Silencio

El pueblo guarda silencio. Aunque parezca mentira no es difícil guardar silencio cuando a todos aprovecha y su difusión a todos perjudica. Iván es feo, de una fealdad picasiana. Tiene el mentón prominente, los ojos en distinto plano, la nariz es ganchuda y se escora a la derecha, para colmo de miserias, es pobre de solemnidad y dicen que es flojo de entendederas. Pero Iván es un bien público y su sustento fue durante muchos años a costa del Ayuntamiento. Tres comidas frugales al día, un par de botas cada dos años, unos zapatos para ir a misa los domingos y fiestas de guardar. De ropa andaba bien servido, en qué familia no sobra una camisa, un calzoncillo, o un pantalón que sólo aprovecha ya para hacer trapos. Sucede que, desde que Iván siembra las tierras del término, rinden más del doble de grano y la media fanega pesa tanto que, apenas, un buen mozo puede levantarla con ambas manos.

No es que Iván se cruce  al costado una sembradera de saco y reparta brazada a brazada las semillas a voleo. No, simplemente se limita a yacer sobre la tierra como se yace con una mujer y deposita su siembra dentro, en un pequeño agujero de unos centímetros de profundidad que cava él mismo, en el punto medio de cada una de las fincas. La fama de semental de flora le vine de adolescente, de cuando Severino, Lengualarga, apostado a la sombra de un bardal, le pilló aliviando sus ardores genitales yaciendo sobre una era y observó, con el paso de los días, que la hierba levantaba primorosa en todo el contorno. Así fue como año tras año, después de que cada quién esparza el grano en su finca, ha de preñar a cada una de las novecientas veintidós parcelas de que consta el término municipal. Aquello le dura a Iván dos meses largos.

Los hombres del pueblo se juntan en la plaza cada mañana, a la misma hora en que se despereza el tísico sol de otoño. Comanda el señor alcalde, quien le entrega un cuenco con grasa de cerdo para que no se lastime en la tarea. Todos le despiden como a un portento. El semental ya llueva, nieve o se desate el viento en vendaval, dice adiós con la mano, el pecho bravo, la cabeza alta. Pasada la media legua se vuelve, se cuadra y les dedica un saludo militar. Momento en que la reunión comunal se disuelve y cada cual se va a atender sus asuntos. Ni un solo año ha dejado el pueblo de asombrar a los funcionarios del silo comarcal por el grano tan gordo y pesado que le llevan los lugareños, “tan lleno de pan”, afirman. Menuda responsabilidad para el alcalde que ha de disuadir a los funcionarios del Ministerio de Agricultura, porque quieren analizar los suelos del término para que arroje luz sobre las causas de su milagrosa fertilidad.

Así vino sucediendo hasta que Iván se casó con Lucinda, a la que apodan La viuda veneno. La maledicencia asegura que su marido no murió de muerte natural. Nadie se explicó el repente de Iván por el casorio, porque todos sabían que babeaba por Hortensia, la hija del herrador y a ésta, que ya consumía la veintena, no se le conocía pretendiente alguno. Más tarde se supo que La viuda había sorprendido a Iván cubriendo dos veces las tierras del herrador, por eso sus fincas eran las que más rendían. La viuda amenazó con contárselo a todo al pueblo.

-Si no te casas conmigo lo pregono y te obligarán a cubrir dos veces las tierras de cada quien –le dijo.

Fue una boda precipitada. Iván se adecentó con un traje de pana negro que le tiraba en las sisas. Se lo prestó el veterinario a cambio de que en primavera le preñara la huerta. La novia, Lucinda, se casó sin velo, embutida en un vestido del color de las lilas, con una diadema hecha de guirnaldas de hojas de fresno que reanimaban su cara renegrida de soles y escondían su pelo fosco y negro como el carbón. Las viejas beatas desde sus reclinatorios murmuraban entre ellas que la viuda era de la piel del diablo.

