Cerebros

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Algunos de aquellos que tienen el valor, rayano en la heroicidad, de acompañarte a ratos por el camino de la existencia, me han escuchado decir que, daría un mes de mi vida por estar un minuto, al menos, en el cerebro de otro. Debe ser fascinante adecuarte a las medidas de otro cuerpo, palpar las mismas texturas con otra piel, recibir el caudal de luz impresionado por otros ojos, escuchar los golpes de aire golpeando en tímpanos que no son tuyos, inspirar las mismas fragancias que parecen nuevas porque excitan terminaciones nerviosas que no reconoces, averiguar que las papilas gustativas enloquecen con sabores que te repugnaban y, viceversa. Con todo, lo verdaderamente extraordinario sería recorrer la tormenta de emociones, sentimientos, ideas, pensamientos e imágenes que estallarían a cada instante en el recorrido prolijo de las neuronas prestadas.

Estamos condenados a estar solos con nosotros mismos, mientras un montón de carne gris, que no pesa más allá de un kilo cuatrocientos gramos, acorazado entre los huesos del cráneo para preservarlo de su propia debilidad, intenta traducir el flujo de señales eléctricas y campos magnéticos que se te echan encima. Si ya es difícil componer imágenes rotundas y solventes sobre la materia dispersa y alejada entre sí por la infinidad del vacío que la circunda, más complicado es interpretar los lenguajes que nos comunican nuestros congéneres. Así que a la baraúnda de palabras y gestos de nuestro interlocutor, a la posición de cada músculo de su cara, a la frialdad o calidez de sus manos… nuestro cerebro los tamiza, los procesa, los compara con un trillón de datos más que atesora entre sus circunvalaciones y los interpreta; sin posibilidad de apelación, siempre el mismo árbitro, siempre el mismo juez. Me temo que, casi siempre, cualquier interpretación parecida con la realidad objetiva será pura coincidencia; o no, that is the question. Por eso mi querencia de estar, por un minuto, al menos, en el cerebro de otro. Qué tristeza o qué gozada si las percepciones resultan idénticas o totalmente disímiles. Ya no serías el mismo, habrías salido de ti y no dejarías nunca de ser también el otro. Cambiarías radicalmente sólo por el hecho de haber tenido la ocasión de comprobarlo.

Te lo digo porque no soy el único que anda por ahí con estas preocupaciones tan raras, en mi caso son cosas de pequeño burgués mentomentodo que apenas sabe de casi nada. En los casos que te voy a relatar son personas principales de la ciencia que tienen la osadía de intentar comunicar, en corto y por derecho, los cerebros entre sí, sin que medie esa cosa que llamamos consciencia.

Científicos del departamento de neurociencia de la Universidad de Washington, han ideado un sistema aparentemente simple que consiste en que, a un individuo le ponen un casquete en la cabeza para medir sus impulsos electroencefalográficos; al otro sujeto, mantenido en la distancia, le colocan un aparato de estimulación magnética transcraneal sobre la zona del cerebro que controla las funciones motoras. El resto es sencillo, el primero de los cerebros toma la decisión de hacer algo, los señales eléctricas recogidas se envían por internet al casquete del segundo, que las traduce con un decodificador en impulsos magnéticos y suelta el impuso sobre la zona escogida, al igual que cuando juegas a darte un golpe seco por debajo de la rodilla con la pierna colgada y, si aciertas, ésta se dispara sola hacia adelante. Son americanos, claro, la orden que da el primer sujeto, que está viendo un programa de ordenador es, disparar un misil para abatir a unos piratas en el preciso momento en que se disponen a exterminar una ciudad donde viven los buenos. En 650 milisegundos el segundo sujeto, que está a kilómetro y medio y no está viendo nada, da un golpe seco con su dedo sobre la tecla del ordenador y dispara. Aplausos de apoteosis –plas, plas, plas…-

El otro experimento lo lidera Giulio Ruffini, español de Barcelona, que consiguió algo similar el pasado 28 de marzo. En este caso lo sujetos estaban distanciados por 7.700 Kms. con tierra y agua de por medio. El mandante se encontraba en Thiruvananthapuram, capital del estado de Kerala, al sur de la India. El receptor estaba situado en Estrasburgo, a dos pasos del parlamento europeo. El primero consiguió transmitirle al segundo dos palabras: “hola” y “ciao”.

Te lo he contado porque corrobora mi teoría de que andamos solos y perdidos y que cualquiera de nuestras percepciones es, seguramente, errónea. Fíjate si no, en estos dos casos en que reputados científicos ellos, tratando de conectar dos cerebros, concluyen unos que la primera acción que han de transmitir es: dispara; mientras que los otros prefieren transmitir un simple diálogo pacífico: hola y ciao. También te digo que, según mi percepción, si hubieran sido solo científicos españoles lo que hubieran transmitido telepáticamente habría sido una pregunta: ¿estudias o trabajas?

Eso sí, admito que puedo estar totalmente equivocado.

J. Carlos

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