Rugosidades

Va para seis meses que lo despidieron. Trabajaba en un laboratorio estudiando la Física de las partículas. No le dijo nada a Mercedes, coincidió con lo de la muerte de su madre y no quería darle otro disgusto. Se dio un mes de plazo, incluso preparó la escena frente al espejo. No le salía bien y se dio otro mes y luego otro… Sigue levantándose a la siete, desayunan juntos. Ella madruga un poquito más, se tira de la cama a oscuras, sin hacer ruido. En la cocina enciende el aparato de radio y, mientras se hace el café y se tuestan las dos rebanadas de pan, le fríe un filete con patatas y un lomo de merluza y los mete en la fiambrera. Alfonso se entera de las noticias por boca de su mujer, al tiempo que extiende la mantequilla sobre la tostada.

-Mira que sudadera le he comprado a Alfonsito. Ves, tiene tejido el retrato de su cara. Hay una máquina para eso. Le llevas la foto, la escanea y la entreteje. –Comenta Mercedes.

Antes de salir, Mercedes le pone en bandolera el bolso negro con la fruta y la comida, le centra el nudo de la corbata con el índice y el pulgar y le da un beso en el cuello inhalando la fragancia de Paco Rabanne. Sigue viajando en Metro, como cuando tenía trabajo, aunque ahora se baja cinco paradas antes de la Universidad. Entra en la biblioteca pública y solicita un ordenador y conexión a internet. A sus colegas del resto del mundo tampoco les ha dicho nada. Intercambia con ellos correos electrónicos, fórmulas matemáticas y el empeño de explicar cómo se dotan de masa las partículas al atravesar el Campo de Higgs. Mediada la mañana suena el móvil. Es Mercedes. Le cuenta que ha ido a Correos para enviarle la sudadera al niño, que en Dublín hace mucho frío.

-He pasado también por El Corte Inglés y he comprado un marco de plata. En Navidad, cuando vuelva el niño, nos haces una foto juntos, la que tienes en el despacho es de cuando tenía doce años; además, ese marco nunca me gustó.

A eso de las dos de la tarde da un paseo hasta el Retiro, se sienta en un banco frente a la estatua del Ángel caído y, con la fiambrera sobre las piernas, come. En derredor se congregan palomas y jilgueros, saben que no faltarán patatas fritas y migas de pan. La modorra de la digestión y este sol de otoño que termina entibiando el aire le animan a echar una cabezadita. Le despierta el sobresalto de una hoja de plátano que ha venido a posarse en su cabeza. Saca la libreta del bolsillo y anota una idea que se le ha escapado de un sueño. Se levanta a toda prisa, canturrea, recoge los utensilios de la comida y vuelve, a buen paso, a la biblioteca. Le manda un correo a Mr. Evans de la Universidad de Pricenton:

– La fuerza es única, el hecho de que se manifieste de distinta forma se debe a que el Campo de Higss no es uniforme, como la conciencia humana, tiene rugosidades.

Había soñado que su conciencia de niño era una esfera perfecta y transparente, después los miedos, las pasiones, las medias verdades, el dolor… la habían ido arrugando y ahora estaba erizada de crestas y sembrada de valles abisales. Había un Everest que destacaba y crecía desde que decidió engañar cada día a Mercedes y salir de casa como si tuviera trabajo, como si no pasara nada, como si no se fuera a acabar nunca el subsidio del paro.

El sueño era recurrente, le ponía triste. Pero hoy estaba contento, seguramente había tenido la mejor intuición de su vida. Había caído en la cuenta de que la conciencia impregna todos los actos y lo llena todo, al igual que el Campo de Higgs que es, como una sopa ubicua que llena el universo entero. Así que pensó que si el Campo de Higgs tuviese arrugas, como la conciencia, podían explicarse como una sola las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza. Apagó el ordenador, tomó prestada la película Contact basada en la novela de Carl Sagan y se fue a casa caminando, para verla junto a Mercedes por decimocuarta vez. Al pasar por la Avenida  de Felipe II se acercó hasta la esquina con Narváez, donde un corro de gente a la intemperie, miraba expectante cómo una máquina, parecida a una tricotosa, tejía la foto que aparecía en una pantalla de plasma, mientras iba devanando varios ovillos de hilo de seda. Quedaba zurcida con primor sobre jerséis, sudaderas, ponchos y bufandas. Manejaba el aparato una rubia cuarentona que llevaba una máscara veneciana en plata y oro tapándole el rostro. Había quién en vez de una foto propia elegía como motivo la máscara veneciana. Fue después, a la altura de Ventas, que cayó en la cuenta de que esa señora debía tener buen gusto, era el mismo modelo de máscara que él le había regalado a Mercedes cuando fueron al Carnaval de Venecia en la luna de miel.

