En los tiempos del Tenorio

                                          En los tiempos del Tenorio

En aquel entonces el pavimento de la carretera era un amasijo de cantos apisonados, todavía existía el empleo de caminero; su cometido era rellenar de tierra, con una pala, los baches debidos a la acción de la lluvia y el hielo, unida al trajín de los cascos de las caballerías y al paso de las ruedas de los carros. Las aceras estaban empedradas con piedras irregulares y, en la mayor parte de los casos, ni siquiera guardaban la horizontal. Para sortear las calles embarradas en el otoño, se habían construido unos puentes con muchos ojos, que no alzaban más allá de medio metro. Todos estaban alineados en la dirección de la Iglesia, seguramente para que las señoras pudieran oír misa con sus zapatos de tacón impolutos. Si la lluvia anegaba los puentes, los hombre, calzados con botas katiuskas, cargaban a las mujeres a la espalda, o en volandas si eran mozas, y las pasaban al otro lado. En el invierno el barro permanecía helado y sólido, así que los puentes estaban de más. Ya había luz en el pueblo, llegaba dentro de unos cables sujetos sobre postes de tronco de árbol, que flanqueaban la carretera. Eran tres cables que colgaban de unos soportes blancos de cerámica, los llamábamos jícaras porque desde abajo parecían pocillos pequeños. Los niños nos divertíamos haciendo puntería sobre los soportes con el tirachinas o, directamente, usando la mano como arma; ganaba el que conseguía atinar y partir más jícaras. En invierno, las catenarias se cubrían de un cilindro blanco, muy grueso; en el resto de estaciones servían de posaderas de golondrinas y pardales.Fue una Navidad cuando los mozos llevaron hasta la plaza un águila real con las alas desplegadas, la portaban entre varios y su envergadura rondaría los dos metros; había muerto electrocutada al chocar contra los cables de la luz.

Eran los finales de los cincuenta y ya había tractores en el pueblo, eran dos, tres a los sumo; con su estruendo espantaban a las caballerías y lanzaban al aire un humo denso y negro que dejaba en las calles un tufo oleoso y acre, como de alquitrán. El tractor Lanz de Sabinito se arrancaba a mano, volteando a dos brazos la rueda azul del motor; nunca arrancaba a la primera, lo normal era que agotara previamente a uno o dos mozos. Don Ángel, el señor cura, fue el primero en comprar un aparato de  radio; lo tenía en la salita que daba a la calle; cuando tenía los postigos de la ventana abiertos podías oír “el parte” al pasar. También tenía un tocadiscos y, los domingos, se lo prestaba a Bernardo, el del baile, para que no tuviera que estar soplando todo el rato la dulzaina. El baile era una panera sita en la plaza, con un pequeño ambigú donde Bernardo servía bebidas y ancas de rana. Había varios botes de carburo colgados de las paredes que se encendían cuando se iba la luz, algo harto frecuente, sobre todo en verano, era retumbar el primer trueno y cortarnos la corriente. Bernardo era un virtuoso con las manos, ideó un sistema para que mediante un pedal y una serie de varillas y flejes percutiera las baquetas en la piel del tambor, de forma que con los pies podía tocar el bombo, los platillos y el propio tambor, así dejaba libres las manos y los dedos para teclear las llaves de la dulzaina. Las viejas y las mujeres casadas acudían con su silla de esparto desde casa y se sentaban en derredor, con el espaldar pegado a la pared, iban con el sólo fin de ver el espectáculo y poder criticar a la que se arrimaran en demasía. Una vez, cuando las parejas dejaron franca la pista de baile al acabar una pieza, apareció una gasa ensangrentada de las que usaban las mujeres; ninguna de las mozas presentes dijo esta gasa es mía.

Poco a poco, empezando por los más ricos, la radio fue llenando de música las casas y se apoderó de la memoria y de la imaginación de las gentes; tardaba un rato en encenderse y el dial se deslizaba sobre una franja de cristal con luz interior, en el que se leían los nombres de las principales ciudades del mundo. Con el tiempo, al pasar junto a los portales ya sabías qué emisora sintonizaba cada quién y qué música gustaba en cada casa. Se competía por ver qué labor de ganchillo, de las que colgaban de la repisa de la radio, era la más primorosa o, el aparato receptor más grande, o el que sintonizaba más emisoras.

