Materia oscura

-Volví en busca de los olores de la niñez. Ya sabes que el olfato es como un interruptor que te enciende los recuerdos. –Dice Bárbara girando  la cucharilla en la taza del café.

Están los dos sentados frente a la chimenea en butacones tapizados en pana verde, con una mesita de marquetería de por medio. La luz grisácea que entra desde atrás, por las cristaleras, se refleja en sus cabellos blancos,  parece que emitieran un halo como de aureola. En las caras les brinca la luz roja de las brasas que no para de dibujar y desdibujar las arrugas que les labró la vida.

Mario se gira para recoger de la mesita su servicio de café. Alza los ojos, con disimulo, hasta la vieja foto en blanco y negro de los padres de Bárbara que no pudo o no quiso mirar con descaro cuando entró en el cuarto. Está enmarcada con listones de carey y cuelga de la pared de la derecha. La vista del hombre de la foto le sigue produciendo un trallazo frío que le recorre desde la rabadilla hasta la nuca.

-Y tú, ¿por qué volviste al pueblo? –Pregunta Bárbara.

-A descansar. La muerte de un hijo te deja exhausto. -Responde Mario.

Hasta hoy llevan casi una vida entera sin hablarse. Lo último que se dijeron fueron epítetos por parte de él y silencio por parte de ella. Fue en septiembre del 39, ya había terminado la guerra.

Bárbara se levanta, deja la taza de café sobre la mesita y remueve con la tenaza un tronco de leña en la chimenea. Pone la tenaza sobre el bastidor y se vuelve hacia Mario.

-No fue mi padre quien lo mató.

El hombre enarca las cejas, crispado.

-Déjalo Bárbara. Tengamos la fiesta en paz. -Tiene el platillo con la taza de café en una mano, el asa pinzada con los dedos de la otra. Para evitar que el leve seísmo de sus dedos se transforme en murmullo de porcelanas, se lleva la taza a los labios.

Sólo se oye el leve bisbiseo de los copos de nieve contra los cristales. De tanto en tanto los chasquidos de la lumbre que levantan diminutas ascuas rojizas como estrellas fugaces. Crujidos como quejas de la madera vieja de los techos. Ni siquiera suena el reloj de bronce, sobre la chimenea, una figura de cazador a caballo alanceando a una bestia. Sus manecillas están varadas a las seis y diez.

Rompe el silencio Mario después de dejar el servicio en la mesita y cruzar las manos hasta sosegarlas.

-Qué curioso ambos hemos dedicado la vida a la enseñanza.

Bárbara se pone las gafas que le cuelgan de una cadena. Le mira a los ojos.

 -¿Son verdes o azules? Las niñas hacíamos apuestas. Recuerdo que a la sombra parecían verdes, pero al sol yo juraría que eran azules.

A Mario se le escapa un rubor.

-Ahora tienen cataratas, están vidriosos y han perdido el brillo. Oye, ¿por qué me citaste?

-Tal vez porque en invierno somos muy pocos vecinos, ya mayores. Tú has llegado apenas hace un mes, sabrás que en la temporada de nieve los caminos se atoran y el pueblo queda aislado. Hemos de estar unidos.

¿Sólo por eso? –Insiste Mario.

Supongo que también porque enseñé filosofía en Salamanca y tú física en Stanford y quiero saber cómo se ve la existencia desde el conocimiento de la materia real y no como en mi caso desde el etéreo mundo de las ideas. Me gustaría conocer cómo te fue la vida, cómo es vivir en un país distinto…  Y tú, ¿por qué acudiste a la cita?

-Supongo que me hizo gracia recibir una nota debajo de una piedra en el alfeizar de la ventana.

Mario tiene la voz grave y ronca. Con las últimas palabras el gato blanco ovillado sobre un cojín a los pies de Bárbara se despereza estirando el lomo y las patas.

-O sea que sólo porque te hizo gracia la nota has roto el silencio de más de cincuenta años. -Dice Bárbara.

El gato serpentea a los pies de la mujer, con la cabeza se atusa contra sus tobillos, el lomo ligeramente arqueado y el rabo enhiesto. Cuando recibe la caricia con la palma de la mano de la dueña ronronea ruidosamente.

-Después de que el cáncer terminara con mi hijo, finalizó mi matrimonio. No tenía sentido seguir viviendo sólo con el otro lado de un triángulo que había perdido la base. Tampoco tenía ya sentido la vida y decidí quitarme de en medio. -Dice Mario.

Bárbara se remueve en el asiento como si le hubiese recorrido un escalofrío.

-¡Qué barbaridad! ¿Quieres decir que has venido al pueblo para quitarte de en medio?

-No, ya te dije que vine para descansar. Quería morir un 24 de septiembre, en memoria de mi padre. Sería el mismo día del mismo mes que tu padre le descerrajó un tiro en la sien al mío.

Bárbara aprieta los dientes y sella los labios que tenía entreabiertos. Mario mira ceñudo, la boca fruncida, carraspea y  prosigue

-Ya tenía los dos gramos de morfina que me recetó un colega, pero hace seis meses desistí. Mandé reformar la casa de mis padres y cuando terminaron las obras abandoné Stanford y me vine al pueblo. Quería descansar, sobre todo descansar de mis pesadillas.

Bárbara desanuda con ambos manos el gato de entre sus piernas, se levanta con él sobre el regazo y camina hacia el aparador. Mientras posa el gato sobre el mueble y abre el cajón superior, pregunta.

-¿Qué te hizo desistir?

