Despido

DESPIDO

                Argimiro Prieto ha recibido la llamada de Personal. Lleva desde los dieciséis en las oficinas de la fábrica de cerveza. Ha sido bedel cuando se usaba el traje con botones dorados y entorchados en las hombreras; ayudante de laboratorio con bata blanca, aunque su trabajo consistiera en llevar cafés y mantener limpias la mesa, las probetas y los matraces; administrativo con máquinas de escribir Olivetti y contable con ordenadores de IBM. Cuarenta y dos años lleva oliendo a tueste de malta, aguantando el picor amargo del lúpulo y respirando esa atmósfera tibia como de paja mojada.

Ayer llamaron a otro, al de los ojos saltones y la barba feraz, tajada en la perilla por una cicatriz. Los ojos se le achicaron antes de ir al despacho del Jefe de Personal y a la vuelta eran todavía más chicos, escondidos en el fondo de las órbitas, brillando tras una cortinilla de agua. A mediodía salió de la fábrica con las dos manos ocupadas, en una llevaba la carpeta azul con los papeles del paro y, en la otra, una caja de cartón con sus cuatro cachivaches personales.

Hace años que Argimiro decidió raparse la cabeza para disimular la calvicie. Tiene una protuberancia por detrás, donde la columna se suelda con el cráneo, parece el timón de cola de la cabeza. Un poco más abajo, bordeando la nuca, una vena hinchada palpita con ocasión de un gran esfuerzo o, como ahora, cuando las preocupaciones le superan.

-¿Se puede? –pregunta Argimiro después de tocar con los nudillos y entornar ligeramente la puerta.

-Pase Prieto y siéntese –ordena el Jefe de Personal sin levantar la vista del escritorio.

Argimiro lleva una chaqueta cruzada de paño gris que le queda muy grande. Últimamente la ropa le empieza a sobrar porque las carnes le menguan. Se sienta en el confidente apretando con el codo derecho el sobre blanco, doblado al desgaire, que sobresale del bolsillo. Los glúteos al borde de la silla, las piernas abiertas con los pies cruzados, las manos escondidas entre los muslos. No se atreve a mirar al Jefe de Personal, se concentra en un pisapapeles de vidrio en forma de pirámide que descansa sobre una pila de carpetas.

-Ya sabe cómo pintan las cosas por aquí –rompe a hablar el Jefe de Personal, quitándose las gafas de pasta negras y pellizcándose la comisura de los ojos por encima de la nariz- ¿Qué le voy a contar? Y debe darle las gracias a Dios, va a ganar más que trabajando. La indemnización, dos años al paro y, con su edad, directamente a la jubilación anticipada. Lo suyo lo firmaba yo ahora mismo. Hay quien tiene cuatro hijos y con cuarenta y tantos años ha de  volver a empezar, como la película de Garci. Claro que, como dicen mis colegas los psicólogos, hay que transformar los problemas en oportunidades.

El Jefe de Personal se engolfa en su discurso, gesticula con las manos como si amasara el aire. Tiene una sonrisa ladeada en la boca mientras perora enfatizando cada sílaba. Sólo consigue concitar la mirada de Argimiro cuando ha pronunciado la palabra problemas. Es una mirada neutra, pero desarma al Jefe de Personal por inesperada. Así que no termina la frase. Sólo le faltaba añadir el socorrido refrán de: “no hay mal que por bien no venga”.

Argimiro vuelve a distraerse con el pisapapeles, acerca su mano, lo rodea con sus dedos y palpa su textura lisa y fría. Sólo entonces, como si necesitara un talismán para arrancar, se oye su voz apocada y escasa.

-Oiga, no se lo tome a mal, pero esto de echar a la gente, ¿tiene que ser duro? Que ni agradecido ni pagado ¿No? –Pregunta Argimiro.

El Jefe de Personal, se vuelve a poner las gafas y se cruza de brazos, como si necesitara defenderse de algo.

-Es duro, pero no siempre es así, son rachas… Es la crisis. Volviendo al tema, ya sabe que nuestro gabinete psicológico está a su disposición; además, estamos creando una bolsa de trabajo en empresas del sector para los que no se pueden integrar en la nueva estructura. Es muy triste para nosotros, la Dirección, dejar en la estacada a los hombres que forjaron el espíritu de esta empresa y la hicieron crecer. Cuando la coyuntura sea más favorable, dos o tres años a lo sumo, volveremos a pedirles que se reintegren porque se van con lo que más valoramos –concluye enfático-: la lealtad y la experiencia.

