Gusanos

Lo del bulto del pecho me lo he callado. Armando no le daría importancia, si acaso una sonrisa de no es para tanto y un no te preocupes porque mi hermano el médico dice… y las posibilidades de que sea maligno son mínimas… y si lo fuera, hoy día la cirugía… dos incisiones… y  ni rastro. Pero Luís es distinto,  hace de cualquier cosa un dramón, así que, sería contárselo y verme bajo tierra criando malvas y sus niñas, nuestras hijas, desamparadas, y la lavadora cómo funciona y Elba sabe cómo se lleva la casa, y qué comen las niñas, y las reuniones del colegio, y dónde dices que está la academia de ballet…; déjalo todo apuntado, cariño.

Luís le puso nombre a mis pechos cuando éramos novios. A uno, lo llamó Veleta porque se le escapaba de la mano, y al derecho le puso el nombre de Teide, decía que se ponía tenso y duro como si fuera a entrar en erupción. Con los años se le olvidaron los nombres y las caricias y los lametones. Los viernes por la noche, tras una copa de Calvados, cumple la obligación con la misma diligencia que si se tratara de pegar una póliza y echar una instancia. Sólo al final, en un anticipo de su éxtasis o, como un simple reflejo de Pavlov, toma al Veleta y al Teide con sus manos y los amasa y los engarfia con sus dedos y me hace daño.

Armando es buen amante. En el trabajo reparte órdenes y dicta demandas, contestaciones y diligencias para mejor proveer con la fuerza y la velocidad de un ciclón. Pero los jueves, en los butacones de su despacho, en la cama del hotel o en los asientos de cuero del coche, despliega una liturgia sosegada, arrima con precisión su boca y su nariz a todos los rincones de mi piel, se demora en cada uno de los pechos, los escala con la lengua con parsimonia deliberada. Sólo cuando llega a la cima del pezón lo lame, lo muerde y lo chupa con la fruición de un bebé hambriento.

Ni Armando ni Luís saben que, en la última radiografía el doctor detectó una sombra sospechosa en el pecho izquierdo, el Veleta. Conviene que pidas hora al especialista. Y te lo ponen sobre una bandeja fría, apaisado, como si pesaran un hígado de vaca en la balanza de una casquería. Tres cuartos, ¿se lo hago filetes para empanar o se lo corto en juliana para encebollar?

El sobre blanco que contiene la mamografía y el informe te lo dan cerrado, pero tú lo abres al entrar en el ascensor. Afortunadamente estás sola. Las líneas bailan y tus ojos tardan en enfocar la frase destacada en negrita: Posible fibroadenoma. La palabreja te da una patada en el estómago porque la sabiduría popular te ha dicho que todo lo que termina en noma es malo. Te doblas, es un dolor agudo como si hubieras comido una docena de clavos y estuvieran haciendo un centrifugado en tus entrañas. Buscas el botón de parada, le das un manotazo y te quedas acuclillada en una esquina, a la espera de que los clavos se asienten en el estómago.

Ha habido suerte dice el doctor Montero, calándose las gafas y mirando al trasluz la mamografía. Benigno. Se me aflojaron tanto los músculos que, poco después, cuando me palpó la areola con todos los dedos como si tocara una bocina, me entró la risa floja y se me escaparon unas gotas de orín. Mira, trae la mano, palpa, ¿lo notas?, es redondo y se mueve. No hay duda, es benigno. Por cuestiones de protocolo hemos de hacerte una punción para biopsar el tejido.

Ni Armando con la lengua los jueves, ni Luís con la mano los viernes, han descubierto la incisión. Tampoco la han visto y eso que no la he disimulado con afeites. Son torpes. Por las mañanas, frente al espejo, deslizo mis dedos sobre los puntitos rojos y luego me masajeo siguiendo las instrucciones del doctor. El bulto redondo se mueve y se escapa como un pez, pero no puedo dejar de pensar que por dentro se me están pudriendo. La culpa es de un sueño recurrente que tengo desde aquel día: Los gusanos taladran túneles dentro de mis pechos y sacan su cabecita por esos puntitos rojos para respirar. Son grisáceos, dan asco. Pinzo su cabecita con los dedos, los extraigo y los tiro por el desagüe.

