Pálpitos

PÁLPITOS

El guarda raíl me segó el antebrazo como una guadaña. Reboté. Todavía di una vuelta de campana y seguí deslizándome unos metros. La cabeza y el tronco quedaron sobre la cuneta pero las piernas ocupaban parte de la carretera. La lluvia me cegaba los ojos. La visera del casco había salido volando. Me incorporé sobre el costado izquierdo sólo para ver el estado de mi Honda. No la habían atropellado, pero perdía aceite que formaba unos hilos de vapor sobre el asfalto. Le pedí al primer conductor, que se había parado y se acercaba con las manos sobre la cabeza, que pusiera en pie mi moto. Fue entonces, al ver mi guante colgando inerte, con líneas de sangre que resbalaban por sus dedos, cuando sentí una quemazón primero y luego un ramalazo de dolor. Tenía a la altura del codo cien cuchillas que cortaban arterias, capilares, huesos… Intenté levantarlo, basculó en el aire, creo que sólo se sostenía por las costuras del codo de la cazadora. Me desmayé.

Desperté tiritando, con un sabor amargo en la boca seca, veía sólo un techo blanco de metal y en mis oídos el ulular constante de una sirena; todo se movía. Intenté incorporarme, cuatro manos me lo impidieron, sólo lograron asustarme más y me revolví, en vano, en la camilla. Fue entonces cuando las cien cuchillas que sajaban el antebrazo me devolvieron a la realidad y todo cobró sentido. Seguía con el casco puesto, llevaba una mascarilla de oxígeno, había un gotero del que salía un tubo que serpenteaba hasta mi mano izquierda y mi brazo derecho estaba embutido en una escarcela azul con hielo. Pregunté por mi moto, me mandaron callar e inyectaron otro líquido en el gotero. El dolor se fue mitigando y los párpados se abatieron pesados sobre los ojos.

Soñé que la Honda era de plastilina azul índigo, chocába contra la arista de un muro de sillares de piedra, fino como la hoja de un cuchillo, y quedaba cortada en dos de adelante a atrás. Yo, con los dedos de ambas manos la recomponía pero de la mano derecha brotaban, sin cesar, gotas de sangre. La moto iba adquiriendo el color del óxido de hierro y se descomponía poco a poco hasta convertirse en un montón de escoria.

La habitación 303 del Ruber Internacional olía a Betadine y sólo se oía el ronroneo del aire acondicionado. Bárbara tenía los ojos enaguados y la cara afilada por la rabia. Por instinto busqué con mi mano derecha el lugar que mi cerebro señalaba para la izquierda. No había nada, sólo encontré la textura rugosa de la venda que envolvía el codo. Retiré la colcha para que los ojos certificaran la pérdida. Me vino la imagen del mendigo sin brazos que pide con un plato atado al cuello, en el paso de peatones que conduce al Museo Arqueológico de Madrid.

―No será porque no te lo tengo dicho. Tu puñetero capricho te va a matar ―gritó Bárbara.

―¿Por qué no me lo han implantado? ―pregunté mirando mi manquera

―Sólo piensas en ti. ¿Y la niña? ¿Qué me dices? Podía estar huérfana a estas horas  y yo viuda ―respondió Bárbara con una mano en la frente y  gesticulando con la otra.

Entró una enfermera con el cabello sujeto atrás con un prendedor y los ojos azules, muy grandes; dio los buenos días con una sonrisa de curso de atención al cliente, me preguntó cómo me encontraba, después levantó la persiana y abrió las cortinas. Miré hacia la ventana, la luz del amanecer perfilaba los contornos, al fondo la sierra de Guadarrama cerraba el horizonte, grumos de ceniza coronados por pinceladas blancas. Me picaba la mano inexistente y me dolían el cúbito y el radio. Me inyectaron más calmantes.

―Llama al despacho, por favor, que me sustituya Satrústegui en el juicio. ―le pedí a mi mujer.

