Analogías

Analogías

Hay analogías que se convierten en pura metáfora. Empezó agosto con las narices del Borbón olisqueando el suelo del Estado Mayor de la Defensa. El mismo día, y casi a la misma hora, como si el destino gastara una broma macabra –que diría Sabina- se desplomó la bandera roja y gualda que mandó izar Aznar hace unos años en la plaza de Colón de Madrid. Se constató que no cayó al alba ni con tiempo duro de levante… Dicen que fue por culpa de la gaza que sujetaba el cabo al mástil, que aquí somos de buscar culpas ajenas y echarlas, como se echan los huesos a los perros. Así que al Rey lo levantaron sus edecanes, y la bandera fue enarbolada por los bomberos y reanudada por el Ejército. Y no hubo más.

Otras analogías son más previsibles. A medida que avanzaban los días de agosto, los mercurios, como si participaran en los juegos olímpicos, se pusieron a batir marcas. Secuelas: Los suelos ahítos de sed se cuartean, los ríos se difuminan en arroyuelos y los arroyos muestran impúdicos la osamenta de sus cauces. Los bosques, asesinados por pirómanos, arden en una pira funeraria, mientras los pantanos se evaporan como el bienestar, y el viento del sur nos en ciega con el polvo del desierto. Entretanto, la lluvia, cobarde, se ausenta.

En esas estábamos, buscando sombras, arrastrando nuestros pies, despacio, para no perder el líquido elemento por los poros; en silencio, para ahorrar saliva. Y llegó Gordillo con sus huestes, afanó unos carros en el supermercado y dio el campanazo mediático. Que es callarse los políticos y a los medios se les seca el verbo. Este buen hombre papea del contribuyente desde hace más de treinta años, milita en un partido que participó, como los demás, en el saqueo sistemático de las Cajas de Ahorros y, a mayor abundamiento, su partido gobierna en coalición, en Andalucía, junto a “compañeros” que se inyectaban mis impuestos, en las venas propias y en la de sus amiguetes y familiares, con la jeringa de los Eres. Así vamos, de contradicción en contradicción, encontrando analogías.

Y, ¿qué me dices de los ministros?:

Los de la cosa económica, Sres. de Guindos y Montoro, desaparecen del mundanal ruido por unos días y la prima de riesgo se desploma. No busques analogías, simplemente, sobran.

La Sra. Ana Mato, a la sazón gestora de la sanidad pública, se descuelga con que los gastos sanitarios de los “sin papeles” los va a facturar a sus países de origen. Si no tienen papeles, ¿cómo sabrá la ministra a qué país ha de facturar? Sé de buena tinta que en Zambia están muy preocupados porque si no pagan les mandará al hombre del frac. En su descargo te diré que esta mujer es muy despistada, ni siquiera se enteró de que en el garaje de su casa tenía un Jaguar; nada, una fruslería que La Gürtel le regaló a su marido.

Mientras el fuego dejaba reducida a cenizas el 11% de la superficie de la Gomera, en la mayor catástrofe medioambiental de las últimas décadas, el Sr. Arias Cañete, ministro del ramo de la silvicultura, disfrutaba de una corrida de toros y, suponemos, se fumaba un puro.

