La ruptura del contrato social

En 1762 el ginebrino Jean Jacques Rousseau estableció las bases ideológicas de la convivencia social y política de los pueblos en el Contrato Social. Sus ideas fueron la argamasa que cimentaría la democracia liberal y el Estado de Derecho sobre tres pilares básicos: La libertad de los individuos, la igualdad entre los hombres y la voluntad (volonté générale) de pactar un contrato social. Bien es verdad que las ideas de progreso social no permean en absoluto entre las cabezas de los poderosos, no en vano tienen mucho que conservar, así que van calando de poco en poco en las mentes más audaces y éstas, las siembran, con mayor o menor fortuna, en las capas más desfavorecidas que tienen el terreno bien abonado de injusticias. A guillotinazo limpio consiguieron los franceses el contrato social. A garrotazos contra el francés rechazamos los españoles nuestro contrato social propio, que luego tardaríamos más de siglo y medio en construir.

En 1978, por fin, conseguimos firmar nuestro propio contrato social, bien es verdad que fue un contrato firmado en precario, hilvanado con alfileres, haciendo oídos sordos a los ruidos de sables que se propagaban por los cuarteles. Posteriormente, en 1986, blindamos nuestro precario contrato social entrando en la Comunidad Europea, que no era cosa de fiarnos de nosotros mismos porque siempre habíamos terminado a palos y a cañonazos, ya fuera al grito de “vivan las caenas”,  “¡Arriba, parias de la tierra!”, o “Cara al sol”. Europa supuso un remanso de progreso social, cultural y de bienestar que, seguramente, sirvió para templar nuestros ánimos, tanto más porque nos proveyó de un maná que, a modo de plan Marshal, nos permitió construir las mejores infraestructuras del continente y, de paso, paliar parte de nuestro ancestral atraso económico. En esto llegó la crisis y nos hizo un buen desgarrón en nuestras estructuras económicas, nos desveló los remiendos de nuestras instituciones políticas, más tarde caímos en la cuenta de que habíamos cosido a grandes puntadas la estructura territorial y se nos veían las carnes y ahora, para colmo de males, los alfileres con los que habíamos hilvanado nuestro contrato social están saltando por los aires.

De nuestras estructuras económicas ya te escribiré largo, baste señalar por hoy que, al menos, el 25% de nuestra economía está sumergida y que los gestores de las empresas del Ibex siguen siendo los mismos, pero ganando un 20% más que cuando las sociedades que regentan valían el doble en bolsa.

En cuanto a nuestras instituciones políticas, qué quieres que te diga, están podridas porque nacieron desequilibradas y se han desarrollado persistiendo en el desequilibrio. Hay quien no entiende a los ciudadanos porque votan a políticos corruptos. Yo, con perdón, sí los entiendo. ¿Es que hay algún partido que no tenga su cuota parte de corruptos? Tal vez alguno recién llegado que no ha tenido ni tiempo ni oportunidades para medrar. Por consiguiente, si votas, siempre votarás a algún corrupto que ha impuesto el partido en sus listas. Para restablecer el equilibrio se impone la necesidad de instaurar un sistema de listas abiertas, la democratización interna de los partidos, intervención y transparencia en sus cuentas y extrañamiento entre el poder político y el económico. Ya puestos, habría que exigir como requisito para ser cargo de un partido, haber trabajado en “algo” –que no sea la política-. ¡Ah!, y para  servir en la Administración sólo podrán hacerlo como Ministros, Consejeros o Directores Generales, salvo que sean funcionarios de carrera. Adiós a los asesores y demás mamandurrias.

