En los tiempos del Tenorio

En aquel entonces el pavimento de la carretera era un conglomerado de guijo y tierra que una apisonadora, con unas ruedas de hierro más altas que un chico y más largas que un hombre, había compactado del mismo modo que un cocinero espesa y extiende la harina con un rodillo. Todavía existía el empleo de peón caminero, cuyo cometido era rellenar con una pala y compactar con pico y la fuerza de sus propios pies los baches que la lluvia, el hielo, los cascos de las caballerías y los aros de hierro de las ruedas de los carros infligían a la calzada. Las aceras estaban empedradas con cantos rodados que los albañiles, de rodillas, habían clavado al suelo con el mejor empeño pero con irregular resultado. Cuando la niebla o la lluvia las empapaban adquirían una tonalidad ambarina, reluciente, aunque andar sobre ellas constituía una osadía que sólo los niños practicábamos con destreza y una desenvoltura rayana en la temeridad. Más de uno se abrió la cabeza. Las calles en la época de lluvia lucían embarradas con cauces de agua sin más salida que la evaporación o el desemboque en dos raquíticas lagunas. El agua permanecía retenida por quincenas enteras, en los años húmedos por mensualidades. Para sortear las calles inundadas se habían construido unos puentes estrechos y con muchos ojos, que no alzaban mucho más allá que un niño de teta. Todos estaban alineados en la dirección de la Iglesia, seguramente para que las señoras pudieran oír misa con sus zapatos de tacón impolutos. A veces el caudal anegaba los puentes y quedaban sumergidos, entonces, los mozos, calzados con botas katiuskas, se echaban a la espalda a las mujeres casadas como si fueran costales de trigo, o las cruzaban en volandas si eran mozas, para depositarlas en seco en la otra orilla. En el invierno el barro helado, duro como una losa, pavimentaba las calles y los charcos espejeaban en un puro carámbano, así que los puentes estaban de más.

Ya había luz en el pueblo, la traían en unos cables sujetos a jícaras de porcelana blanca que colgaban en lo alto de los postes, seguramente chopos. Flanqueaban en ristra la carretera y se ceñían a sus curvas como se ciñe la ropa al cuerpo de una mujer voluptuosa. Los niños nos divertíamos haciendo puntería con el tirachinas o, en su defecto, usando el brazo y la mano como cuando jugábamos a cantearnos –en la cantea estaban prohibidos los medios mecánicos porque los daños eran más severos-. Ganaba el que conseguía atinar y partir más jícaras. Tenían ese nombre vibrante, como todos las palabras esdrújulas, porque vistos desde abajo parecían pocillos pequeños de los de tomar chocolate a la taza. En invierno las tres catenarias grises se cubrían de un cilindro de escarcha y, si les daba el sol, reflejaban irisaciones. El resto del año servían como posaderas a golondrinas y pardales. Creo que fue por Navidad cuando los mozos llevaron hasta la plaza del pueblo un águila real con las alas desplegadas. La portaban entre varios y su envergadura rondaría los dos metros. Había muerto electrocutada al chocar contra los cables de la luz. La recuerdo todavía tirada en el suelo a un lado de la fuente, sobre la hierba escarchada, rozando con un ala el brocal del pozo. A su reclamo se reunió un montón de ojos dispuestos en corro. Los gestos asombrados, las palabras quedas, había una atmósfera de respeto que rompíamos los niños porque para nosotros, superada la primera impresión, lo que se salía de la rutina era una fiesta.

Eran los finales de los cincuenta o, quizá ya habían entrado los sesenta. Como bien sabes, la memoria es quebradiza y mentirosa. Habían llegado los tractores al pueblo. Eran dos, tres a lo sumo. Su estruendo espantaba a las caballerías, también a las gentes. El galope torpe y monótono de sus motores tardó en hacerse cotidiano. Lanzaban al aire un humo denso de un gris crudo casi negro, que dejaba en las calles un tufo oleoso y acre como de alquitrán. El tractor Lanz de Sabinito se arrancaba a mano, volteando a dos brazos la rueda azul del motor. Nunca arrancaba a la primera, solía agotar previamente a uno o dos mozos. Tosía dos o tres veces con tufaradas de humo antes de tronar con regularidad. Su ruido empujaba el aire, chocaba contra las paredes y tu pecho vibraba al mismo compás.