Siempre quedamos en el mismo restaurante, venimos cada uno por su lado. Armando deja en blanco su agenda los jueves por la tarde; a veces, como hoy, sólo puede dejar en blanco hora y media para comer. He llegado con retraso, me han tenido más de un cuarto de hora bloqueada en la calle Jorge Juan. Había una manifestación contra un desahucio. Unas veinte personas formaban un cordón frente al portal, forcejeaban contra una decena de policías que terminaron abriendo un pasillo para dejar el paso franco al agente judicial. Al poco salió una pareja. Él con traje y corbata, portaba una maleta en cada mano. Ella, con una falda hasta media pierna y una chaqueta de paño, tiraba de la mano de un niño de unos seis años que, a su vez, en retahíla, le daba la mano a otro, más pequeño. Los niños vestían un trajecito azul con pantalón corto, de colegial. Los congregados prorrumpieron en un aplauso. Los periodistas acercaron los micrófonos a los padres, a la altura de la boca. Estos respondían con la desgana de la derrota. A partir de ese momento el tráfico empezó a fluir. El taxista aparcó los monosílabos: Muy mal debe estar la cosa si los desahucios ya llegan hasta el barrio de Salamanca. Armando ya esperaba en el restaurante, dejó la carta a un lado al verme llegar, se levantó y, después de besarme, me entregó un ramo de orquídeas. Ya le dije el día que me preguntó si estaba enamorada de él: Me enamoré de tus gestos. Chocamos las copas. Por nosotros. Se inclinó hacia mí y me dijo al oído que el vino bebido en vidrio era desolador, me gusta beberlo en tu boca. Antes de que sirvieran los platos, se recreó recordando la bodega que alquiló un jueves, a finales de septiembre. Subimos al lagar descalzos dispuestos a pisar la uva. Terminamos desnudos, con la piel granate, pegajosa de mosto y quitándonos los hollejos con los labios. La lubina a la sal para el señor, la merluza en salsa verde para la señora, la ensalada de arándanos y nueces en medio. A medida que va llenando el estómago, Armando se sosiega, las pupilas del color de las hojas en otoño recién llovidas, se le dilatan con el vino y la conversación va derivando. Al mayor ya lo he apuntado a piano, los dos pequeños andan con gripe, siempre la cogen a dúo. Las tuyas ¿sigue, sacando sobres en matemáticas? Son tan parecidas que no sé como las distingues. Mi mujer las adora. Bueno, también te adora a ti, dice que eres la madre más sensata y con más sentido común del colegio. Yo te pongo algún defecto, sólo por disimular. Ah sí, ¿cuál? Enrojece y se atusa el caracolillo que le cae a la derecha de la frente. Bueno, le digo…, eso…, pues que si fueras tan lista y sensata no te habrías casado con el simple de Luís. Comiendo el tiramisú suenan dos pitidos en el bolsillo delantero de su chaqueta, extrae el teléfono, desliza el dedo índice por la pantalla, lee. La sien derecha empieza a palpitarle como si tuviera dentro un gusano que intentara trepanarle el cerebro. ¡Joder!, exclama. Los comensales de alrededor apagan sus conversaciones y aguzan el oído. Baja el tono de voz, en confidencia: Que van a modificar la Ley hipotecaria para frenar los desahucios. ¡Qué putada! ¿Sabes cuánto he facturado al banco en el último año? Casi dos kilos. Todo son desahucios. No hay otra cosa. Trabajamos como burros ¡eh!, que tú lo sabes. No hacemos menos de veinte al mes. Y es duro de cojones, que tienes que lidiar con cada papeleta. Esto políticos de mierda no se dan cuenta de que si ponen palos en la rueda nos vamos todos al carajo. ¡Joder! También yo tengo que pagar la hipoteca de La Moraleja y la del dúplex de Marbella. A la salida, el gusano de la sien se ha calmado, tal vez, ya he encontrado el camino y le está haciendo túneles en el cerebro.  Abre galante la puerta del taxi, se queda esperando hasta que arranca, me lanza un beso volando y echa a andar hasta la esquina de Goya con Serrano donde le espera su chófer.

A la altura de Diego de León el semáforo está rojo. Miro a la izquierda. Una pareja de viejos está dando vueltas por el rellano de una sucursal bancaria, caminan desde el cajero automático hasta la pared de enfrente, forrada de carteles que anuncian préstamos fáciles y depósitos al mejor interés. Están embutidos en sendos cartones, a modo de casullas, que cuelgan del pecho y de la espalda. Se puede leer: Por avalar a nuestro hijo nos habéis robado la casa. ¿Cómo podéis dormir?

Bajo del taxi, el portero del inmueble está ayudando al mayor de los Vendrel a cargar la furgoneta. Lleva alimentos no perecederos, distribuidos en bolsas para los comedores de Cáritas. Me saluda azorado, cuando me dé la vuelta para subir los ocho peldaños de la entrada sé que pondrá sus ojos saltones en mi culo. Lleva siete años estudiando arquitectura y, aunque tiene sobresaltado al vecindario del inmueble porque asiste a todas las manifestaciones contra los recortes, nadie le niega unos kilos de legumbres, pasta, o unas latas de sardinas. Es buen chico –dicen- y sus padres no pueden ser más católicos, ni más de derechas  y, al fin y al cabo, la labor que hace para Cáritas es encomiable. Llama a la puerta de cada vecino una vez por semana. Siempre que llama a la mía, coincide con la ausencia de Elba que ya se ha ido a la compra. Lo hago pasar hasta la cocina, entro en la despensa y voy cargando en mi regazo, contra mis pechos, paquetes de arroz, pasta, sal, harina. Juanito ha de coger uno a uno y colocarlos en una bolsa de hule verde. Disfruto de su arrobamiento y del cuidado que pone en no rozar con los dedos ni la tela de mi camisa. A veces, en la despensa me desabrocho un botón más y al coger el último paquete lo descubre y hasta le tiembla el pulso; en ese instante sus ojos saltones parecen a punto de desbordar sus órbitas.

