Botsuana

Hoy quería escribirte sobre la bajeza moral que nos invade como una epidemia. Iba a caer en lugares comunes y en el puñetero desánimo. Prefiero echar unas risas contigo a modo de vacuna ante tanta mierda.

ADVERTENCIA: El relato que adjunto a continuación es fruto exclusivo de mi imaginación y cualquier parecido con la realidad que aprecies será fruto de la tuya.

Botsuana

Supongamos que escribo de Botsuana. Sabrás que más allá del desierto de Kalahari, lindando con una reserva natural de elefantes, hay unas construcciones como palafitos. Son hoteles con encanto para que descansen de su mala conciencia algunos homínidos depredadores del esfuerzo ajeno, gracias al que han amasado grandes fortunas. Pongamos que unas horas antes de que empiece a calentar -el sudor les produce urticaria- esos homínidos salen de sus bungalows y se echan sus fusiles automáticos al hombro. El resto es una historia vulgar. Los nativos les ponen delante un proboscídeo para que le apunten a la sesera, como diez centímetros por encima de los ojos. El paquidermo les contempla, seguramente pensando que los homínidos le van a proporcionar alimento. El sonido viaja más lento que la bala, no llega a oír la deflagración, si acaso ve un pequeño fogonazo. Tampoco da tiempo a que sus neuronas registren el dolor de una bala del calibre 12 que estalla y le ametralla el cerebro. Se desploma como un edificio de dos plantas. El resto de la mañana, los homínidos se chutan con subidones de adrenalina esquilmando leopardos y jirafas. A eso de las doce, retirada. Tardes de juego y alcohol. Y a la hora en que el sol se borra, se retiran a descansar de tan frenética actividad.

-Cogonel, Cogonel –La Princess aporrea la puerta del bungalow del Coronel Ferreira.

-Voy voy –grita Ferreira mientras se levanta en calzoncillos.

-Cogonel venga corriendo, Sumaje se me ha goto por dentgo –Ferreira se queda atónito al abrir la puerta y ver a la princesa vestida con ropa interior de encaje rojo y medias con tirantes negros.

La sigue en la oscuridad por la pasarela, guiándose por el resplandor lechoso de sus hombros y sus piernas. Debería haber cogido una linterna de la mesilla. Y la Beretta que esto puede ser una trampa.  ¡Joder! Y haberme puesto algo encima. La Princess abre la puerta de la estancia real y la luz le siluetea el cuerpo.

-Sumaje, queguido, ya está aquí la fuegza militag.

-Lo que quiero es un médico –grita Sumaje con un gesto de dolor desde la cama.

-Majestad. A sus órdenes. Enseguida le traigo el médico –Sale el Coronel a la oscuridad de la pasarela.

Ferreira a tientas, tanteando la baranda de madera, trota hasta el bungalow del médico. Golpea frenético con el puño. Nadie contesta. Coge carrerilla y estrella su hombro contra la puerta. Se lastima. Oye que dentro cargan un rifle. Se hace un lado, casi al mismo tiempo se abre un boquete en la puerta y saltan esquirlas de madera que le rebotan en la cara y en el cuerpo.

-Hostia, Rendueles – a grito pelao- Estás loco, que soy yo, Ferreira.

-Perdona mi Coronel. ¿Cómo iba yo a pensar?

-¿Eres gilipollas o qué? –Se sacude las esquirlas de madera de la pelambre del pecho con una mano, le quita el arma al Doctor con la otra y le apunta a la sien-: Sólo venía a decirte que el patrón está jodido y que vayas para allá cagando leches. –El Coronel arroja el arma sobre la cama y sale con el Doctor a la carrera.

-Princesa ¿Qué ha sido eso? –pregunta Sumaje.

-Un dispago. Ha sido un dispago. Esto es un golpe de estado. Ahoga vendrán a pog ti.  -Grita La Princess metiéndose debajo de la cama.

Al oír la detonación, dos policías de paisano echan a correr y entran en tromba, con las pistolas desenfundadas y el seguro expedito, en la estancia real. El policía Morales se tira encima del Objetivo para protegerle. Se oye un ay prolongado y lastimero. El otro policía, Cascorro, se aposta en la puerta y apaga la luz.

