Lecturas

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Antaño, en el mundo rural, el verano era la estación de más quehacer. Cuando los soles de junio secaban la mies, el labrador afilaba las hoces, las guadañas y las cuchillas de las segadoras. Luego se sucedía un trajín que no cesaba hasta bien entrado septiembre: Segar, acarrear, trillar, aparvar, limpiar, guardar el grano en las paneras y la paja en los pajares. Se trabajaba de noche y de día. El acarreo era nocturno porque el relente sujetaba el grano en las vainas para que no se desperdiciara inútilmente en la tierra. La trilla necesitaba la complicidad del sol que deshidrataba la planta para que las lascas del pedernal del trillo cortaran los tallos y desgranaran las espigas. No se paraba en verano, ya fuera domingo, día de labor o fiesta de guardar.

Ahora, cuando estamos tan alejados del orden natural de las cosas que el horizonte del trabajo y del ocio suele ser una pantalla de ordenador y un móvil, hemos conquistado el verano como una ínsula Barataria que nos dan para gobernar durante unos días. Abandonados a la pereza decretamos un interregno en nuestras obligaciones, suspendemos sine die nuestras rutinas cotidianas y, lo que es peor, aflojamos nuestras entendederas… Y, claro, se aprovechan. Mientras ponemos nuestras mantecas al sol, o sesteamos frente a la adormidera de la televisión, suben los precios, incrementan el Iva, despedazan la sanidad y la educación y diluyen nuestros derechos ciudadanos.

Sí, yo también caigo en la trampa y aquí entono el mea culpa. En mi descargo te diré que atempero la adormidera de la televisión con alguna película y que cuando pongo las mantecas al sol siempre tengo en las manos un libro.

Esta es mi cosecha del verano:

Domingo Villar es un escritor novel, gallego, guionista, debutó en la novela con Ojos de Agua. Tuvimos ocasión de analizarla en la tertulia. Brillante para ser una primera novela, refleja muy bien el costumbrismo de una ciudad de provincias como Vigo y construye, con la urdimbre típica de la novela policiaca, unos personajes arquetípicos pero a los que sabe dar vida propia y dotarlos de una cierta complejidad. Por eso me animé a leer su segundo trabajo, La playa de los ahogados, donde sigue la labor de construcción del inspector Leo Caldas y su segundo, Rafa Estévez, éste mucho más deslavazado y poco creíble. Nos sumerge en una trama de vaivén, como las olas, con las también típicas pistas que no llevan a ninguna parte o que nos desdibujan el camino. Es un libro más hecho, con más oficio que el primero; sigue con sus descripciones costumbristas, metiéndonos de lleno en los ambientes marineros, en los bares, en los pueblos, en la idiosincrasia gallega y desarrolla la trama con maestría, aunque los pesos de la misma no están ponderados a lo largo de la novela. Hechura muy lograda, pero demasiado calcada a Ojos de agua; da la sensación de haber encontrado un molde que trata de reproducirlo en serie; tan es así que sigue con su “costumbre” de tomar el vocablo más importante del capítulo y comenzar éste con la acepción de aquel.

La suite francesa de Irène Némirovsky me la regalaron por mi cumpleaños, pero fui demorando su lectura en el tiempo, hasta que quién me la regaló  me preguntó si me había gustado y tuve que confesar que la tenía pendiente. Después del tácito reproche lo aupé sobre el montón de lecturas en espera, al igual que hacían -¿hacen todavía?- los corruptos con los expedientes de quienes les sobornan. Irène murió gaseada en Auschwitz, pero antes dejó un legado a sus hijas, una maleta con el manuscrito dentro. Pasaron  sesenta y dos años hasta que vio la  luz. La novela disecciona con precisión de bisturí la condición  humana cuando se ve sometida al cataclismo de la invasión nazi. La huida de París es un fresco deslumbrante donde cabe la necedad, el egoísmo, la grandeza, la miseria moral, hasta el humor. El territorio va cayendo en manos alemanas a la misma velocidad con que se va deshaciendo el orden establecido, aunque caben heroicidades y cobardías, amores entre verdugos y víctimas, ajustes de cuentas… La vida se restablece y se recompone con esa plasticidad que tiene la especie para adaptarse, para reinventarse. El milagro literario es que, Irène que durante la elaboración de la novela sufría en sus carnes la ordalía nazi, escribe un relato distante, objetivo, creíble, sin disonancias, como un notario que diera fe de los comportamientos tanto de las víctimas como de los verdugos, sin concesiones a la épica o al sentimentalismo. Tal vez por ello y por su impecable capacidad narrativa resulta un testimonio mucho más valioso que cualquier sesudo libro de historia.

