Miopía

                                              MIOPÍA

Hasta aquel día de abril yo no sabía que era un hijo de puta. Sucedió por la tarde, poco después de que el mundo se me hiciera más preciso, como si un viento hubiera borrado la neblina que emborronaba las cosas. Esa tarde el patio del colegio perdió su halo como de calina y empecé a distinguir los matices rugosos del cemento del suelo, el blanco de las paredes moteado por las mil huellas de los balonazos y los rasgos nítidos de los rostros. Aquella tarde descubrí que mis compañeros tenían bozo sobre los labios, la piel de sus caras estaba erizada de espinillas, en sus brazos y piernas serpenteaban pequeñas cicatrices como zurcidos.

La culpa fue de Don Honorio, el profesor de matemáticas, que se había empeñado en que yo no era tonto, porque cuando me cambió a la primera fila de pupitres empecé a aprobarle los exámenes. Fue él quien habló con el Hermano enfermero y le dijo que yo estaba cegato. En el dispensario, el Hermano me mandó tapar sucesivamente los ojos, y me hizo leer unas letras que había dibujado con tiza blanca en una pizarra de mano. Me hizo caminar desde el dintel de la puerta hasta poco más acá de su mesa, donde ya fui capaz de leer sus garabatos. Escribió en una hoja de su libreta un permiso que me permitiría salir del colegio al día siguiente para ir a la óptica; lo hizo con un bolígrafo mordido que llevaba entre los dientes a modo de cigarro. Arrancó la hoja y me la dio. Pero no fui. No quería que los compañeros del internado me llamaran, también, cuatrojos. Ya me llamaban hijoputa, y paniaguado porque me apellido Paniagua, y seboso porque estoy gordo, y cara de luna porque tengo las mejillas picadas con cráteres de viruela, y marica porque soy incapaz de saltar el potro.

Pasados unos días, tal vez una semana, en el comedor, cuando ya estábamos de pie dispuestos para salir en fila de a dos, el Padre Director se subió a la tarima y tocó el pito para que guardáramos silencio. Pronunció mi nombre. Trescientas cabezas se volvieron hacia mí. Dejé de mirar las teselas verdes de la columna y volví los ojos a la figura negra, borrosa, que seguramente también me estuviera mirando. Caminé despacio por los pasillos que discurrían entre mesas corridas, con la cabeza gacha hundida entre los hombros, moviendo el cuerpo a los lados como un pato. Me sudaban las manos, pero en la rabadilla sentía un frío repentino como si me hubiesen metido un carámbano. Seiscientos ojos clavados en mi cogote, sin parpadear, divididos entre la compasión por mí de los pequeños y la ira de los mayores, mascada entre dientes, contra el cura manco. Comparecí en su presencia. Me preguntó si había desobedecido al Hermano enfermero. Musité un sí dirigido a sus zapatos negros. Con su única mano me subió la barbilla, levantó el único brazo, dibujó un arco y me dejó las huellas de sus dedos marcadas en la cara. Cuentan que el otro brazo, el derecho, se lo tajó de un sablazo un oficial, días antes de caer Madrid, porque se negó a darle la comunión a un soldado que cumplía de francotirador. El oficial cogió el brazo del suelo, sacó de entre los dedos la hostia y se la dio de comulgar al soldado.

Después de la bofetada, el Padre Director estuvo un tiempo moviendo la mano en el aire, como si le quemara. No había conseguido derribarme, aunque en mi oído silbaba un pitido agudo que venía de dentro y, su sotana se difuminaba a intervalos con el mismo ritmo que el latido de mis sienes. Era el primero en mucho tiempo que no derribaba de un tortazo. El último que lo consiguió fue Bienvenido Sanromán, decían que trastabilló a un lado y al otro, pero se mantuvo erguido. Nunca más le volvió a poner la mano encima. Bienvenido era de los mayores, un señor de Preu. Cuando salimos al patio, Bienvenido vino a mi encuentro, metió la cabeza entre mis piernas, me alzó a  hombros y me dio una vuelta al patio convocando los oles y los aplausos de toda la chiquillería. Lo de sostenerme de pie, nunca fui capaz de explicármelo, sería por mi peso, o que por instinto tuve la precaución de abrir las piernas o, tal vez, es que tenía los muslos muy gruesos. Como dos columnas jónicas, decía mamá cuando en el probador de los Almacenes Carrión me calzaba los calzoncillos largos de felpa; los mismos de los que hacían burla los internos, por las noches, antes de que se apagara la luz, a la diez en punto. Concluida la vuelta al ruedo, Bienvenido, con el dedo índice cruzando los labios, mandó callar a la concurrencia. Hecho el silencio, anunció con un vozarrón áspero: El que vuelva a llamar hijoputa a éste, le doy una somanta de hostias.