 -Te parecerá una tontería. Fue la física, ya ves tú. Cuando se descubrió el bosón de Higgs pensé que, si aguanto unos años, llegaré a ver la teoría que unifica todas las fuerzas y habrá una explicación plausible del Universo. Al fin y al cabo es lo que he estado buscando toda la vida.

La mujer ha cogido un papel de entre los manteles bordados.  Lo lleva apretado con las dos manos, bajo la toquilla, contra su pecho.

No fue mi padre –repite Bárbara con un hilo de voz, apenas un suspiro, mientras se sienta.

Mario se yergue con furia, levanta el puño en el aire, el gato pega un salto desde el aparador y sale del cuarto.

-Claro, no fue tu padre el que le pegó un tiro al mío, ni yo me tomé mi venganza cuando te partí la cara en la plaza, a la vista de todos. Claro, ni tú y yo estamos aquí ahora, somos meras ideas, abstracciones. No hay nada fuera de la mente. Pero la realidad es que somos materia que se ha amalgamado aleatoriamente desde hace millones de años para constituirnos en mentes que piensan, que son consciente de sí mimas y sufren y se hacen daño y se duelen y tienen pesadillas. Tu padre me jodió la vida. Puede que no valiera la pena, pero la flecha del tiempo no hay dios que la vuelva para atrás.

Mario, mientras habla, se acaricia las manos como si tuviera frío. Cuando calla, se levanta pesadamente y da un paso hacia la puerta. Ella estira el brazo para entregarle una hoja de papel arruinado por el tiempo.

-Espera Mario, siéntate y lee.

Él sostiene con ambas manos la hoja de papel porque por los dobleces sólo algunas hilachas la mantienen entera. Se deja caer sobre el butacón arrugando las labores de ganchillo que cubren los reposabrazos. Saca las gafas del bolsillo superior de la chaqueta.

Ve la letra de un azul desvaído, en caligrafía redondilla, los márgenes austeros y exactos, las líneas como tiradas con regla. La misma grafía que la del tablero encerado de la escuela de su niñez.

Es la carta de Don Dimas, el maestro, agradeciendo al padre de Bárbara que “aquella noche aciaga del 24 de septiembre del 39” –escribía-, lo hubiera escondido en el maletero de su taxi de gasógeno y llevado hasta un pueblecito de Asturias, donde otros camaradas le enseñaron los caminos hasta la frontera con Francia.

Abajo, la firma simple, rotunda: “Dimas Salcedo”, rubricada con dos trazos horizontales. Deposita la carta sobre la mesita, sin doblarla. La hoja forma pequeños tesos y valles y donde se rompe por el doblez parecen vaguadas o arroyos.

-No fue el primero ni el último a quien salvó mi padre. El taxi era un buen lugar para las confidencias y los vencedores eran casi los únicos que podían pagarlo. -Dice Bárbara.

Mario con el tronco doblado hacia adelante se quita las gafas y se restriega el puente de la nariz y los lacrimales.

-Entonces, ¿quién fue?- Pregunta Mario en algo menos que un susurro.

-Eso no lo sé –contesta Bárbara-. Vinieron a por el maestro. Lo buscaron por todo el pueblo. Cuando se fueron hubo un suspiro de alivio en el vecindario. Tu padre abrió el bar y se brindó por Don Dimas. Se quedó sólo para cerrar, como siempre. Seguramente volvieron los que habían buscado al maestro. Mi padre regresaba de Asturias ya de madrugada, dejó la carretera para evitar sospechas y entró por el camino del cementerio. Los faros alumbraron la pared sur. Había un muerto. Bajó del coche, era tu padre. Le cerró los ojos y le cubrió con una manta por encima. Ese fue su error, la manta.

Mario se echa hacia atrás, se queda quieto observando la simetría de los rosetones en el papel pintado de las paredes. Piensa en la materia oscura que constituye un quinto de la masa del universo. Y se pregunta si ese día no habrá descubierto una parte de la materia oscura de su vida. Esa masa informe que puebla sus pesadillas.

-Bárbara, ¿por qué no me lo dijiste entonces? –pregunta Mario.

-El médico certificó suicidio. Recuerdo tus gritos llamándome hija de asesino mientras me repicabas la cara con ambos puños y recuerdo, por encima de todo, el olor de tu rabia. Pero por nada del mundo iba a comprometer a mi padre. –Responde Bárbara.

Vuelve a oírse el rumor de los copos de nieve sobre los cristales, los chasquidos de las brasas en la chimenea, la madera que sigue su monólogo al expandirse y encogerse. El gato blanco retorna a la estancia, primero asoma la cabeza, da unos pasos hasta la alfombra, se para y gira la cabeza a ambos lados para escuchar cualquier signo de alarma; luego, bordeando por detrás la butaca de Bárbara, se acomoda en el cojín con las orejas tiesas y los ojos atentos.

Mario pone ambos codos sobre los reposabrazos, entrelaza las manos y sobre ellas apuntala la barbilla. Busca las palabras y no acaban de salirle de la boca. Al fin, con un tono de voz muy bajo, consigue articular unas frases

-Es tarde para casi todo, Bárbara, hasta para pedir perdón. ¿Sabes?, aún tengo en el armario del baño el inyectable de morfina y el universo va a seguir ahí aunque nadie le encuentre una explicación.

Bárbara se levanta lentamente, abre la ventana y coge con ambas manos un montoncito de nieve del alfeizar, lo lleva hasta su nariz y aspira profundamente. Cuando levanta la cabeza ha prendido en sus labios una sonrisa.  –Ésta es mi morfina. –Dice-. Y se la acerca al olfato de Mario.

J. Carlos

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