La estructura territorial se tambalea como el funambulista sobre una cuerda suspendida en el abismo. Suele pasar en las mejores familias, es sacar el dinero a relucir y se suceden las trifulcas. Aquí, en terminando el verano, nos ha aparecido un mesías, se llama Mas. Este señorito ha engrasado con dinero público la maquinaria mediática, amenaza u ofrece regalías –según el grado de tibieza- a la maquinaria económica y se ha lanzado a predicar la buena nueva: “Como España nos roba o acepta el pacto fiscal –un apaño que les dieron a los vascos y navarros en virtud del cual los subvencionamos los demás con nuestros impuestos- o nos independizamos.” Con este órdago, el personal en vez de mirar a la luna catalana, que está la pobre agujereada de tantos recortes que le ha endilgado el señorito Mas y sus conmilitones, mira al dedo orondo que señala a España, el nuevo enemigo a batir. El argumento es tan zafio que sólo le ganan en rudeza la acorazada mediática y el ministro Wert que, sin duda, padece una diarrea mental severa, así que les copia el lenguaje, donde ellos hablan de catalanizar, el pone el palabro españolizar. Como, quod natura non dat Salmántica non praestat, lo dijo y se quedó tan pancho. Por su parte, Urkullu está a la espera de ganar las elecciones para poner a España en otro brete. Estos ideólogos del ombliguismo paleto, le hacen el caldo gordo a Alemania y juntos, en comandita, nos meten el dedo en el ojo para ver quién se lleva la mayor cosecha de migajas. Ya sabes que soy alérgico a las nigromancias y religiones que suelen ser nidos de fanatismo e irracionalidad, así que cuando alguien me dice que la tierra que le vio nacer es lo más y que él la ama sobre todas las cosas, como se ama a Dios, no argumento, me limito a huir despavorido. La experiencia me ha enseñado que sólo se debe hablar de fantasías, mitos, magias y creencias con los niños.

Dije más arriba que habíamos hilvanado con alfileres nuestro contrato social y que con la crisis está saltando por los aires. Pero no nos engañemos, la razón de la ruptura del contrato social no está sólo en la crisis que nos asuela; tampoco se explica por la regresiva fiscalidad que, por cierto, ya empezó escorada hacia la clase media y favoreciendo a los más ricos y, con el paso del tiempo, ha seguido echando más y más lastre encima de la clase media y liberando a los más favorecidos (Ver nota 1). Hay otra razón más poderosa y contundente, la ideológica. Y es que este Gobierno está aprovechando que las aguas vienen revueltas para imponernos otro contrato que no es social y que nos retrotrae a los años sesenta. Como bien sabes, sostengo que el progreso social, la redistribución de la riqueza y el talento se basan en los siguientes tres pilares: La enseñanza, la sanidad y las pensiones públicas.

A mi humilde parecer no hay mejor modo de ofrecer una auténtica igualdad de oportunidades, ni mejor forma de captar el talento de las personas de un país que formar a sus vástagos y educarlos a través de la educación pública. Sólo a través de una enseñanza pública se consigue la integración vertical de las distintas clases sociales, la integración horizontal entre las distintas etnias, culturas, religiones o nacionalidades, la captación del talento y, por último, y no menos importante, la educación en los valores ciudadanos de respeto y tolerancia. Pues bien, la enseñanza pública se está desmantelando a ojos vistas, por un lado primando la enseñanza privada que, en base a conciertos, están dejando en manos de órdenes o sectas cuyos métodos de enseñanza “racional” se basan en creencias religiosas (Ver nota 2); por otro, aplicando unas tasas universitarias que impiden el acceso a los hijos de los trabajadores y reduciendo drásticamente el presupuesto para becas.

La sanidad pública ha proporcionado al ciudadano, especialmente al trabajador, una vida más saludable y larga; ha conseguido incrementar progresivamente su capacidad de trabajo y la seguridad que da la cobertura de las posibles carencias de salud, tanto de él como de toda su familia; así como unos índices de prevención de la enfermedad y un menor padecimiento cuando ha recaído en la misma. Esa sanidad pública que otrora fue uno de los marchamos de la marca España y se situaba entre las mejores del mundo, está sufriendo un proceso de esquilmación por dos vías: Recorte en personal y medios, por una parte, con el fin de demostrar con datos fehacientes que el servicio es malo; por otra, se está produciendo un trasvase de recursos y presupuestos hacia el sector privado (Ver nota 3).