Tuvo que entrar en casa abriendo con su propia llave. Siempre le abría Mercedes, tal vez estaría haciendo la compra. Sonó el teléfono.

-Papá qué haces en casa tan pronto. No estarás enfermo.

-No hijo. Me he tomado la tarde libre ¿Qué tal por Dublín?

-Muy bien, papá. Esto de las becas Erasmus está muy bien. ¿Cómo van tus quarks y tus leptones?

-Bien, precisamente hoy he tenido una intuición y le he escrito a Mr…

-Papá que se va a cortar. Dile a mamá que llegó el giro, que se ha pasado. ¡Ah! y que no trabaje tanto. Se corta. Besos.

Nada más colgar tuvo otra intuición. Cogió la banqueta de la cocina y se fue al dormitorio. Encima del armario de nogal de tres cuerpos que le regalaron sus suegros cuando se casaron, había una caja de cartón floreada donde Mercedes guardaba la máscara veneciana. Abrió la tapa. Estaba vacía.

Se metió en la cocina. El libro de Simone Ortega estaba a la vista. El delantal también, aunque se lo colocó al revés, con los bolsillos hacia dentro. La cazuela de barro la encontró en seguida, pero para dar con la sal gorda tuvo que registrar los estantes de dos armarios. Pelando los aguacates se hizo un pequeño corte en el pulgar. Mientras se echaba Betadine y enrollaba el dedo con papel absorbente se percató de que la pulpa se estaba oxidando, la troceó con rapidez y la envolvió en papel de aluminio. Sacar la fuente del horno le costó la quemazón en las yemas de todos los dedos de la mano. Cinco minutos bajo el agua del grifo y otros diez buscando las manoplas. El fregadero, inexplicablemente, quedó atestado de platos, fuentes, vasos y otros utensilios de cocina.

Diez minutos antes de las ocho de la noche llegó Mercedes. Alfonso salió a recibirla al oír la llave en la cerradura. Mercedes se asustó al verle, se llevó la mano al corazón, como si se le hubiera volteado.

-¿Qué haces en casa? ¿Estáis en huelga? Es la segunda vez en veinte años que vuelves antes de las ocho y cuarto. ¿Cómo es que te has puesto el delantal?, si tú nunca has lavado ni un plato.

Él se limitó a sonreír mientras le ayudaba a quitarse el abrigo. Lo colgó de la percha y la hizo pasar al comedor. Una vela encendida se reflejaba en la botella de vino de la bodega Protos. Sirvió y brindaron de pie. Le retiró la silla para que se sentara.

Alfonso trajo la fuente de ensalada de aguacates y gambas en una mano y en la otra, que había cubierto con  una manopla, la cazuela de barro con una dorada a la sal. Se sentaron.

-Tengo que pedirte –Empezó titubeante Alfonso.

-No hace falta que me digas nada –Replicó Mercedes.

-Sí, Mercedes, es preciso que te pida que me dejes ir contigo mañana a tejer los rostros de la gente. Tengo que planchar la conciencia que se me ha ido poblando de arrugas, como el Campo de Higgs.

-¿Cómo qué? –Pregunta Mercedes con una sonrisa abierta.

-Nada –responde Alfonso- ¿Dónde guardas mi canoutier de gondolero y mi camisa de rayas? Será como volver a Venecia. Ah y voy a preparar más motivos para zurcir: Einstein sacando la lengua, la representación de un átomo con su nube de electrones, la galaxia Andrómeda que es preciosa…

J. Carlos    

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s