-Matará al Iván como mató al Florencio –salmodiaban.

El sacerdote con la cara avinagrada ofició la ceremonia pensando que era la voluntad de Dios llevar a aquel manso al matadero. La novia soltó un “sí quiero” con ese mohín de disgusto permanente en la boca. Aunque el novio tartamudeó dos veces antes de que un leve siseo saliera de su boca, el cura, con una mano más pálida que el cirio pascual, santificó el matrimonio y los bendijo. A la salida, en el pórtico de la Iglesia, se congregó el padrón completo, sólo faltó la Hortensia. Al cura le extrañó porque fue ella la que a primera hora de la mañana había sembrado de pétalos de rosas rojas el paso de los novios desde la puerta hasta el crucero. También le extrañó que se dieran las rosas en noviembre pero pensó que con Iván ya tenían suficientes portentos. Los jóvenes les tiraron el arroz al bies, atinando en la cara de la viuda. Al terminar la ceremonia, Lucinda, del brazo de Iván, abrió la comitiva de invitados que cerraba el alguacil tocando su dulzaina. Llegados al quicio de la puerta de La viuda, ésta obsequió al pueblo con una docena de botellas de orujo de hierbas y otras tantas bandeja de bollos, de los de hoja. Arrastró a Iván hacia dentro, corrió el cerrojo y dejó a los invitados a la intemperie. Cuentan que en aquella casa no se abrieron puertas y ventanas durante cinco días con sus noches, a pesar de que las murgas del pueblo acudían a la caída del sol, y hasta bien entrada la madrugada, a darles la serenata con canciones subidas de tono.

El régimen de sembradura en manos de Lucinda cambió radicalmente, exigió un alto precio por cubrir cada finca. Al principio el pueblo se rebeló contra sus pretensiones, pero los que regentaban las mayores extensiones de terreno cerraron tratos a escondidas y, con el fin de evitar males mayores, hubo de tomar cartas en el asunto el alcalde y consiguió pactar una tregua con La viuda. Se fijó un tanto alzado por hectárea. La codicia de La viuda exigía que Iván trabajara el doble durante la sementera, no en balde todos los labradores estaban avisados que cuantas más veces yaciera más granaba la espiga.

Durante el verano Lucinda cebó a Iván como a una abeja reina para que aguantara el envite del otoño. En invierno, en primavera y en verano sobraron meses para que Iván recuperara el color y se le rellenaran de carne los pellejos. Eran tales los requerimientos de la clientela que Iván enfermó y hubo de intervenir el galeno. Por entonces La viuda se trasladó a la capital aquejada de un ataque severo de hongos de los que acusaba a Iván.

-Me casé contigo para tener muchos Ivanitos que sembraran toda la comarca y vivir como una reina. Y ¿qué me das?, una cosecha de setas que ni se ven, pero que pican como demonios.

Le gustó tanto la capital que nunca más volvió a pisar el pueblo. En verano envió a una criada para la ceba de Iván. En otoño vino un secretario, calvo y con anteojos, que iba casa por casa extendiendo los recibos de las cubriciones, a tanto por hectárea. Por carnaval La viuda estaba en todas las coplas, las más animadas cantaban que un funcionario de la Diputación Provincial le mimaba cada noche el vergel de hongos, y seguía:

-Hay que ver cuánta leche da el Iván, da pa una casona en el centro de la capital, con cinco piezas, dos criadas y un desván.

Al muchacho amustiado desde lo de la boda, no se le volvió a ver ni un amago de sonrisa, “con lo risueño que era”, decía la mujer del alcalde. En los días de holganza asistía sucesivamente a los corrillos de la carpintería, la fragua y la cantina sin decir mucho más allá de: “Buenos días y ¡Hala! con Dios”. Aunque desde que la Lucinda se fue a la capital se le notaba menos huidizo y más vivaracho, como si se hubiera librado de un peso muerto. Todos las mañanas daba un rodeo para pasar por casa de Hortensia, miraba al balcón con disimulo, exhalaba un suspiro hondo.