La televisión llegó más tarde. El primer aparato aparcó también en casa del cura. Vinieron de la capital con una antena que plantaron en el tejado, sujeta con varios vientos, como un hongo metálico y gigantesco. Creo que les llevó dos días. Después tiraron un cable blanco, muy largo, desde la parrilla de metal que coronaba aquel artefacto, lo prendieron de la fachada, lo pasaron por un agujero hasta el interior de la casa y, allí, lo embutieron en el ángulo que forma la pared con el techo hasta la salita; donde reinaba, junto a la radio, aquella nueva ventana al mundo: Una caja de madera que tenía por frontal un vidrio gris, abombado, con dos ruedecillas y una fila de botones dorados a la derecha; por detrás una tapa negra de cartón duro y una clavija donde se enchufaba el cordón umbilical que venía de la antena. Don Ángel, a veces, nos invitaba los domingos por la tarde a los niños para que le ayudáramos a recortar hostias con un guillotina que tenía dos moldes, uno grande para la hostia de consagrar, otro pequeño para la comunión de la feligresía. Era una suerte que te invitara porque nos regalaba los recortes que sobraban y nos dejaba ver en la tele a la perrita Marilín, que era la perrita más lista del mundo, según decía Herta Frankel. De paso, nos enseñaba a mantener aquellos trozos de oblea blanca en la lengua, sin tocarla con los dientes, hasta que se deshacía, para que cuando hiciéramos la comunión no mordiéramos el cuerpo de Cristo –nos explicaba-. No pasó mucho tiempo hasta que el señor Arribas, que regentaba el casino y practicaba otros mil oficios, compró otro aparato de televisión; cobraba a nuestros padres veinticinco pesetas al mes por cada chiquillo. Lo puso en el salón inferior del casino, sobre un anaquel desnudo, sujeto con dos palomillas. El salón de arriba siguió siendo el lugar donde los hombres se jugaban el café y la copa al julepe o al gilé.

Por Todos los Santos ya vendían castañas. Mi madre me enviaba a casa de la tía Amparo, la mujer del cartero, a por unos kilos. La tía Amparo vendía legumbres y verduras los días de diario, los domingos y fiestas de guardar agarraba una cesta del brazo y nos vendía chucherías a los niños, a perra gorda. Cuando se le murió el caballo lloró como si se le hubiera muerto un familiar; los hombres lo ataron a unos mulos y, mientras se lo llevaban a rastras, el pueblo entero lo acompañó como en un entierro hasta las últimas casas. Al día siguiente los muchachos fuimos al camino Fuentes a ver cómo los buitres picoteaban las entrañas del animal. La tía Amparo orinaba de pie, sin remangarse los faldones; más de una vez la vimos por las calles que lindaban con las eras cargada con sarmientos para la lumbre, se detenía y oíamos caer el chorro; nos acercábamos y le dábamos  hebra, contestaba como si tal cosa, sin detener la micción. A las castañas se les practicaba una pequeña hendidura con una navaja para que al asarse no estallasen y saltaran, después se ponían directamente sobre las planchas de hierro de la lumbre de chapa y se tapaban con una lata de sardinas de a kilo. Mi padre, mi hermano y yo nos quedábamos de pinote pegados a la lumbre, con los brazos extendidos y las palmas de las manos hacia abajo; mi madre arriba en el poyete, sentada en una banqueta, se calentaba las piernas. A pesar de haber rajado las castañas, algunas estallaban contra el cielo de la lata con tanta violencia que, de cuando en cuando, le daban la vuelta; entonces mi padre cogía una piedra de las de calentar la cama y la ponía encima, de contrapeso. En la radio hablaban de difuntos y ponían música de réquiem.

La noche de la víspera de Todos los Santos la televisión emitía siempre Don Juan Tenorio. A mí me daba miedo porque el Comendador regresaba desde la tumba y atravesaba las paredes para reñir a Don Juan, pero aquella función era, casi, de obligado cumplimiento, como ir a misa. Acudíamos todos al casino, a ver la función en la tele del señor Arribas, incluso venían aquellos que ya tenían el aparato en casa; era una liturgia comunal. Aquel año la televisión del señor Arribas se había quedado muda y la televisión del señor cura se había poblado de moscas y no aparecía la imagen por ninguna parte, ni apretando los botones, ni girando las ruedecillas, ni dándole golpes como se hacía con las personas cuando sufrían un desvanecimiento, ni siquiera, subiendo al tejado y meneando el palo de la antena, que en otras ocasiones había sido mano de santo. Así que, Arribas habló con el cura y llegaron a un acuerdo. Arribas bajó el aparato del pedestal del casino, lo trasladó en un carretillo y lo puso en la calle, sobre una mesa, junto a la ventana del cura; el televisor del señor cura se arrimó a los barrotes de la ventana. El de Arribas emitía las imágenes y el del cura el sonido. Todo el padrón, salvo los muy viejos y enfermos, nos congregamos aquel año hasta más allá de las doce de la noche en la confluencia de la calle principal con la plaza. De pie, apostados frente a la casa del cura, vimos la representación de Don Juan Tenorio.

Aquel año, a la intemperie, no me dio tanto miedo que el Comendador se le apareciera a Don Juan después de muerto.

J. Carlos

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