Números primos

Desde la barra del bar de la estación de ferrocarril, le he tomado varias fotos al viejecito enjuto que está sentado junto a la ventana, sin que lo advierta. Lleva un traje gris con chaleco que su cuerpo no acaba de llenar. No ha parado de escribir con una pluma Mont Blanc de color granate desde que se apeó de un tren procedente de Madrid. Permanece absorto, siguiendo con los ojos la grafía sobre un cuaderno de los de alambre en espiral. La cabeza levemente ladeada a la izquierda refleja la luz fluorescente sobre su calvicie y le da un aspecto apergaminado. Sólo ha levantado la vista para pedir un café y un coñac con un timbre de voz muy agudo pero firme. De vez en cuando saca un sobre del bolsillo interior de la chaqueta, arranca las páginas escritas en el cuaderno, las pliega cuidadosamente y las introduce en el sobre; luego, pasa la lengua por la solapa y la cierra presionando con el dedo índice.

En el periódico me han pedido que haga un reportaje fotográfico de esta vieja estación de provincias. Es para acompañar un artículo que aparecerá en un próximo cuadernillo semanal. Hay un reguero de nubes que tapan al sol y he decidido hacer tiempo tomando unas cañas. Eperaré a que caiga la tarde y si despeja, tendré la luz del crepúsculo que le dará a este conjunto una pátina de color cobrizo. El viejo es el único personaje que hace juego con esta estación y su arquitectura modernista. Me he quedado absorto estudiando sus ademanes de otra época.

-El tren Talgo con destino Gijón se encuentra estacionado en vía cuatro. Efectuará su salida a las cinco y treinta minutos.

El viejecito lleva la mano al bolsillo del chaleco y mira su reloj con leontina, se levanta con parsimonia, cierra el cuaderno, lo mete en su bolsa de mano y, cogiendo los sobres con su mano izquierda, se dirige a los andenes. Hace rodar una maleta y carga, en bandolera, con la bolsa de mano de piel marrón. Dejo el precio exacto sobre el mostrador, nunca dejo propinas, y me encamino hacia la puerta que comunica con los andenes. Le pierdo de vista, miro en ambos sentidos y, al fin, le veo echar las cartas en el buzón de la estafeta de correos; después cruza las vías y sube trabajosamente a un vagón del tren estacionado en la vía cuatro. Todavía puedo verlo de forma intermitentemente, tras las ventanas del vagón, recorriendo el pasillo. Ahora consulta su billete para ver si coincide con el número de asiento y se dispone a colocar sus bultos, no sin antes hacerse a un lado con una sonrisa para cederle el paso a una señora. Me quedo quieto, de pie, y cuando el tren se pone en marcha, saco un pañuelo blanco, como en los viejos tiempos. Lo agito ligeramente en el aire hasta que el tren se desdibuja entre los jirones de niebla que ascienden desde el río.

Vuelvo sobre mis pasos con la sensación de haber dicho adiós para siempre a un familiar cercano. Por asociación de ideas se me avivan los recuerdos de pérdidas que permanecen como cicatrices. Afortunadamente se enciende la luz de la oficina de correos y ese solo acto espanta la melancolía que, seguramente, pretendía pasar la tarde conmigo. Una idea va tomando cuerpo en mi mente, una idea obsesiva que desaloja cualquier recuerdo: “Tienes que leer esas cartas”. Me encamino en aquella dirección con la ansiedad del que va a cometer un delito. Apenas me separan doscientos pasos y tengo que urdir un plan. Todos los que se me ocurren son demasiado complicados. Por suerte, ha resultado baldío porque antes de entrar me cruzo con el empleado que sale dejando la puerta entreabierta. No tengo más que esperar un poco hasta que se pierda de vista, dar un paso y alargar el brazo.

Al regresar al bar tropiezo con el empleado de correos que lleva un vaso de plástico con café en la mano. Le pido perdón. Me siento en la misma mesa que utilizó el viejecito y pido un whisky. Mientras llega la copa me entretengo cazando las moscas que se posan en la mesa, justo en el momento de alzar el vuelo. Se requiere un movimiento rápido del brazo y cerrar el puño en el momento preciso. Después les cojo las alas entre los dedos índice y pulgar de cada mano y se las extirpo de cuajo, en el aire, tirando en sentido contrario. Caen al suelo, caminan desorientadas, a pequeños saltos, como si todavía quisieran alzar el vuelo.

Espero al primer sorbo para extraer las cartas del bolsillo, son seis y todas ellas van dirigidas a directores de periódicos nacionales. Abro una al azar y leo:

“Estimado director:

Le escribe un viejo profesor de Instituto que se ha pasado casi cincuenta años enseñando la ciencia matemática a varias generaciones. Siempre me han fascinado los números, su lenguaje preciso, el único lenguaje común de la humanidad, el que nos da la dimensión de todas  las cosas y en el que se nos desvelan todos los misterios del universo.

Mis vacaciones de verano consistían en viajar a prestigiosas Universidades para cursar con los mejores matemáticos del mundo. Modestia aparte, sepa usted que, hasta el día de hoy mantengo correspondencia con dos premios Nobel. Ya se hará cargo que el sueldo de un humilde profesor de Instituto era muy exiguo para permitirme esos lujos, por lo que tuve que dedicarme a otros menesteres.