Don Ángel, el señor cura, fue el primero en comprar un aparato de  radio. Lo tenía en el salón de estar que daba a la calle. Cuando tenía los postigos de la ventana abiertos podías oír “El parte” al pasar. También compró un tocadiscos y, los domingos, se lo prestaba a Bernardo, el del baile, para que no tuviera que estar soplando todo el rato la dulzaina. El señor Herminio también había tenido su salón de baile a medio camino entre las dos escuelas, pero fue de los primeros que se apuntó a la diáspora de la emigración. El salón de Bernardo estaba en una panera de la plaza. Entrando, a la izquierda, había un ambigú donde se servían vinos recios, refrescos, copas de brandy y de anís y alguna que otra cerveza, pocas porque los paladares no se habían hecho todavía al amargor del lúpulo. En primavera cocinaba ancas de rana que habían crecido en las lagunas o en las pozas de al lado de la carretera. De las paredes colgaban botes de carburos para prenderlos si se iba la luz. Era harto frecuente, sobre todo en verano, que cortaran el suministro eléctrico, bastaba una nube negra de tormenta o un relámpago lejano para dejarnos a oscuras porque los rayos quemaban los transformadores y no había dinero para reponerlos. Bernardo era un virtuoso con las manos. Ideó un sistema con un pedal y una serie de varillas y flejes para percutir las baquetas en la piel del tambor. De forma que, con los pies podía tocar el bombo, chocar los platillos y, a la vez, tamborilear. Con las manos y los dedos libres tecleaba las llaves de la dulzaina. Las viejas y las mujeres casadas acudían al baile de los domingos con su silla de esparto desde casa y se sentaban en derredor, con el espaldar pegado a la pared. Acudían, no sólo con el fin de ver el espectáculo, sino, principalmente, con el ánimo de criticar a las que se arrimaran demasiado y para hacer cábalas sobre quiénes se ennoviarían; en las apuestas primaba más el capital en fanegas de tierra que otras consideraciones menos prosaicas. Un domingo, cuando las parejas dejaron franca la pista de baile al acabar la pieza de Paquito Jerez, En un bote de vela, apareció una gasa ensangrentada de las que usaban las mujeres. Ninguna de las mozas presentes dijo esta gasa es mía.

Poco a poco, empezando por los más ricos, la radio fue llenando de música las casas y se apoderó de la memoria y de la imaginación de las gentes. El aparato tardaba un rato en encenderse. El dial se deslizaba sobre una franja de cristal con iluminación interior en el que se leían los nombres de las principales ciudades del mundo. Con el tiempo, al pasar junto a los portales ya sabías qué emisora sintonizaba cada quién y qué música gustaba en cada casa. Se competía por ver qué labor de ganchillo de las que colgaban de la repisa donde se asentaba la radio era la más primorosa o, quién tenía el receptor más grande, o el que sintonizaba más emisoras, o quién había adquirido la marca que más se anunciaba entre programa y programa.

La televisión llegó más tarde. El primer aparato aparcó también en casa del señor cura. Vinieron de la capital con una antena que plantaron en el tejado sujeta con varios vientos, parecía un hongo gigantesco con una cabeza en forma de parrilla. Les llevó dos días. Después tiraron un cable ancho y delgado desde aquel artilugio de metal. Lo prendieron de la fachada desde el alero a la puerta, practicaron un agujero hasta el interior de la casa y lo graparon al ángulo que forma la pared con el techo hasta la sala de estar. Allí reinó, destronando a la radio, aquella nueva ventana al mundo. Consistía en una caja de madera con un frontal de vidrio abombado del color de la ceniza; al lado derecho, dos ruedecillas y una fila de botones dorados; por detrás, una tapa negra de cartón duro y una clavija donde se enchufaba el cordón umbilical que venía de la antena. Don Ángel nos invitaba a los niños los domingos por la tarde para que le ayudáramos a recortar hostias de pan ácimo con un guillotina que tenía dos moldes, uno grande para la hostia de consagrar, otro pequeño para la comunión de la feligresía. Era una suerte que te invitara porque nos regalaba los recortes que sobraban y nos dejaba ver en la tele, en blanco sucio y negro agrisado, a la perrita Marilín que era la perrita más lista del mundo, según decía Herta Frankel. De paso, nos enseñaba a mantener aquellos trozos de oblea de color nata en la lengua, sin tocarla con los dientes, hasta que se deshacía, para que cuando hiciéramos la comunión no mordiéramos el cuerpo de Cristo porque era el mismo pecado mortal que beber o comer unas horas antes de comulgar. No pasó mucho tiempo hasta que el señor Arribas, que regentaba el casino y practicaba otros mil oficios, compró otro aparato de televisión. Cobraba veinticinco pesetas al mes por chiquillo. Lo puso en el salón de abajo del casino, sobre un anaquel desnudo, sujeto con dos palomillas. El salón del piso superior siguió siendo el lugar donde los hombres se jugaban el café y la copa al julepe o al gilé.

