Sientes alivio al ver el dolor ajeno y necesitas el roce de las manos tibias de los deudos. Pero no terminas de acostumbrarte a que el tocado de buganvillas del arco de la entrada de ladrillo y piedra se vaya desflorando, a que los jacintos, las rosas y los narcisos no sean más que tallos secos y cabizbajos en las lindes de los paseos, a que las petunias se hayan borrado del contorno de las sepulturas. Sólo las hortensias amustiadas se agarran moribundas a la pared de la capilla.

Desde entonces, vivo solo, en el cementerio. Y no me acostumbro a que el salitre acumulado en el vidrio de la foto de bodas vaya emborronando la imagen de Adela.

J. Carlos

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