Puestos a buscar analogías entre palabras expelidas por esa boquita y capacidad mental, la palma se la lleva un tal Fernández Díaz, ministro de la Policía, otrora azote de Rubalcaba por el soplo del Faisán. El tal Fernández es más plano que un tablón y eso de la Inteligencia, los policías infiltrados en bandas terroristas y otras minucias, le suena a chino. Eso sí, es ponerse delante de una cámara, encenderse el pilotito rojo y le entra el calentón. Diecisiete años llevaba la Policía, diecisiete, trabajando en el caso de Publio Cordón. A algún subordinado se le ocurrió detallarle las pesquisas al ministro, para qué quieres más, le faltó tiempo para desembucharlo todo. El juez Bermúdez le ha abierto diligencias por revelación de secreto. No ha salido aún de un atolladero y se mete en otro, el caso Bolinaga. Va y dice que si no lo excarcela será reo de prevaricación. Esta vez hasta los suyos le han dado más cera que la que arde durante toda la Semana Santa Sevillana. No hace falta ser abogado, basta con leer el artículo 104 del Reglamento penitenciario para advertir que la afirmación del ministro es falsa de toda falsedad. El Reglamento dice que “los penados enfermos muy graves con padecimientos incurables (…) podrán ser clasificados”. Como no hay dos sin tres, se presenta ante los medios, nos desvela todos los entresijos del caso de los niños de Córdoba, seguramente quemados por su padre, y de una tacada consigue: Poner de vuelta y media a la Policía científica por un posible craso error cometido, desmadejar toda la instrucción dejando al juez a los pies de los caballos, y no contento con tanto desatino, ordena que el Comisario que ha llevado la investigación, comparezca en todos los programas de Tele 5 para ponerles en bandeja toda la carnaza que llevan once meses rapiñando. Convendrás conmigo que este ministro está haciendo oposiciones para ser el próximo presentador de Sálvame. Hablando de analogías, ya es mala leche, quemar a los hijos en una finca de sus padres que se llama Las Quemadillas.

La madre de todas las analogías agosteñas es el banco malo. Ayer,el ex banquero Sr. de Guindos, puso la guinda a la tarta que nos van a arrojar a nuestras narices, cuando afirmó, muy ufano él, “que garantizaba que no iba a tener ningún coste para el ciudadano”. Es la estafa del tocomocho: Los contribuyentes ponemos la pasta y el Sr. de Guindos crea en nuestro nombre una sociedad pública que se queda con las estampitas de la banca quebrada (Bankia, Banco de Valencia, Cataluya Caixa, Novagalicia, etc.). Hagamos cuentas:

Estas entidades tienen activos tóxicos del ladrillo (por créditos a promotores, constructores y particulares) por un mínimo de 100.000 millones de €. Pongamos que los tienen legalmente bien dotados, lo que es mucho suponer, sus provisiones alcanzarían el 37%. Si les “obligaran” a ponerlos en venta, todo lo que liquidaran por un precio inferior al 63% sería pérdida y quebrarían. Por consiguiente esa sociedad pública tendrá que pagarles nada menos que un 63%, cuando su valor real puede que esté por debajo del 40%.

Les chutamos en el balance deuda por 100.000 millones de € a pagar en quince años, al 3%. Esto es, les pagamos con dinero contante y sonante 3.000 millones de € al año. Y al concluir el decimoquinto año les devolvemos el capital. Suma: 145.000 millones de €. Ten en cuenta que a nosotros el mercado nos presta al 7%, esto es, si España coloca un importe igual de deuda e idéntico plazo, ha de pagar 7.000 millones de € al año. Suma: 205.000 millones de €. Diferencia: 60.000 millones de €.

Nuestra sociedad pública –el banco malo- se queda con unos bienes –pisos, solares y otros- cuyo valor actual es, como mucho, de 40.000 millones de €. Hemos de contratar y pagar a una caterva de gestores –que serán mamandurrios de los políticos de turno-. No podemos malvender ahora porque el mercado no nos daría más del 40%, así que los próximos quince años hemos de: Concluír las promociones que están a medias, contratar seguridad privada para evitar robos y destrozos, pagar los impuestos de suelo y vuelo cada año, hacer frente a los costes de las reformas y el mantenimiento debido al subsiguiente deterioro, sufragar las costas de los activos litigiosos, ingresar las cuotas de administración de fincas, y de comisiones de venta, etc.

Y, lo más grave, mientras soportas bajos tus hombros los costes de unos activos improductivos y varados, éstos actuarán en el factor precio como un boomerang que se volverá contra tus narices. Al reducir la oferta, las bajadas de  precio pasarán a mejor vida. Con lo cual, españolito que pensabas que el precio de la vivienda en el futuro se iba a acompasar a tu salario, te equivocas de medio a medio: A resultas del banco malo que pagas con tus impuestos y sacrificios, estás cerrándote la puerta de una vivienda futura a un precio asequible.

¿Quién gana? Los de siempre: ladrilleros y ladrones.

Malditas analogías, siempre terminan por tocarnos las narices.

J. Carlos

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