Grita La Princess desde debajo de la cama. Grita Sumaje de dolor debajo del corpulento Morales.

En el entretanto, los guardaespaldas del jeque Solimán rodean el palafito del Doctor Rendueles. Gritan en inglés para que salgan con las manos arriba. El Coronel en calzoncillos y el Doctor en pijama salen con las manos en alto, recorren la pasarela de madera, bajan las maltrechas escaleras y obedecen la orden de tirarse, a lo largo, en el suelo. Los guardaespaldas los cachean.

Los soldados botsuanos llegan montados en un Jeep y encañonan a los guardaespaldas. Éstos no obedecen y permanecen encañonándose los unos a los otros. El Coronel desde el suelo trata de explicar la situación en un inglés manifiestamente mejorable. Todas las armas dejan de apuntarse y dirigen las bocas de sus ánimas al Doctor y al Coronel. Alguien les ordena que mantengan la posición de cuerpo a tierra y, a la vez, batan las palmas.

En la estancia real, a oscuras, el policía Morales ha arrastrado al Objetivo dentro de un armario y le tapa la boca con la mano para que el enemigo no oiga sus quejidos cada vez más ostentosos. Las Princess sigue gritando fuera de sí debajo de la cama. Cascorro se acerca a tientas, se tira al suelo y le indica llevándose el índice a la boca que se calle, sin percatarse de que no hay luz y la princesa no puede ver su gesto. Entonces saca el pañuelo del bolsillo de su pantalón de faena y se lo mete en la boca. Queda apostado bajo la cama. Tiene una pierna encima de las nalgas de la princesa para inmovilizarla; con la mano izquierda le aprieta el pañuelo contra la boca y, en la derecha, empuña la Star reglamentaria. Apunta a la puerta exterior, a un punto invisible que está a metro y medio por encima de la faja de luz que se cuela del exterior.

El Coronel y el Doctor siguen batiendo palmas por más de media hora.

-Rendueles la que has armado. ¡Joder! Me están comiendo las hormigas.

-Por Dios no te habrás meado mi coronel. Has de saber que hay un gusano que huele el orín y se mete por la uretra.

-Doctor. Has de saber que un soldado íbero no se mea. ¡Coño!

Después de muchas idas y venidas, conversaciones con walki talkies, cotejo de fotos, visados y pasaportes diplomáticos, se esclarece el entuerto. Aparece el  jeque Solimán, con su chilaba y turbante blancos, ordena que se levanten el Coronel y el Doctor.

El Coronel le explica al oído la situación. El jeque ordena al Doctor que acuda presto a atender al paciente.

Médico y militar, sacudiéndose el polvo con las manos, corren por las pasarelas hasta alcanzar el bungalow real. Cascorro pide santo y seña. Sale de debajo de la cama, enciende la luz, les franquea la entrada y se cuadra ante el Coronel.

-A sus órdenes mi Coronel. Objetivo a salvo y la princesa… también.

-Morales –grita Cascorro- ya puedes sacar al pájaro. Todo en orden.

Salen del armario. Morales le quita la mano de la boca al Objetivo –éste masculla palabras ininteligibles-. El policía lo lleva en volandas y lo deposita sobre la cama. Está desnudo y erecto. El Coronel le tapa con la sábana y manda salir a los policías.

Los policías se apostan fuera, uno a cada lado de la puerta. Morales apenas aguanta la risa.

-Joer qué nochecita. ¿Has visto que el pájaro estaba empalmao? Oye, Cascorro, de esto ni mu, ni a tu mujer, ¿eh?… Qué pasa, tío… No pensarás. Oye que ha sido la tía esa, que yo cuando lo cogí y lo arrastré hasta el armario ya estaba así. “A lo mojor” es que de tanto dale que te pego, se le ha roto una vena del aparato porque el tío no paraba de quejarse. Vete tú a saber, el caso es que le he tenido que tapar la boca como a un niño.

-Pues yo lo he pasado de puta madre. Mira chaval –Morales se señala la protuberancia de la bragueta-. Tuve que inmovilizar a la princesa y le puse el mondongo encima.

