Ingeniería social

Ingeniería social

No sé si te tengo dicho que me dan pavor los pensadores que han creado religiones y/o filosofías sociales que han cristalizado. Suelen ser acreedores de millones de muertes, y consignatarios de gran parte del sufrimiento que media humanidad ha venido infligiendo a la otra media. Sus ideas están armadas en el plano teórico sin aparentes sofismas, se adornan con la vitola de las más altas virtudes humanas, agitan las emociones más primarias y los sentimientos más viscerales, y siempre aspiran a un futuro paraíso. Para desgracia nuestra, esos ingenieros sociales no llegan a ver, en toda su dimensión, los amargos frutos de sus experimentos. Sólo en el pasado siglo la doctrina comunista masacró entre media y una centena de millones de seres humanos, y la doctrina nazi se llevó por delante de cinco a seis millones en el holocausto, a lo que hay que añadir entre cincuenta y sesenta millones que sucumbieron en la guerra. Para muestra te he puesto sólo esos dos botones, pero hay otros ismos a menor escala que nos tocan más de cerca, que también se cobraron su proporción de víctimas: el franquismo, el salazarismo, el pinochetismo… Se podría concluir que, el trinomio: Doctrina, fanatismo y poder, termina igualándose con otro trinomio: Dictadura, maldad y muerte.

Desde nuestra perspectiva occidental nos suponemos por encima de adoctrinamientos y fanatismos y, después de lo sufrido por nuestros ancestros, creemos que nuestro sistema inmunitario está inoculado con la vacuna de la cultura, que presupone diálogo y empatía. Sin embargo, hay ingenieros sociales con una habilidad poderosa para agitar el espantajo de los agravios que derivan en nacionalismos identitarios o religiosos. Ahí tienes, sin ir más lejos, a Radovan Karadzic y Slobodan Milosevic, que causaron cien mil muertos y cerca de dos millones de desplazados con la guerra de Bosnia. Su doctrina se basaba en una limpieza étnica. Sucedió en el corazón geográfico de Europa y en la última década del pasado siglo. Le sucedió a gente de distintas etnias y diferentes religiones que habían convivido muchos años pacíficamente Gente, en su mayoría, cultos y tolerantes.

Hay otras escalas de ingeniería social, mucho más sofisticadas y menos burdas de las que te he escrito hasta aquí, que también producen daños y sufrimiento. Mucho menos cruento, incomparablemente menos cruel, también más difícil de cuantificar y asociar a una causa. Se basa en el mismo trinomio: Doctrina económica, fanatismo (fe ciega en sus postulados) y poder para implantarla, que se iguala con el otro trinomio: Dictadura (capitalismo salvaje), maldad y destrucción del estado del bienestar.

Milton Friedman acuñó la doctrina de que el capitalismo rendía sus mejores frutos si se dejaba campar por sus respetos a los mercaderes, de manera que sus decisiones se adaptarían a la ley de la oferta y la demanda, y ésta determinaría los precios “justos” de las cosas. En ese contexto de libertad total, el mercado se convertiría en el juez supremo y perfecto que premiaría a los buenos y castigaría a los malos. Por obra de birlibirloque no habría posiciones dominantes, ni dumpings, ni monopolios u oligopolios, ni  trampa ni cartón. Todo perfecto. Imitamos a la naturaleza y siempre gana el macho alfa. Con este bagaje, Friedman y sus Chicago boys desembarcaron con sus ideas en el Chile de Pinochet -que ya es contradicción: libertad total del mercado en una dictadura militar-. Allí el fracaso de sus postulados fue inmediato y patente, pero los aprendices de brujo, a veces tienen suerte, sobre todo si se hacen dueños y señores del relato.  Reagan y Thatcher intuyeron que el gigante de la Unión Soviética tenía los pies de barro, bastaba con darle un empujoncito y se desmoronaría como un catillo de naipes. Cuando los trabajadores del mundo se quedaron sin su único argumento frente al capital, aquel que rezaba: Reparte derechos y beneficios sociales o llamo a mi primo el de Zumosol; le faltó tiempo al capitalismo para quitarse su careta y abrazar las ideas de Friedman. Por mejor decir, no es que abrazara las ideas de este sujeto, es que ya tenía el poder omnímodo para implantar su teoría, la de siempre. Sólo le faltaba adoctrinar al respetable en el fanatismo del mercado perfecto, y para ello sí le servía el relato amañado de Fredman y sus Chicago boys

El capitalismo salvaje se ha ido implantando sucesivamente en EEUU, Reino Unido, Rusia, en la dictadura China… Ahora nos lo están imponiendo en Europa. Poco importa que le desenmascares, que le demuestres que la pretendida libertad de mercado es un camelo, que su verdadera y única ley es socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. No contentos con hacernos trampas saduceas, se permiten el descaro de gestionar mal sus emporios y, en vez de declararse en quiebra –las más de las veces fraudulenta-, nos endosan sus deudas para que las paguemos a escote. ¡Genial! Lo más sangrante es, que nos intentan convencer con conceptos de lo más pedestres: La culpa, dicen, es de de la crisis que de pronto aparece como una plaga bíblica, es el fatum, el destino, el Deux ex machina. El mercado es perfecto, sus actores y gestores infalibles, sus leyes justas… Y nosotros, imbéciles. Sí, para ellos, somos imbéciles, y no les falta razón. Si no, explícame cómo es posible que el 1% de la población mundial detente tanta riqueza como el resto de la humanidad. –Stiglitz dixit-

Así que: Cuando los políticos a quienes has votado recortan tus derechos laborales y tus prestaciones sanitarias y la educación de tus hijos; cuando te rebajan el salario y tu jubilación y la cuantía de la prestación de desempleo; cuando te suben los impuestos y te alzan los precios; cuando te están metiendo la mano en la cartera hasta dejarte tieso; cuando te inyectan el miedo en vena un día sí y otro también; están engordando las fortunas de ese 1%, del que forman parte o aspiran a formar parte esos mismos políticos, y están reforzando el cordón sanitario para que ese grupito permanezca aislado e inmune ante el virus del estallido social.

Y así pasan los días, esperando que llueva café en el campo. O lo que es lo mismo, a la espera de que salgamos todos a la calle y estallemos. Tal vez, entonces, y sólo entonces, se den cuenta de que no necesitamos a ningún primo de Zumosol para reponer la justicia y equilibrar la balanza.

J. Carlos

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