Memorias

Se levanta del asiento, nunca se levanta. Extiende su mano para estrechar la mía, incluso estira los labios para forzar una sonrisa, es la primera vez que le veo sonreír. Me pide por favor que tome asiento y espera a que yo me siente para hacerlo él. Con el dedo índice aprieta las gafas de concha contra el entrecejo. Sobre la mesa hay una carpeta abierta, de un blanco más crudo que su bata, contiene informes, radiografías y tomografías. Las dos últimas semanas han escudriñado mi cerebro desde todos los ángulos, yo les decía a los operadores de las máquinas, para quitarme el miedo, que si buscaban alguna gran idea no la iban a encontrar. Me froto las manos, en la palma de la derecha está escrito a bolígrafo: Doctor Beltrán, C/ Infantas, 10.

-Lo siento, se confirma, es Alzheimer –dice el doctor.

El segundo siguiente dura casi un minuto. Todo queda en suspenso, el corazón quieto y encogido, los miembros dejan de pesar, sólo hay un punto a la altura del estómago, un punto vacio que se expande y gana peso; es lo único que me mantiene atado a la silla, si no, seguramente flotaría como los astronautas en sus naves. Mis sentidos se agudizan. Aunque tengo los ojos enfocando las pupilas azules del doctor, veo los títulos, cursos y acreditaciones médicas que cuelgan de la pared por encima de su cabeza, el tresillo Chester de cuero marrón que queda a mi derecha, la mesita de metacrilato con tres cañones de cobre y un jarrón de vidrio tallado sin flores, las cortinas de color salmón y los visillos ennegrecidos por la contaminación, hasta el regulador de temperatura que está a la derecha de la puerta y que marca veintitrés grados en el cristal líquido. A mis oídos llega con nitidez el ronroneo del aire acondicionado y la voz menuda de la enfermera hablando por teléfono en la antesala. Una gota de sudor frío se desliza por el coxis. La saliva amarga y se ha vuelto pastosa. Al tiempo, las neuronas, como si se hubieran despertado de un largo sueño, empiezan a facturar recuerdos sin orden. Me presentan retazos del primer día que olvidé donde había dejado el coche, y de aquel otro en que vi a mi madre desnuda y le pregunté por qué no tenía pito como yo. Me traen el olor de mi padre yacente en el ataúd, mezclado con el olor a pana y a campo cuando sentado me alzaba sobre su muslo y lo movía para que cabalgara. Ya no miro al frente, se me ha vencido la cabeza y observo, con horror, que llevo los calcetines disparejos. Cierro los ojos. Vuelven los recuerdos. Del día que, por descuido, quemé la cartera de plástico en la estufa que llevaba a la escuela para calentarme los pies, y los de la última conversación con mi hija Sonsoles sobre la donación en vida de mis bienes. Oigo el sermón del obispo sobre lo eterno en la ceremonia de confirmación, “cuando la cigüeña, sólo de posarse, haya desgastado la torre y toda la iglesia no habrá pasado ni un segundo para la eternidad”, y leo aquella carta hecha de letras negras, grandes y picudas anunciando que se le acabó el amor. Revivo la semana de hospital con la pierna colgada por lo del accidente, y las noches de alcohol en los tugurios de Malasaña escuchando música y robando besos. El acto de graduación mezclado con el estallido de la granada que me explotó a dos metros en la mili y me dejó sin el tímpano derecho. El robo con una recortada en la joyería de Cádiz para pagar el aborto de Lola en Londres. La primera vez con una puta en Barcelona a la que le robé un cenicero de Four Roses. La confesión de Lola antes de morir de que no había abortado y que había una niña que se llamaba Sonsoles.

El doctor Beltrán está diciendo algo. Le sugiero con un golpe de mano en al aire que no diga más.

– Lo sé –digo- En uno o dos años me olvidaré de quién soy y de quiénes son los demás. En diez u once me iré al otro barrio, si antes no le pongo remedio.

