Es la empatía, estúpidos

                                                                                                         Es la empatía, estúpidos

Empatía: “Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro” (DRAE)

            En castellano es raro que una palabra tenga una sola acepción. Sin embargo, es una palabra crucial, porque define la facultad que, seguramente, ha permitido que la especie humana progrese, se organice y se haya colocado en el primer peldaño de la evolución de la vida, al menos, en este planeta. Estamos solos con nosotros mismos, intentando aprehender el mundo que nos rodea, y sólo podemos comunicarnos con herramientas equívocas como la lengua, los gestos, la escritura y el arte. Sí, he escrito arte, porque estoy persuadido de que es uno de los lenguajes humanos que con mayor eficacia consigue sintonizar nuestros estados de ánimo con el del autor o con el de sus personajes. No  habría comunicación posible si no tuviéramos la facultad de identificarnos mental y afectivamente con el estado de ánimo del otro y, sin comunicación no habría organización social ni progreso; de hecho los psicópatas, como ya te dejé escrito en esta misma bitácora (Veáse Psicopatías), carecen de empatía por más que sean seductores y nos halaguen y nos engañen.

Las diferencias sociales y culturales producen graves interferencias en esa facultad, al igual que las tormentas solares interfieren las ondas electromagnéticas de nuestros satélites. Es muy posible que enfatices más con María, la protagonista de la película “Lo imposible” que encarna la actriz Naomi Watts, que con el mendigo que te encuentras durmiendo cada noche, tapado con cartones, debajo del cajero de la sucursal del banco de la esquina. ¿Sabes por qué? Tu cerebro es optimista y siempre apostará que puede ocurrirte lo primero pero nunca lo segundo, así que se identifica con lo más probable y aplicará la máxima de que, la caridad empieza por uno mismo. O, si quieres, te emocionará más un desahucio retransmitido en televisión con su ración de vergajazos propinados por la policía, que un niño rumano que te extiende la mano en la terraza en que tomas tu café, con los mocos sorbidos y los ojos negros clavados en la indiferencia de tus pupilas. Sí, porque ya no eres un niño, ni eres rumano; pero cada vez notas más cercano el aliento de la crisis en tu cogote.

Créeme, quien viste un traje de Prada o Versace, quien lleva una corbata Hermes o Gucci, quien calza unos Timberland o Façonable, quien luce en su muñeca un Omega o un Rolex¸ quien se traslada en un coche oficial o de empresa, aquel cuyas suelas de cuero sólo pisan moqueta…, sólo será capaz de empatizar con políticos, banqueros y ricos por su casa. Las interferencias que recibe su cerebro apalancado en la burbuja del bien vivir, le incapacitan para empatizar no sólo con la caterva de desahuciados o con la torrentera de desempleados, ni siquiera se identificará con el estado de ánimo de la empobrecida clase media. No te engañes, desde sus despachos de maderas nobles, los números, las estadísticas y los informes le resultan abstractos, fríos y lejanos, al igual que a ti cuando viajas como turista a un país pobre y ves, al otro lado del cristal del autobús o del taxi que te lleva a tu hotel de cinco estrellas arrimado a una playa privada, que la miseria tiene los pies desnudos y embadurna de mugre y de pupas  la piel. No es broma, a veces, la interferencia es de tal magnitud que puede derivar en psicopatía social o patocracia como la denomina Lobaczewski.

Créeme, si se les hiciera un escáner a los economistas del FMI, a los miembros de la Troika, a nuestro Presidente y a sus Ministros…, cuando están transmitiendo por televisión las manifestaciones de los ciudadanos en Grecia, Portugal, España…; estoy seguro que reflejarían una cuasi desconexión entre sus sistemas límbicos y sus lóbulos prefrontales. Vamos, que estarían casi psicopatizados socialmente.

Sabes bien que no soy médico, por consiguiente, no puedo extender recetas farmacológicas, afortunadamente, porque si no tendrías que duopagarlas y, si vivieras en Cataluña o Madrid, tripagarlas. La receta que te regalo no requiere el título de galeno, basta aplicar el sentido común. Toma nota.

Tómese a los funcionarios del FMI, de la Troika, de la UE, a los miembros de la Comisión Europea y a sus Comisarios, a los Presidentes y a los miembros de los Gobiernos Estatal y Autonómicos, Parlamentarios, Alcaldes, Diputados Provinciales, Concejales y demás cargos públicos. Quítenles sus atuendos. Vístanles de clase media. Métanles con su familia en un piso de barrio obrero de cuarenta metros cuadrados. Manden a sus hijos al instituto público más cercano. Pónganles a currar en un taller mecánico, o en un restaurante, o de cajeros o reponedores en grandes superficies… Páguenles mil euros al mes. Por último, sométanles a un ERE. Transcurridos dos meses, llévenles a presenciar en directo un desahucio. Si en su escáner se visualiza actividad eléctrica entre sus sistemas límbicos y sus lóbulos prefrontales, devuélvanse a sus cargos habituales. En caso contrario aléjenlos de la cosa pública porque su psicopatía es genética y no sobrevenida por interferencias de clase.

            Ya lo dijo en sus Humoradas Don Ramón de Campoamor: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”. Si lo sabría Don Ramón que, además de poeta, fue político y Diputado.

J. Carlos

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