Navidad 2012

  Navidad

Querido amigo (a):

          No sé si te tengo dicho que los años bisiestos me producen desasosiego. Tal vez porque en un año de trescientos sesenta y seis días murió mi padre. Murió a deshora porque era joven y yo muy pequeño. Pudiera ser que la prevención que guardo a este tipo de años me haga actuar como un mal contable, y que sólo anote las desgracias en el libro diario de los Recuerdos. Quizá. Pero no hace todavía una semana que hube de abrir el libro mayor de las Ausencias y añadir un nuevo nombre. Si quito las telarañas de la memoria, creo que ese desasosiego es todavía más antiguo, de cuando todo era perfecto: Se sucedían los días a las noches, se sucedían las estaciones, la luna crecía y menguaba y todo transcurría con la precisión de un reloj suizo. Un mal día el maestro nos explicó que los años se quedaban cortos y había que añadirles un alza, como a los cojos. Así descubrí que ni el mundo era perfecto, ni los movimientos de los astros eran precisos. Supe que los hombres jugaban al solitario con las cartas del universo y que hacían trampa con los años bisiestos para que todo encajara.

Ha sido un año estrafalario, como si el tiempo hubiera dejado de correr hacia adelante y se hubiera puesto a recular unas cuantas décadas. El que gana un salario se siente un privilegiado y si rebasa los mil euros se considera elegido por los dioses. Quien tiene una hipoteca sueña con que no le desahucien. Hay quien tiene hijos y no duerme porque ignora si podrá pagarles una educación digna. Hay quien no los tiene y se malicia que nunca podrá tenerlos. Se tiene más miedo a no poder enfrentar los gastos de una enfermedad que a la enfermedad misma. Existen familias que viven de la pensión de los abuelos porque no pueden vivir de los padres ni de los hijos… Es como un revival de los sesenta. Pero no te engañes, la causa del sufrimiento de tantos hombres, de tantas mujeres y de tantos niños no es cosa de magia, tampoco es un castigo de los dioses, ni tiene nada que ver con los años bisiestos. El sufrimiento de tantos es directamente proporcional a la codicia de unos pocos.

          Los años estrafalarios como éste tienen su aquél, no creas, cuanto peor nos va a los humanos menos daño causamos a la naturaleza, y ya sabes que el fracaso es la mejor vara de medir los amigos que te quedan. Y si de buscar signos positivos se trata, te participo que han vuelto a retrasar el fin del mundo. Ha sonado la alarma del móvil a las doce y doce, hora de Méjico. Acaba de cruzar el dintel del solsticio el invierno. Ha sido el último día del último baktún del calendario Maya. Silencio, nada cambia, afuera las farolas siguen prendidas proyectando su luz blanca sobre la calzada, forman conos que se estremecen con el viento. Abro la ventana, me llegan conversaciones a ráfagas y risas que atenúa el fragor constante de los coches que cruzan veloces la M-30. Tras los ventanales del edificio de enfrente titilan luces de colores en árboles de plástico. De algunos poyetes han colgado muñecos rojos cargados con sacos, que simulan trepar por la pared subidos a una escalera. La gata que abandonó su madre, recién parida, en el macetero de la terraza y que crió Angélica a base de cuencos de leche, me mira con ojos sosegados desde el jardín, acurrucada bajo el tronco de la Arizónica. Cierro la ventana para espantar el frío, me levanto y camino hasta la biblioteca, en el tercer estante la brújula sigue impasible señalando el mismo norte que ayer. Definitivamente no hubo nada, la vieja esfera de roca y agua sigue rodando como una peonza a través de la noche vacía del universo. Los agoreros ya están buscando otra excusa para timar a los incrédulos.

          Mi deseo: Que no te timen los nigromantes de la economía con garabatos de números, es más simple, la culpa es de quien permite que se cebe a la codicia. Y otro más, que el nuevo ciclo que hoy comienza te ayude a reconciliarte contigo mismo. ¡Ah!, y recuerda el adagio chino: “Cuando caes, vuelves a levantarte con la ayuda del suelo”.

21 de diciembre de 2012

J. Carlos

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