Hay un silencio escenificado para que Argimiro asimile su situación. El Jefe de Personal no le puede ver la nuca a Argimiro, pero se le ha inflado la vena y el timón de cola de la cabeza se le mueve cada vez que traga saliva. Un abejorro revolotea al otro lado del cristal de la ventana con un zumbido monótono.

-Todo eso ya lo sé, son muchos años. Ya sé que su secretaria me dará la carta de despido, la indemnización con el saldo y el finiquito y los papeles del paro. No gaste saliva en eso. Lo que quiero saber es si va al baño con regularidad, por ejemplo.

El Jefe de Personal deshace lentamente el nudo de sus brazos, se lleva la mano al mentón y clava los ojos, con las pupilas dilatadas, en los de Argimiro. El silencio se alarga. Por fin, empuja hacia atrás su sillón de ruedas, se repantinga contra el espaldar y contesta con los dientes apretados.

-Eso no viene al caso y comprenderá que se está excediendo.

-No sea tiquismiquis. Sólo quiero saber si va bien de tripa. Si cumple usted con su esposa, bueno, o con su secretaria, o con quien sea que a mí me da lo mismo. No vaya a pensar que lo compadezco, no. Es curiosidad. Dígame, ¿se le pone dura?

El Jefe de Personal se levanta con el brazo alzado, estira el dedo índice apuntando a su interlocutor como si fuera el cañón de una pistola, le espeta:

-Argimiro, se está usted pasando. Estoy a tiempo de cambiar la causa del despido y adiós indemnización y adiós paro. No me esperaba esto de usted. Ha sido usted un espejo en que el que se miraban las nuevas generaciones de empleados. No le entiendo. Váyase antes de que me arrepienta.

El Jefe de Personal le mira desafiante indicándole la puerta. Argimiro dirige los ojos al ventanal. No se inmuta, sigue las revoluciones del abejorro.

-Dígame –le pregunta adelantando el tronco como quien inicia una confidencia-. Le cuesta ir al baño, ¿verdad? Ande, cuénteme –insiste- ¿Necesita usted las pastillitas azules?

El Jefe de Personal se levanta, llama por teléfono a Seguridad. Bufa. Urge a gritos a su secretaria para que comparezca. Se lleva el pañuelo del bolsillo superior de la chaqueta a la boca. Resopla y mueve las aletas de la nariz como un caballo. Argimiro desde su posición puede oler el aliento descompuesto del Jefe de Personal y advierte que, se le oscurecen repentinamente las bolsas de los ojos y se le marcan las venas en el cuello y en la sien.

La secretaria entra y deja entornada la puerta. Lleva un cuaderno apaisado, de los de serpentín. Como no sabe adónde mirar, fija sus ojos en la protuberancia del cráneo de Argimiro.

En ese momento Argimiro se incorpora, saca del bolsillo de la chaqueta el sobre blanco, doblado. Al extenderlo se aprecia, en una esquina, el membrete azul de un  hospital. Con parsimonia extrae la radiografía del hígado, la misma en que el doctor ha dibujado dos circunferencias con tinta fosforescente, y el informe médico. Extiende ambos sobre la mesa.

La secretaria permanece de pie, a una distancia prudencial. El haz de luz que incide sobre el pisapapeles de vidrio le dibuja en la cara un minúsculo arco iris que, en su vaivén, da fe de que la muchacha está temblando.

Cuando llegan los dos miembros de seguridad, sin resuello, el Jefe de Personal ya ha leído el informe. Cabizbajo, les ordena que se retiren. La secretaria aprieta el cuaderno contra su pecho. Argimiro da un paso hacia atrás, el minúsculo arco iris revolotea ahora en sus ojos dándole al castaño una pátina como de herrumbre.

-Yo sólo quería saber esas pequeñas cosas. Nada más –dice Argimiro mientras recoge la radiografía y el informe e introduce ambos en el sobre-

Da media vuelta, tira con ambas manos de la cintura del pantalón hacia arriba y sale del despacho.

J. Carlos

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4 Respuestas a “Despido

  1. ¡Me ha encantado el relato, qué bueno! Enhorabuena, da gusto leerte.

  2. muy bueno el desenlace, inesperado….el relato es angustioso por su realeza y porque nos enfrenta con el momento en que estamos viviendo, pero lo mas angustioso es que nos sentimos el personaje y casi estamos tentados en decirle que calle,que se trague su rebeldia y ahi “el desenlace” nos lleva al otro camino donde lo importante no es el trabajo o la pérdida sino la vida, esa vida que el perderla es nuestra verdadera y profunda crisis, el finiquito no existe, la compensación de los dias vividos no se nos será devuelto. Bien J.C. me has hecho reflexionar en cuanto a lo verdaderamente importante de nuestra vida.

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