Luís llega tarde a la hora de la cena, como de costumbre. Las niñas ya están acostadas. El único día que llega antes de horas son los viernes. Bien sabe que si no llega a tiempo lo único que puede hacer después de cenar es irse a dormir. Elba nos sirve las acelgas y el pescado hervido con un espolvoreado de eneldo, una pizca de pimentón y un chorrito de aceite de oliva. Tienes los ojos muy rojos. Es el ordenador y la sequedad del ambiente de la oficina. ¿Las niñas? Laura ha venido un poco griposa. Sofía traía el vestido pringado de macarrones con tomate. Silencio largo, miradas caídas en los platos. ¿Las cosas en la empresa? Como siempre, líos. ¿Qué clase de líos?, nunca me cuentas nada. ¿Qué quieres que te cuente? ¿Queda iboprofeno en el botiquín?, me está matando esta espalda. Ya sabes que mi trabajo es muy anodino, buscar pérdidas de agua. Cariño, ¿Por qué no me acercas un colirio?, está en el segundo estante del armario del baño. A condición de que me cuentes algo interesante. Bueno, te puedo contar algo que sucedió la semana pasada. Tuve que dar orden de cortar el agua a una urbanización, es de esas que está casi terminada pero la constructora quebró. Los informes decían que había un gasto inusual de agua en ese sector, estuvimos casi un mes buscando fugas. Resulta que son ocupas, familias que no pagan sus hipotecas y los han echado de sus casas. Pegan una patada a la puerta y se meten en las nuevas que, encima son de lujo. Nos estaban robando el agua. Al echarle las gotas de colirio los capilares rotos de la esclerótica parece que se estremecen, pequeños gusanos rojos que reptan, seguramente buscando el nervio óptico, el camino más directo hasta el cerebro.

En la cama volvió el sueño. Esta vez los gusanos dormían dentro de las sucursales de los bancos. Por la mañana los empleados abrían las puertas y los gusanos salían. Se iban por las calles reptando, se metían en los portales y entraban en los pisos de los que no podían pagar sus hipotecas. Se tragaban a los hipotecados. Al atardecer volvían más gordos, más torpes. El director de la sucursal y los empleados les ayudaban a meter sus cuerpos grasientos de nuevo en la oficina. Me desperté sobresaltada. Luís abrió los ojos, sus escleróticas estaban llenas de charquitos de sangre. ¿Qué te pasa cariño? Nada, mi amor, me habrá sentado mal algo que comí. Perdona si te he despertado. Ya no pegué ojo. Me dio por imaginar que, Armando y Luís incubaba esos gusanos y, éstos, perforaban túneles en sus cerebros para alimentarse de sus ideas, sólo que a uno le nacían en la sien y al otro en los ojos. Me levanté y fui al cuarto de baño. Abrí la bata de muaré y dejé mis pechos al descubierto. No quedaba ni rastro de la incisión. Palpé el bulto que se escapaba de entre los dedos. Pensé en Juanito. Imaginé que sus ojos saltones estaban tras de mí, extasiados, clavados en el espejo. Se endurecieron los pezones, cuando los ensalivaba para aliviar el ardor entró Luís. Buenos días, cariño. Buenos días cielo, ¿qué tal los ojos? Mejor.

A primera hora de la mañana bajé a casa de los Vendrel y le dije a Juanito que quería apuntarme los jueves para colaborar sirviendo comida en los comedores de Cáritas. Me acompañó para hacer los trámites, después tomamos unas cervezas. Tiene los ojos limpios. Fui dos veces al baño y, cada vez, me desabroché un botón de la camisa como cuando me meto en la despensa. Al salir del bar me anudé de su brazo, se lo pegué a Veleta. Me hubiese gustado que sus manos largas y finas buscaran el pez que nada por dentro. Se puso rojo pero su sien no palpitó. Oye, Juanito, y los viernes por la noche Cáritas no realiza alguna actividad. Sí, lleva café caliente a los mendigos y a las prostitutas. Y qué hay que hacer para apuntarse. Volver a las oficinas de Cáritas. Estupendo, pues mañana vamos; bueno, si estás libre y si quieres.

Vibró el móvil en mi bolso, le había quitado el sonido. Había llamadas perdidas de Luís y de Armando. Se iluminó la agenda: Recoger el informe de la biopsia, de nueve a doce. ¿Se te ha olvidado algo? Tenía que haber ido a recoger un informe, ya es tarde. Iré mañana. Mañana vamos a Cáritas ¿no? Claro Juanito, pues ya recogeré el informe el lunes, si tengo tiempo.

J. Carlos

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Una respuesta a “Gusanos

  1. Me ha encantado tu cuento de nuevo, están muy bien mezcladas las historias. Felicidades.

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