Por Todos los Santos se vendían castañas. Mi madre me enviaba a casa de la tía Amparo, la mujer del cartero, a por unos kilos. La tía Amparo vendía legumbres y verduras los días de diario; los domingos y fiestas de guardar agarraba una cesta del brazo y nos vendía chucherías a los niños, a perra gorda. Cuando se le murió el caballo lloró como si se le hubiera muerto un hijo. Los hombres lo ataron a unos mulos y, mientras se lo llevaban a rastras, el pueblo entero formó la comitiva como en un sepelio hasta las últimas casas. Al día siguiente los muchachos fuimos al camino de Fuentes a ver cómo los buitres picoteaban las entrañas del animal. La tía Amparo orinaba de pie, sin remangarse los faldones. Más de una vez las sorprendimos en las calles que lindaban con las eras cargada con sarmientos para la lumbre, se detenía y oíamos caer el chorro. Con la maldad de los niños nos acercábamos para darle la hebra. Soltaba la lengua como si tal cosa sin detener la micción. Permanecíamos impasibles mirando atónitos, cuando terminaba la faena nos alejábamos riendo y recreábamos la escena abiertos de piernas.

A las castañas se les practicaba una pequeña hendidura con una navaja para que al asarse no estallasen y saltaran, después se ponían directamente sobre las planchas de hierro de la lumbre de chapa y se tapaban con una lata, vacía, de sardinas de a kilo. Mi padre, mi hermano y yo nos quedábamos de pinote pegados a la lumbre, con los brazos extendidos y las palmas de las manos hacia abajo. Mi madre arriba en el poyete, sentada en una banqueta de madera, se calentaba las piernas. A pesar de haber rajado las castañas, algunas estallaban contra el cielo de la lata con tanta violencia que, a veces, conseguían voltearla; entonces mi padre cogía una piedra de las de calentar la cama y la ponía encima, de contrapeso. En radio Intercontinental hablaban de difuntos y ponían música de réquiem.

La noche de la víspera de Todos los Santos la televisión emitía siempre Don Juan Tenorio. A mí me daba miedo porque el Comendador regresaba desde la tumba y atravesaba las paredes para reñir a Don Juan, pero aquella función era de obligado cumplimiento como ir a misa o respetar a tu madre y a tu padre. Acudía el pueblo entero al casino a ver la función en la tele del señor Arribas, incluso venían aquellos que ya tenían el aparato en casa. Era una liturgia comunal. Aquel año la televisión del señor Arribas se había quedado muda y la pantalla del televisor del señor cura estaba poblada de moscas que revoloteaban sobre un magma blancuzco y no aparecía la imagen por ninguna parte, ni apretando los botones, ni girando las ruedecillas, ni dándole golpes como se hacía con las personas cuando sufrían un desvanecimiento, ni siquiera, subiendo al tejado y meneando el palo de la antena que en otras ocasiones había sido mano de santo. Así que los propietarios de ambos aparatos hablaron y llegaron a un acuerdo. Arribas bajó el suyo del pedestal del casino, lo trasladó en un carretillo de los de madera y rueda de hierro hasta una mesa camilla colocada en la acera, junto a la ventana del señor cura. El televisor de la sala de estar fue arrimado por dentro hasta el alféizar de la ventana. Conque éste emitía el sonido y el otro, el de Arribas, las imágenes y ambos, quedaron separados por los barrotes de la ventana como dos novios de zarzuela. Todo el padrón, salvo los muy viejos o enfermos, nos congregamos aquel año hasta más allá de las doce de la noche en la confluencia de la calle principal con la plaza. De pie, apostados frente a la casa del señor cura, frotándonos la mano de frío, vimos la representación de Don Juan Tenorio y comulgamos al raso con la liturgia de la víspera de Todos los Santos.

Aquel año perdí el miedo al Comendador cuando se le aparecía a Don Juan, cruzando las paredes, después de muerto.

J. Carlos

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