Los trampantojos y el “Pequeño Nicolás”

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La vida social es, también, un cúmulo de trampantojos que hemos de ir desvelando para que la ilusión que nos ponen por delante no tape la miseria que enmascara. Antes, los trampantojos eran aristocráticos, se asentaban en las coronas, los cetros y los escudos de rancio abolengo, en la púrpura mitrada y en los solideos, en las puñetas y las togas, incluso en las mucetas y en los birretes y, desde luego, se hacían patentes en las camisas Ralph Lauren y en las corbatas Hermés. Ahora, con la televisión, la tableta y el móvil los trampantojos se han puesto a tiro de piedra, el que más y el que menos trampantojea en Facebook, Whatsapp, Twiter, Instagram… hasta en un blog, como es mi caso… No caemos en la cuenta de que esas pantallas no son más que otro gran trampantojo.

En esas estábamos, quitándonos las legañas de cada día, frotándonos los ojos y acomodando el cerebro para desvelar qué miseria se esconde detrás de cada ilusión que nos ponen por delante, cuando se hace visible, sólida, abarcable la picaresca del Lazarillo de Tormes y de Guzmán de Alfarache. Hete aquí que el “Pequeño Nicolás”, con veinte añitos, se alza con la medalla de oro de la impostura. Cuentan y no paran de su audacia: Vivía en un chalet de El Viso a todo lujo, con guardaespaldas, coches oficiales; dicen que se hacía pasar por asesor de la Vicepresidenta del Gobierno y por enviado del Rey; escriben que era un gran conocedor de secretos oficiales inconfesables con acceso a información sensible… Lo mismo intermediaba en adjudicaciones o compras de inmuebles para sablear a empresarios, que se reunía, en nombre del Rey, con la acusación particular ejercida por el sindicato Manos Limpias, para que desistiera en el caso de la imputación por corrupción de la Infanta, o les animaba en sus demandas contra los Puyol y los Mas para desestabilizar el proceso soberanista en Cataluña. El trampantojo utilizado es el mismo timo de la estampita y del tocomocho de la película Los tramposos de Pedro Lazaga, pero remozado y puesto a punto: En lugar de  estampitas enseñaba fotos besando la mano al Rey en su coronación, e instantáneas con toda la fauna del PP y empresarios afines; en vez del décimo de lotería exhibía la fanfarria de sirenas en Audis de lujo flanqueados por guardaespaldas; a cambio de pobreza mostraba una vida regalada y, en lugar de hacerse el tonto, esgrimía labia, mucha labia, que en este país otras cosa no pero la labia vende que te cagas.

Las enciclopedias ya se están componiendo para colocar al “Pequeño Nicolás” en el Top ten de los impostores, junto a personalidades como Frank Abagnale que encarnó Leonardo di Caprio en la película Atrápame como puedas, Milli Vanilli, el dúo que ponía la cara y movía la boca pero no las cuerdas vocales, o la catalana Alicia Esteve que se hacía llamar Tania Head y afirmó que el 11 de septiembre de 2001 se encontraba en el piso 78 de la torre sur del World Trade Center y se salvó.

Seguramente sin pretenderlo ya nos ha dado el timo, no creo que sea tan hábil, aunque vaya usted a saber. Planeta le ofrecerá un suculento adelanto por escribir sus memorias, que se doblará si las escribe desde la cárcel, no será el caso porque no habrá juez que lo enchirone. Ana Rosa lo paseará por el trampantojo de Tele 5 a golpe de talonario, y le alabo el gusto, tiene mucho más mérito que follar con un torero y desdibujarse el rostro con botox y cirugía low cost. Santiago Segura lo elevará a las grandes pantallas y, de paso, nos evitará la vergüenza ajena de soportar más secuelas de Torrente a golpe de añagazas de marketing, cuando sabe que el cangilón de la noria dejó de sacar agua del pozo de ingenio desde dos minutos antes de Misión en Marbella. Aparecerá un avispado productor de música, tal vez, José Luís Moreno y le ofrecerá un Milli Vanilli para que mueva la boca como su muñeco Rockefeller mientras la garganta la menea entre bambalinas Daniel Ciges. Vamos, que cosechará deprisa y corriendo unos cuantos millones con los que montará una empresa para atrapar impostores y, entonces sí se hará muchimillonario poniendo sellos de calidad y autenticidad en el pecho de las partes contratantes, al igual que Aenor los pone en las solapas de la cajas de los productos homologados.

Sociológicamente el caso es digno de estudiarse en las universidades más principales. Lo secundario es el papel del pícaro que conoce el mundo del saqueo institucional de lo público y, se hace pasar por conseguidor de chanchullos gracias a sus amistades. Lo sustancial es que hay un saqueo de lo público y la constancia de que las amistades del “Pequeño Nicolás” medran. Lo que se constata es que, hay un sistema político y empresarial podrido que vive del tejemaneje, el medraje, el soborno, el enchufismo y la corrupción, que se reproduce y se retira a sus mansiones y yates sin que la mano de la Justicia, ciega ella, le roce ni por asomo. Al populacho le ponen trampantojos por entregas, como los novelones del XIX, en que algún pequeño camello del trapicheo pisa los juzgados, incluso visita la cárcel en cómodos plazos. Entretanto los cárteles y los capos de la droga dura de la corrupción campan a sus anchas, y se fuman los billetes de quinientos euros, colocados a modo de vitola en sus Cohibas, a la salud de nuestra inocencia.

J.  Carlos

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