Bárbara, tan pragmática como siempre, lo tenía todo bajo control. La moto la había enviado al desguace; el viaje programado para el verano seguía en pie, sin moto, en su coche, un BMW descapotable, recorriendo Europa hasta Malmö. Supuse que conduciendo ella, claro. “Sin capota. Será como cabalgar contra el viento” –sentenció mi mujer–. Era una frase cruel y miré hacia arriba para sortear una lágrima. Luego, tomando mi única mano entre las suyas, recorrió con sus yemas cada uno de mis dedos, demorándose en cada pliegue y me pidió que me olvidara de las motos por la niña. Me pareció una petición estúpida, ¿cómo se pilota una moto siendo manco? Hice un chasquido con la lengua y prometí olvidarme de las motos. Conseguido su propósito, me contó la atrevida apuesta del Doctor Cifuentes Salazar.

El segundo día, serían las once, vino el Doctor. Hizo su entrada con una revolera. Enjuto, hiperactivo, hablaba ametrallando palabras, reía cualquier ocurrencia como un niño y en los ojos llevaba la fiebre de los alquimistas. Paz, la enfermera, esta vez con la melena suelta, me ayudó a levantarme y a transportar la percha rodante con el gotero. El ascensor paró cuatro pisos más abajo. El doctor utilizó una tarjeta para franquear la puerta del laboratorio. Tres personas con batas blancas manejaban probetas, tubos de ensayo, ordenadores y otras máquinas con pantallas de plasma y muchas lucecitas. En el centro de la sala había tres incubadoras, en las dos primeras se cultivaba piel para quemados, en la tercera estaban los huesos de mi antebrazo y de mi mano; los cubría una fina capa gelatinosa casi transparente. El Doctor me explicó que, las células madre, en cuyos códigos genéticos habían implantado las proteínas con las órdenes para reconstruir mi antebrazo y mi mano, hacían su trabajo. La enfermera me sonrió y me dio una palmadita en la cintura.

A la semana me dieron el alta. Firmé un contrato de confidencialidad. Sería el primer hombre con su brazo renacido, una cobaya humana que estaría dos meses metido en un circo mediático y con cinco millones de Euros en el bolsillo al finalizar la tourné.

Cada viernes, al salir del despacho, acudía al Ruber para que Paz, la enfermera, me extrajera sangre. Siempre llevaba un botón desabrochado de más en el escote de su bata blanca. El feto de mi mano y antebrazo recibía mi sangre desde un corazón mecánico y la purificaba una bomba de diálisis. Me quedaba horas, a veces toda la noche, admirando cómo se iban tramando los capilares y surgían los tendones diminutos como los filamentos de los peces transparentes.

A los cinco meses a los dedos le nacieron las uñas y empezó a formarse la piel, desapareció el aspecto gelatinoso y transparente, era cómo si se hubiese solidificado. Entonces me dejaron tocarlo, tan suave, tan caliente, palpitaba y, de tanto en tanto, hacía levísimos movimientos reflejos.

Después fue el implante, dos semanas de nuevo en la 303 y los ojos azules de Paz cada vez más cerca. Le siguieron miles de ejercicios para que el cerebro y el recién nacido se reconocieran y se acoplaran como dos amantes. Lo que más me costó fue acostumbrarme a la tersura de la piel, sin las arrugas del tiempo, sin vello y con ese color de albaricoque recién madurado.

Ahora, vuelo a Nueva York con el Doctor Cifuentes para presentar el prodigio de mi extremidad urbi et orbe. No le he dicho -están en juego los cinco millones- que, el dorso de mi mano tiene una zona que late como un corazón desbocado. Eso sí, sólo ocurre, y lo tengo comprobado, cuando aferra la empuñadura de la Suzuki de Paz los miércoles por la tarde, rodando juntos, perdidos por esas carreteras de Dios, quemando gasolina y gastando besos.

J. Carlos

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