Los trigales del herrero, el padre de la Hortensia, eran los más primorosos. Como no estaba La viuda, Iván acudía a la finca del herrero todos los domingos hasta bien entrada la primavera. Siempre encontraba el agujero dispuesto y para sí barruntaba que era cosa de la Hortensia. El domingo de Resurrección estaban los cielos encapotados y amenazaban con disolverse. Iván ya se había metido en faena cuando cayeron los primeros goterones de tormenta, que fueron calando la tierra hasta convertirla en un barrizal. Le extrañó que aquella tierra mojada exhalara un halo de vapor y se mantuviera calentita con la que estaba cayendo. Le costó llegar a los últimos estertores porque el agua repicando en la espalda le enfriaba los impulsos. Hizo un último esfuerzo pensando en Hortensia y se derramó. Sus embates unidos a la fuerza del agua  habían desleído el barro y creyó ver un ojo semienterrado que se abría. Pegó un brinco y soltó un respingo que le cortó toda efusión placentera. Pasado el susto, se acuclilló y limpió con sus manos un rostro tiznado de barro que sostenía un tallo de espiga en la boca para respirar. Eran los mismos rasgos, embarrados, y los mismos ojos glaucos que un segundo antes imaginaba. Sonrió por primera vez desde la boda. Después de izar en el aire a Hortensia, se limpiaron el barro corriendo desnudos bajo la beatífica lluvia. Para cuando cesó la tormenta ya estaban limpios. Esa misma tarde, a escondidas, Hortensia le abrió la puerta del corral de su casa y, a la luz incierta del crepúsculo, le enseñó el huerto cuajadito de rosas rojas.

-A veces, vuelvo desde la finca con tu semilla dentro y la siembro aquí. ¿Sabes? –prosiguió- En cuanto vienen los primeros fríos las cubro con arpillera. Sólo se helaron el año que entró la viuda en el corral. Vino para advertirme que si me entrometía en sus planes contigo, más me valdría ayunar porque cualquier trago o cualquier bocado podía ser el último.

Iván le estuvo secando las lágrimas con sus labios hasta bien entrada la noche. Ambos sabían que si llegaba a oídos de La viuda su aventura tendría un recorrido muy corto. Ambos concluyeron que no quedaba otra salida, sólo quedaba por saber si el pueblo guardaría silencio.

La voz de alarma la dio el cantinero bien entrada la tarde. En la plaza se convocaron los parroquianos para formar batidas de búsqueda. Los hombres apelotonados en derredor del alcalde que estaba encaramado sobre el sillón consistorial, las mujeres al fondo, formando corrillos. Por la calle Mayor llegó corriendo, sin resuello, la criada del veterinario. Los congregados fueron abriendo un camino, entre cuchicheos, para que llegara hasta el alcalde. Con voz entrecortada por la falta de resuello contó que, la noche pasada, a eso de las tres, escuchó el trote de un caballo sobre el empedrado. Cuando quiso asomarse a la ventana sólo distinguió la figura borrosa de un hombre sobre una montura, que se doblaba para despedir a una mujer, luego enfiló el camino de Las Fuentes que lleva a la capital. El alcalde ordenó al alguacil ir a la carpintería y a la fragua con el recado de averiguar si el Iván había “paseado sus huesos por aquellos lares”. A los mozos les autorizó para allanar “si fuera preciso” la casa del Iván. En el entretanto ya se oyeron las primeras imprecaciones dirigidas al herrero.

-El Iván es un adúltero y tu hija una puta –le gritó una vieja desdentada- Que los he visto retozando ayer mismo en tu parcela del camino de Las Nieves.

-A saber qué le habrá metido en la mollera esa mosquita muerta de la Hortensia para que se nos vaya del pueblo y nos deje pobres como antes –le espetó la mujer de Arístides, el tuerto.