-Hay terapias que pueden retrasar el avance de la enfermedad… –Replica el doctor.

-Ahora no, por favor, pediré cita otro día y ya me explicará.

La enfermera baja el tono de voz cuando me da hora para el martes de la próxima semana; supongo que mis hombros caídos, la expresión como ida y me cabeza gacha me delatan. Sale el doctor enarbolando el bastón que me había dejado en su despacho, me acompaña a la puerta y me pasa el brazo sobre los hombros.

Sonsoles me espera en la cafetería de las Cortes. Su partido gobierna. Al comienzo de la legislatura ha sido nombrada portavoz del grupo parlamentario; iban a nombrar a un hombre pero, gracias a la cuota femenina, el Presidente la propuso para el cargo y salió, claro.

-Hola papá. Llegas tarde

-Perdona, hija, me distraje y cogí el 32, en vez del 20.

-¿Qué te ha dicho el doctor Beltrán?

-¿El médico?… Ah, nada. Falsa alarma. Que los olvidos son cosas de la edad, y que ésta –me señalo la cabeza con el dedo- todavía no tiene muchas goteras –contesto. Ella me aprieta el brazo con una mano y con la otra me acaricia la mejilla.

Un presentador de informativos de la televisión pasa en ese momento, la saluda y dice: -Parecéis dos novios. Sería una forma agradable y novedosa de abrir el telediario, que llevo cuatro días empezando con el avión desparecido.

El camarero después de darnos las buenas tardes, nos sirve generosamente sendas copas de Ribera de Duero. Brindo por su carrera política. Ella brinda por mi salud.

-Papá, he leído tus memorias.

-¿Qué memorias? –pregunto.

Nos sirven el primer plato, es una sopa de marisco, humea. Sonsoles sopla antes de llevarse la cuchara a la boca. Paladea, después contesta.

-Papá, las memorias que enviaste a Planeta. Menos mal que el editor es un buen amigo, me las devolvió y no las va a publicar.

Trato de recordar y ganar tiempo, aprovechando que el camarero nos está retirando el primer plato. Es cierto que cuando aparecieron los primeros síntomas decidí escribir para asentar la memoria, a sabiendas de que se iría escapando de mi cerebro como se escapa el aire de un globo pinchado. Pero juraría que las resmas de papel con mi letra minuciosa, como excrementos de mosca, están en la caja fuerte. Y la llave está aquí –la toco- cuelga de la cadena sobre mi cuello.

-¿Cómo puedes contar que el tío Julio y tú atracasteis una joyería para pagarle a mi madre un aborto, el mío. Eso terminaría con mi carrera política.

-Hija, ¿de qué atraco estás hablando?

-Papá, pronto tu hija va a ser Ministra de Sanidad, me lo ha prometido el Presidente; salvo, claro que resulte ser la hija de un atracador.

-Pero qué dices, ¿la hija de un atracador?

– ¡Joder! Que al dependiente de la joyería le distéis un culatazo ahí y lo dejasteis eunuco.

-Le dimos una paliza porque se tiraba a la Lola que, entonces, era mi novia. Sí Lola, tu madre. Aquel cabrón que me ponía los cuernos trabajaba en una joyería, entramos cuando ya se disponía a cerrar y le rompimos los huevos a culatazos. Pregúntale a tu tío Julio, pregúntale.

Sonsoles ha comido su merluza hervida sin decir palabra. Ha pedido café. El flan que me traen parece casero, cuando lo termino levanto el plato hasta los labios y sorbo el caramelo como un niño. La niña me lo recrimina con la mirada.

-Memorias, memorias, memorias, ¿qué memorias? –digo- Yo lo que he escrito es una novela y está en la caja fuerte. Y si te interesa, hija, te diré que me voy a presentar al premio ese, ¿cómo se llama?, el de Barcelona, el que ganó Cela.

J. Carlos

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