Dentro del bungalow, el Doctor se acerca a Sumaje, le toma el pulso y le dice:

-Majestad que os pasa. Está muy pálido, Señor. ¿Es el corazón?

-Qué corazón ni qué puñetas –le dice Sumaje con un hilo de voz- Se me ha tronchado el fémur o la cadera. Dame morfina o algo. No aguanto, voy a desmayarme.

Rendueles hace presión con los dedos en la cadera y trata de mover la pierna. Sumaje chilla con las pocas fuerzas que le restan. El Doctor se retira unos pasos y se acerca a Ferreira.

-Mi Coronel esto es grave, tiene la cadera hecha trizas. Hay que evacuar ya.

-No me jodas –le dice por lo bajo el Coronel- Pues anda que estamos a tiro de piedra. La culpa es tuya. Te dije que no le dieras la puñetera Viagra.

-Hombre no creo yo que… -le replica el Doctor-

-Pues ya me dirás cómo coño si no se rompe la cadera en la cama –afirma el Coronel en un susurro- Por cierto, dale algo para que le baje eso, que es un espectáculo.

-Coronel, no tengo medicamentos aquí para bajar la erección. Así que ya sabes, o convences a la princesa o tú mismo. Todo sea por la patria, ¿no? Yo me voy a por la morfina. Ahora vuelvo.

Al salir el Doctor se oyen unos jadeos debajo de la cama. El Coronel se agacha y ve a la princesa en posición fetal y con los ojos cerrados Le quita con precaución el pañuelo de la boca, exigiéndole silencio. La Princess respeta el silencio, le mira con el gesto adusto y le da una bofetada.

-Esto pog su policía que se me ha puesto encima como si yo fuega… Y vístase Cogonel, da usted asco. ¿Qué van hacer con Sumaje?

-El Doctor le va a dar morfina y vamos a evacuar. –El Coronel toma del brazo a La Princess y da uno pasos hacia atrás para que Sumaje no les oiga-. Se le ha roto la cadera. Por cierto Madame, se habrá usted fijado en la situación. Me preguntaba si usted podía aliviar…, quiero decir… el Doctor dice que no tiene medicinas para eso… y, bueno, tiene que ser molesto… Ahora un viaje en jeep de dos horas o tres hasta el aeropuerto, luego otras ocho hasta la capital…

-Me está usted pidiendo Cogonel que haga… Pog quién me ha tomado… Pog dios, yo soy una Princess.

-Princess, por favor. Es por el enfermo. Eso es muy doloroso, se lo digo por experiencia. Por otra parte permítame que le diga, Madame, que para retozar un rato no es necesario ir por ahí tronchando caderas.

-Una es muy fogosa, se dice así ¿no?–alegó La Princess con un deje de malicia-

-No hace falta que lo jure Princess –siguió Ferreira en un tono de bisbiseo- Piense por un momento que tenemos más de cinco millones de parados, a los que hay que decirle que estaba cazando elefantes a veinte mil euros por trompa. Sus súbditos pensarán, no sin cierta razón, que le importan un huevo. Para más Inri, su nieto acaba de dispararse un tiro en un pié. Que lo del tiro en el pié ya es premonitorio, ¡joder! Por si fueran pocas desgracias, el marido de su hija está en un tris de pasar una temporada sin poder broncearse. Compréndalo, Princess, no paseamos por ahí, primero en un jeep y luego en avión, empalmao, para que cualquiera le haga una foto con su móvil. Sólo faltaba que sus súbditos sepan que no sólo se tiraba piezas de cinco toneladas, sino muñecas de cuarenta y cinco kilos. Por favor, Princess.

-Íberos. Qué exagerados. Su pueblo no entendegá lo de la caza mayog, pero Cogonel, si les cuentan lo de la caza menog, le aplaudigán y ggitagán: ¡Togego!, ¡togego!

En ese momento entró el médico con la inyección de morfina.

-Espera Rendueles, dejémosles solos un ratito. Tú llama a la capital y pon en marcha lo del quirófano. Yo llamo a Palacio para la evacuación. Y de paso nos vestimos.

Antes de salir el Coronel le dio las gracias a La Princess, ésta le devolvió una sonrisa.

 J. Carlos

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