A partir de ahí, todo fue bien. Salí solo del colegio por primera vez. En la misma plaza, en el puesto de golosinas que se acoda con la calle Principal, compré un cucurucho de pipas de calabaza. Al pasar junto a Correos sonreí porque me estaba fumando la clase de Chapete, y lo estaba haciendo con permiso. Chapete era un cura minúsculo al que le sobresalían las perneras de los pantalones por debajo de la sotana; cuando había tormenta nos hacía rezar el padrenuestro en francés, a cada trueno se agachaba mirando al techo como si le fuera a caer encima. Desde mi pupitre no distinguía los rasgos de su cara, pero me decían que fruncía los labios y apretaba los dientes mientras, con la mano, hacía la señal de la cruz. Fue durante una de las tormentas, en que se fue la luz, que salió corriendo del aula. Todos coincidieron en que se había cagado.

En la óptica la dependienta me trató con la misma deferencia que a una persona mayor. Después de escucharme, me tomó del brazo y me acercó hasta una silla. Sacó de una gaveta un armazón metálico, grueso, que montó delicadamente sobre el puente de mi nariz, luego deslizó suavemente las patillas para que encajaran en las orejas. El armazón tenía, a cada lado, varias monturas redondas como lupas, con un brazo que basculaba. Fue poniendo cristales con distinta graduación, hasta que leí con nitidez los guarismos más pequeños del letrero de enfrente. Antes de que me quitara aquel armazón pude ver con nitidez las minúsculas pecas de su cuello, los hoyuelos de su mentón, y un diente negro que desbarataba su sonrisa. Me dejó llamar por teléfono a mamá.

Mamá vivía en la misma ciudad pero trabajaba en una empresa que le exigía viajar constantemente, por eso estaba interno. Nunca se sabía si iba a estar en casa. Viajaba por toda la península y también al extranjero, a veces, me traía regalos de los que yo presumía. Hubo suerte, ese día todo salió bien, mamá estaba en casa y se pasaría más tarde a pagar las gafas. En una semana tendrás los ojos como recién nacidos, me dijo la dependienta a modo de despedida.

Por la noche nadie se rió de mis calzoncillos largos, ni me llamó hijoputa ni paniaguado; además, le gané la apuesta al Mozu, el más alto de la clase. Vencía el que no moviera ni un pie al recibir un bofetón del otro. Como era mucho más alto que yo, tuve que subirme sobre cuatro libros de historia, a modo de escabel. Cuando llegó el Padre vigilante todavía se pagaban las apuestas.

Hasta aquella tarde yo no supe que era un hijo de puta. Que tenían razón los internos y tenían derecho a echármelo en cara porque era verdad, mamá era una puta. Después de comer escuché la voz templada del portero por los altavoces: Paniagua acuda a portería. Llegué a la carrera creyendo que tenía visita. En la recepción no estaba mamá. Metí la cabeza por la ventanilla y pregunté. El portero tapó el micrófono con la mano y me dijo que habían llamado de la óptica.

La dependienta sacó de un estuche las gafas de un color ámbar como el de los peines, y después de limpiar los cristales cuidadosamente en su bata blanca, deslizó con las dos manos las patillas sobre mis sienes y las encajó tras las orejas. Me miré en el espejo que sostuvo frente a mí. Los vidrios eran gruesos y me achicaban los ojos. Ella me subió con el índice la barbilla, como había hecho el cura manco y, con el mismo dedo, retiró a un lado el flequillo que montaba sobre las gafas. Te favorecen, estás muy guapo. Al inclinarse para buscar en un cajón una toallita de limpieza, quedó al descubierto el inicio de sus senos. Mis ojos respondieron como imanes atrapados en un  campo magnético. Me sorprendió mirando. Dibujó con sus labios un amago de sonrisa, sin despegarlos para que la muela negra no la desbaratara. Ya erguida, me quitó las gafas, volvió a doblarse hacia adelante y, con los brazos acodados sobre el mostrador, me enseñó a limpiarlas; también me enseñó la doble convexidad que se engolfaba contra la botonadura de su camisa.

Fuera todo estaba limpio y claro, como si un viento afanoso hubiera despejado la niebla o un chaparrón hubiera lavado las calles. Al principio, el adoquinado del pavimento y los muros de las paredes parecían licuarse y ondeaban como olas. Ya me lo advirtió la dependienta, al estrecharme la mano: ten cuidado y vete despacio, los ojos tienen que acostumbrarse. Podía leer los letreros más lejanos: el del bar Quitapenas, el cartel de la carnicería La Baltrasa: Aquí se vende carne de caballo; el de la marquesina rojigualda del Bazar J que está al fondo, en la rotonda. Era como estrenar de nuevo todos los sentidos, hasta los murmullos eran más identificables. El mundo se había hecho más cercano de pronto, más abarcable y tenía los colores más vivos. Descifraba sin esfuerzo las matrículas de los automóviles y distinguía el color de los ojos de los transeúntes a cien metros, de hecho, podía apreciar hasta el desgaste de los puños y los cuellos de sus camisas. Descubrí también que las fachadas tenían una capa de hollín que deslucía sus colores arenosos, y que los balcones estaban manchados con churretes de herrumbre desprendido de las barras de sus verjas.