Como el lenguaje de las palabras tampoco se me daba mal, un  amigo editor me propuso escribir novelas que serían publicadas con el nombre de otras personas con una vida social más aparente o, utilizando sus propias palabras, “con más tirón comercial”.

En suma que, en todos estos años he escrito por encargo veintidós novelas, de las que casi la mitad han cosechado galardones, algunas han sido premios nacionales y de la crítica. Pero como ya se imaginará, nunca me importó un comino, mi verdadera pasión, el amor de mi vida han sido los números.

Créame que no me interesan ni la fama ni el dinero. Tampoco me seducen los agasajos, ni los reconocimientos. Lo que me ha inducido a dar el paso que más adelante se verá, es la fatuidad de aquellos que son conocidos como escritores sin serlo y cuyo ego crece en la misma proporción en que mengua su inteligencia. Están tan pagados de sí mismos  que cuando les veo en televisión o acudo a alguna presentación de sus libros, que son míos, me dan ataques de hilaridad. Sólo me guía, pues, la perentoria necesidad de desenmascarar a los que se creen dioses del Olimpo literario y no son más que farsantes. De hecho, la única línea que han aportado a sus libros es la que ocupa su firma. Y quiero hacerlo antes de que la enfermedad de Alzheimer que me han diagnosticado me borre las ecuaciones, los números y hasta los recuerdos.

Las veintidós novelas que, como le vengo diciendo, fecundé, llevé en mi cerebro y parí en partos largos y, a veces, dolorosos, llevan mi firma indeleble.

Se lo contaré como quien dicta una receta de cocina: Tómense las novelas más importantes del último medio siglo en este país, numérense sus palabras, correlativamente, de la primera a la última, sin contar los espacios en blanco; cójanse aquellas palabras cuya numeración coincide con números primos y léanse correlativamente. El resultado es un plato un poco amargo, porque en veintidós de ellas encontrarán una breve biografía de un servidor, Ernesto Cepeda Robles, con la reseña de los acontecimientos nacionales que sucedieron durante la elaboración de cada novela.

Como comprobará, pues, mi querido director, mi firma no es una línea al final del libro, es una firma prolongada, una bomba de tiempo que espero estalle en el mismísimo ego de esos fatuos.

Tampoco esta carta es la única, otros directores de medios de prensa como usted están recibiendo en este momento otras tantas réplicas de la misma.

Le saluda afectuosamente.

Ernesto Cepeda Robles”

Las últimas frases se me han mezclado con los gritos que surgen en derredor. Los empleados de la estación corren de aquí para allá y a lo lejos se oye el ulular de sirenas. El camarero me explica que ha descarrilado el tren que iba a Gijón, parece que se ha precipitado por un barranco, puede que haya muertos.

Llamo a la redacción del periódico y me ofrezco a cubrir la noticia. Tengo que hacer tres intentos para meter la llave de contacto del coche en su ranura. Me tiemblan las manos. No puedo dejar de pensar que si el viejecito ha muerto, unos cuantos escritores de renombre y algún editor estarían dispuestos a pagar todos mis vicios y a retirarme de la precariedad laboral. Enfilo la carretera, está casi oscurecido, la niebla se cierra sobre la noche y se pega a la tierra. Sigo las luces rojas de un camión de bomberos que, oportunamente, he dejado pasar apartándome a la cuneta.

La luz que los faros de los coches de policía y de las ambulancias proyectan sobre aquel barranco dibuja la dimensión de la tragedia. Hay vagones volcados con las ruedas hacia arriba, los hay partidos por la mitad, algunos permanecen de pie con los cristales rotos y abolladuras en los costados. Todo está envuelto en una densa humareda de matorral. Cojo la cámara de la guantera y me aventuro por la senda que siguen los médicos y los enfermeros que, aunque pronunciada, es practicable. Huele a fragua, a escoria y a breña quemada. Se oyen gritos apagados de dolor y voces débiles que piden auxilio. Disparo la cámara varias veces, la luz del flash se refleja en la sangre y en los cuerpos rígidos y en los ojos extraviados y en los movimientos lánguidos de las manos de las víctimas. La temperatura debe ser muy baja, pero la adrenalina enmascara la sensación de frío. Cada vez que, a través del visor, veo un herido, señalo la posición a las asistencias para que le presten ayuda.

He visto la cara del viejecito la última vez que apreté el disparador. Está al final de la pendiente, detrás de un bancal, emboscado entre piornos humeantes. Me acerco, tiene grumos de sangre en el pelo, el pecho hundido y le cuesta respirar. Le zarandeo, contesta con un leve gorgoteo de burbujas de sangre que se deshacen en sus labios, apenas un gemido. Subo la pendiente sorteando las jaras. Al primer cadáver que encuentro le quito de encima la pieza de papel de aluminio dorado. Bajo con ella, extrañado de su levedad, hacia donde está el viejecito. Salto el bancal y la extiendo por encima de su cuerpo tapando su cara. Lo hago con la delicadeza con que se tapan los cadáveres. Unos metros más arriba un médico me pregunta si hay heridos aquí abajo, le respondo que aquí no hay nadie.

            J. Carlos

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3 Respuestas a “Números primos

  1. Un placer leer estas historias tan humanas y descriptivas.Bss en el 2013.
    Muchas gracias.

  2. Daniel, es siempre reconfortante leer tus comentarios. Feliz 2013.

  3. Otra historia genial. Enhorabuena y Feliz Año 2013.

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