No hay razón que valga


Capas pardas

Aconteció durante una comida con amigos y conocidos, se hablaba del caso Bárcenas y de la corrupción que campa en el partido que nos gobierna; antes de que el hablante terminara su argumento salieron, como campanas que tocan a rebato, varias voces tronando sobre el caso de los “Ere en Andalucía”.  Nada nuevo bajo el sol, se llama “y tú más” y ya no me causa ni sonrojo. Hubo un argumento, sin embargo, que me produjo  perplejidad: “Los dineros que se ensobraban en el PP para redondear el sueldo de sus dirigentes eran del partido y con su parné podían hacer lo que quisieran”. De nada sirvió argumentar que ese dinero provenía de “donaciones ilegales” de empresas que, a cambio, se beneficiaban de adjudicaciones públicas, recalificaciones de terrenos y otras mamandurrias; es decir, que las empresas engordaban las facturas que pagábamos los ciudadanos por las obras públicas o los servicios públicos que prestaban; de manera que, los trajes del señor Rajoy, los sobre sueldos que recibían los dirigentes del PP, los dineros que el señor Bárcenas y otros dirigentes de ese partido acumulan en paraísos fiscales, las francachelas, comidas, bebidas y otros eventos electorales han salido de nuestros bolsillos; ítem más, como era dinero opaco, negro, mafioso, caja b… no tributaba a Hacienda, así que  conseguido el gobierno por los próceres que se lo llevaban crudo, idearon una amnistía fiscal para que aquellos de los suyos que habían puesto sus ahorros fuera de las fronteras patrias lo pudieran blanquear. Con el fin de que el almuerzo discurriese en paz hubo que cambiar de tema, los dardos lingüísticos salían de los labios de los comensales del mismo modo que parten, en el campo de fútbol, de los hooligans de uno y otro equipo. Vengo observando que no se puede sostener una discusión –correr tras las ideas- sobre temas del común, los ciudadanos nos hemos pertrechado tras trincheras partidistas, no hemos constituido en hinchas futboleros de los nuestros y no hay razón que valga. No sé si obedece a una estrategia de los corruptos para enmerdarlo todo y, en base al argumento de todos son iguales, ganar la impunidad o, simplemente es que se han encontrado con un pueblo manso que tiene todavía el miedo de la dictadura metido en el cuerpo y prefiere callar y mirar para otro lado.

A lo más que llegan es a entonar el mea culpa cuando la desfachatez es tan evidente que sus asesores les aconsejan un acto de contrición. “Me he equivocado, no volverá a pasar”.  Como son devotos católicos basta el arrepentimiento, decir los pecados al confesor y tres avemarías. Lo de la responsabilidad es de gente de otras latitudes, de otras religiones, aquí con confesar se gana el cielo. Allí dimiten por haber plagiado parte de una tesis. Aquí no dimite ni dios.

Veremos a nuestros prebostes y prebostas esta Semana de Pasión al frente de cofradías, luciendo peinetas y velos negros ellas, y túnicas de colores con capirotes blancos ellos, adornados los pechos con medallas varias, sosteniendo bastones de mando, la cabeza alta. Cerrarán las calles que son de todos para manifestar su fervor, su dolor y su arrepentimiento, con cirios en la mano caminarán al paso de las fanfarrias tras de sangrientas y patéticas imágenes de madera o de yeso. La luna estará llena y lucirá el color rojo terroso de las catástrofes. Los curas marcarán el paso a su lado revestidos de casullas bordadas en hilo de oro. La música de timbales e instrumentos de viento golpeará el aire, se instalará en nuestro cráneo rebotando en sus paredes de hueso y nos inducirá una modorra colectiva. La televisión volverá a retransmitir la monotonía de los Pasos severos de Castilla, el espectáculo mitad pagano y mitad devoto de Andalucía, y en la España profunda un centenar de hombres procesionarán  ataviados con sus mortajas. En los aledaños,  en el ínterin, en  los antes y en los después habrá alcohol y droga y lujuria y hasta arrepentimiento. Pero a los profesantes no les pidan responsabilidad, la responsabilidad no es de estas tierras, y no le pidan razones porque no hay razón que valga.

J. Carlos

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