Al llegar al colegio, ya había terminado la clase de francés. Los compañeros corrían al patio en torbellino. Me acerqué a Chapete para enseñarle el permiso para faltar a clase. Mientras lo leía caí en la cuenta de que su cara bovina apenas tenía vello. Para mañana estudia el futuro imperfecto del verbo boire, me ordenó. El Mozu estaba a mi lado, esperando a que concluyera.

Hasta que no llegó al patio el Mozu no empezó el partido de fútbol. Nadie me llamó cuatrojos, ni hijoputa, ni marica, ni cara de luna. Sólo decían, pásamela Paniagua, no seas chupón. Jugué de medio centro, cacé el balón varias veces de las botas del contrario, hasta me atreví a driblar a dos jugadores y enfilé el balón, en diagonal, hasta los pies de un delantero. Me faltaba fuelle, estaba extenuado. Me recosté un momento contra la pared a descansar, desde esa posición podía ver a todos los jugadores como piezas de ajedrez, incluso veía las manoplas guateadas del portero del otro equipo de las que asomaba el dedo pulgar por un descosido. En el fragor del partido, el Mozu, que era muy bruto, le pegó al balón con el empeine y éste saltó por encima del muro.

Fue una estupidez, el que encajaba el balón iba a por él y si no se lo daban tenía que pagarlo, pero me sentía en deuda con el Mozu. Salí corriendo tras él. Al otro lado del muro había varias casas con patios que fueron corrales, por la trayectoria del balón ya adivinábamos en que patio podía caer. Las puertas principales de esas casas daban a una calle decente, pero las puertas cocheras de sus patios estaban detrás, en la calle de las putas. El Mozu accionó el picaporte con cuidado y empujó la puerta, no estaba trancada. Entramos con sigilo, fui yo el primero que vio el balón detrás del esqueleto de un coche de caballos, lo cogí presurosamente y salimos corriendo. De vuelta, el Mozu me contó que en los bares de luces rojas estaban las putas con la mitad de las tetas al aire, el mejor era el Eros, el que está al final de la calle. Nos asomamos, tenía la puerta entreabierta, estaba acolchada en terciopelo rojo, pespunteada con tachuelas que formaban figuras romboides. Nos asomamos. Había una puta fuera de la barra, de espaldas, sentada en un sillín alto, con una falda roja hasta medio muslo. Un hombre con el mono azul de trabajo y las uñas negras le sobaba el culo con una mano. Sobre la barra, junto a la copa de la puta, descansaba un paquete de Winston y, encima del paquete, un encendedor Zippo, como el de mamá. Al vernos en el zaguán, con nuestras caras embutidas entre el marco de la pared y la puerta, el hombre se quedó inmóvil. La puta volvió la cara. Tenía los ojos verdes de mamá, y una peca en la mejilla izquierda como mamá, y la boca chica y los labios carnosos, y una cicatriz en forma de herradura al lado de la comisura del ojo izquierdo. Eché a correr para que no me reconociera. Lloré y corrí. Me senté en los peldaños de granito, a la puerta del colegio. El Mozu se sentó junto a mí, en silencio, con el balón sobre las piernas. Me arranqué las gafas de la cara, las estampé con toda mi fuerza contra el suelo y las pisotee hasta que los cristales se hicieron añicos. El Mozu se levantó, cogió impulso y le dio tal patada al balón que brincó los tejados. Luego volvió a sentarse y me echó el brazo sobre los hombros.

J. Carlos

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5 Respuestas a “Miopía

  1. Lo habia leido por encima, pero hoy lo lei con detenimiento y lo he disfrutado.¡ pobre hijo de puta ! y que bien escribes. Enhorabuena.

  2. josefina estevez garcia

    muy logrado el clima infantil, la angustia del personaje, el recorrido entre el suponer y la certeza del ultimo instante al reconocer a su madre en su reciente estrenada maravilla “del ver mas y mejor”, un final para tener en cuenta, el romper las gafas quizá exprese el romper con la inocencia del no haber visto aún todo lo que la vida nos hace ver sin contemplaciones.

  3. Muy bonito texto, y muy agradablemente escrito.

  4. ¡Me encanta cómo escribes, qué maravilla! Es un placer. Muchas gracias

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