El Iván no estaba en su casa y el alguacil constató que nadie le había visto desde anoche en el pueblo. Los ánimos se fueron caldeando porque estaban en juego las suculentas cosechas y porque el Iván, “sin discusión, es patrimonio del pueblo”-manifestó el alcalde-. Los congregados empezaron a zarandear al herrero, acusándolo de cómplice y alcahuete. El hijo mayor del Eladio le agarró del cuello por detrás y le puso la zancadilla con la intención de tirarlo al suelo. La cosa no pasó a mayores porque el alcalde, con buen criterio, se interpuso. Mandó al herrero en busca de su hija Hortensia para que acudiera ante aquella asamblea y explicara la huida de Iván, “si es que lo supiera o supiese” –concluyó.

La Hortensia llevaba una rosa roja prendida del pelo. La escoltaban el alguacil y su padre para evitarle los empellones. Caminó altiva hasta el sillón consistorial. Llegados a su altura, el alcalde ordenó que guardara silencio la concurrencia. Sólo cuando cesó el último murmullo, se apeó del sillón consistorial y se inclinó para recibir al oído las confidencias de la muchacha. A medida que ésta movía los labios, los gestos de asombro en la cara del alcalde se acentuaban. Concluido el monólogo susurrado, Hortensia se dio media vuelta y se marchó. El alcalde volvió a encaramarse sobre el sillón y habló alto y recio, guardando sus mejores graves para enfatizar las palabras: patrimonio, complicidad y silencio. Hasta el cura que le escuchaba desde su casa, emboscado tras los visillos, con los postigos entreabiertos, se quedó sorprendido de tanta vehemencia.

La asamblea comunal acabó como las tormentas de verano, quedaron pequeños charcos de gente que se fueron diluyendo. Dicen que fue Benita, la mujer del guarda, la que dio el primer aviso. La gente corrió hacia la calle del Aire para ver cómo se acercaba por el camino de Las Fuentes, el que viene de la capital, un jinete. Primero llegó su sombra larga que oscilaba en el empedrado al ritmo de la cabalgadura. Los congregados se pusieron la mano en la frente a modo de visera. Su silueta se perfilaba contra el horizonte, no llegaron a distinguirle, aunque reconocieron su silbo y la melodía que interpretaba. Antes de que se hiciera nítido, todos se metieron en sus casas, el pueblo quedó ciego y mudo hasta mucho después de que cesara el repiqueteo de los cascos sobre el empedrado. Mucho después, en el corrillo de las mujeres que se sientan en la calle del Sol para hacer ganchillo, se escuchó que si se hubiera mirado tras los visillos, se habría visto al Iván, cabalgando risueño, ataviado con el traje de pana que llevó al altar y, si se tuviera buen ojo, se hubiera distinguido en la bocamanga unos cuajarones de sangre seca.

Al día siguiente un cabo y un número de la Guardia Civil llamaron a declarar a veinte vecinos, entre ellos a Iván. Los hicieron esperar en la sala de plenos. Fueron llamando uno a uno y, al concluir la declaración, salían directamente a la calle para que no confidenciaran con los que seguían a la espera. Todos coincidieron en que, el día anterior habían visto a Iván en la carpintería y en la fragua y en la plaza abrevando al ganado y en la cantina…

Se citó por último a Iván. El cabo le ordenó tomar asiento. Después de preguntarle su nombre y apellidos, le comunicó oficialmente que estaban practicando diligencias por un crimen a cuchillo que se había perpetrado en la capital. Se trataba de una vecina del pueblo, Lucinda Maroto Pesquera casada con Iván Desdentado Curiel. Antes de seguir con el interrogatorio el cabo le mostró sus condolencias.

J. Carlos

Anuncios

Una respuesta a “Silencio

  1. Un relato increíble. Muchísimas gracias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s