Las pensiones públicas, tal como están concebidas, son un factor de cohesión social, sobre todo de cohesión intergeneracional al tratarse de un sistema de reparto, y coadyuvan a una mejor distribución de la riqueza dada su mínima diferencia escalar. Además, desde el punto de vista económico son un estabilizador automático, esencial en tiempos de crisis, ya que en su mayor parte vuelven al sistema productivo en forma de consumo. Es más, se convierten en un factor esencial del ahorro nacional si están bien gestionados, porque su superávit se guarda en una hucha que ha de invertirse en el progreso de la nación. Todos los estudios apocalípticos que se hicieron hace veinte años sobre el sistema público de pensiones, han resultado erróneos porque no se tuvo en cuenta el incremento de la productividad, sólo se analizaban las tablas demográficas y su evolución (Ver nota 4). Escrito lo cual diré que, ello no es óbice para que me permita opinar que debería reformarse el sistema, de forma que al ciudadano se le vaya constituyendo una bolsa individual de ahorro, gestionada públicamente, con parte de sus cuotas mientras trabaja, aplicando el resto de sus cuotas al sistema de reparto solidario. Me temo que antes de terminar la legislatura, estos orates del neoliberalismo nos van a hacer varios descosidos en nuestros derechos públicos pensionables, se los trasvasarán a sus amiguetes para que gocen ad eternun  de las sinecuras en forma de comisiones –lo llaman eufemísticamente privatización-. Ya han empezado por sablear la hucha común.

Presta atención a lo que nos viene encima. Ni el derecho al pataleo en forma de manifestación vamos a poder ejercer, de hecho, el fiscal lo puede considerar como un delito contra las instituciones del Estado; también quieren modular –otro eufemismo- el derecho de reunión y, ya metidos en faena, si te muele a vergazos la policía no podrás publicar las fotos en que te desangras. Para mayor escarnio, bufa, befa y mofa, cada vez que nos aniquilen un derecho siempre habrá una señoría que, además de aplaudir con las orejas, como todas, nos gritará aquello de: ¡Que se jodan¡

      J. Carlos

(1)     A través del incremento de la imposición indirecta, de la práctica desaparición del impuesto del patrimonio y reducción drástica de sucesiones, incrementos de las rentas sobre el trabajo y disminución de las derivadas del capital, deducciones inverosímiles en el impuesto de sociedades, instrumentos de “evasión” fiscal como las sicav, creación de  sociedades instrumentales para deducir gastos de todo tipo, facilitación de la existencia de economía sumergida, etc.

(2)     En la Comunidad de Madrid el ratio es ya del 50% y subiendo. El sistema es burdo pero efectivo, se habla mal de lo público, se le reducen presupuestos hasta asfixiarla, se meten en cada clase pública a veinte nacionalidades distintas con diferentes culturas e instrucción y sus costes se confrontan con el de la enseñanza concertada, eso sí, no se cuenta el dinero que han de pagar las familias a los colegios concertados, con facturas falsas, para asociaciones, fundaciones, materias que no se imparten, etc

(3)     Para la realización de este trasvase se utilizan, a su vez, dos fórmulas: La dejación de la gestión en manos de  empresa privadas que cobran un canon y otro mucho más sofisticado, se trata de la construcción de hospitales innecesarios que se entregan llave en mano, sin coste alguno, pero que una vez construidos permanecen sine die en manos de las empresas que los construyeron, las cuales cobran de la Administración Pública por servicio prestado, a pesar de que el material y el personal son públicos.

(4)     Claro que aquellos estudios obedecían, en la mayor parte de los casos, a intereses espurios porque coincidieron con la puesta en marcha de los  planes de pensiones privados. Los cuales, por cierto, desde su implantación en España han resultado ser un fiasco en el que sólo salen ganando los Intermediarios financieros y las Gestoras que cobran sus comisiones gane o pierda el partícipe.

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Una respuesta a “La ruptura del contrato social

  1. Me ha entristecido y gustado tu articulo. Espero que estes equivocado, pero me temo que no…

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