Confieso que Javier Marías al que había leído Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí y Tu rostro mañana, me resulta pesado. Se hacen difíciles de digerir sus novelas. Sus monólogos perpetuos, que son como ensayos que osifica en un esqueleto con forma de mínima trama, te obligan a releer permanentemente, salvo que te metas el libro entre pecho y espalda de una sola tacada. Su escritura es como un sacacorchos, va dando vueltas y vueltas sobre una misma idea hasta descorcharla como una botella. Resulta cansino, repitiendo sinónimos como si fuera incapaz de explicarse, acudiendo a lugares comunes y perdiéndose, a menudo, en diatribas insustanciales. Sin embargo, volví a caer en la trampa con Los enamoramientos. Y fue un acierto. Novela solida, con una trama que da la sensación de que vas descubriendo al mismo tiempo que el propio autor, como si la construyeras tú mismo. Las escenas son costumbristas, muy de nuestro tiempo, con personajes bien perfilados para que el lector empatice con ellos. Claro, es Marías, y no te libras de las disquisiciones/meditaciones/cincunloquios que supura con ese estilo tan suyo,  como si escribiera un ensayo sobre la inmanencia, siendo que en la mayor parte de los casos son lugares comunes y reflexiones banales. Pero es justo decir que consigue componer un retrato aseado de las pasiones humanas, el amor, la traición, la amistad… Y siempre, como una constante, la pérdida de los seres queridos.

Almudena Grandes me tuvo rendido como lector incondicional durante muchos años, hasta que me vendió Castillos de cartón, al precio de una gran novela. No era más que un cuento largo, previsible y más cojo que una silla de dos patas. Además, me sonrojan sus posicionamientos personales próximos al sectarismo y sus colaboraciones en El País semanal a modo de pseudo fábulas en blanco y negro. El lector de Julio Verne llegó a mis manos en forma de regalo, en tapa dura, envuelto en celofán, con su estuche de cartón y con un cuadernillo de notas. No era cuestión de desairar al obsequiante. Este es el segundo tomo de una obra extensa, Episodios de una guerra interminable, emulando a Galdós, y como él, quiere mezclar realidad y ficción en una mixtura novelada. Tiene una capacidad narrativa envidiable, construye personajes con hondura sicológica y arma los argumentos con precisión relojera. Desde la primera página te mete en la atmósfera de un pueblo de la serranía de Jaén y vas transitando de emoción en emoción, las más de las veces duras y despiadadas, a través de los ojos de un niño, que vive en el cuartel de la Guardia civil y que va descubriendo las distintas caras del poliedro hasta tomar partido. Descubre los gritos de los torturados que se cuelan por las paredes del dormitorio en las noches, descubre las traiciones, la maldad, el miedo, la cobardía, descubre la pobreza de sus primos que le roban hasta las botas, descubre que su padre tiene que ganarse el pan aunque esté en el lugar equivocado. Descubre los secretos y los guarda. Descubre la otra realidad en los libros, en la ética de los del otro bando, en su sufrimiento, en su solidaridad… Lástima que, como es habitual en ella, los personajes detestables son planos y los buenos rozan la santidad.

Yo confieso de Jaume Cabré está propuesto para la próxima tertulia. Ya habrá tiempo de analizarlo en profundidad. Sólo quiero dejar aquí cuatro pinceladas. Es una obra total, redonda, perfecta. Es Gran literatura o, como decía un amigo, Literatura en estado puro. Aunque transcurre en la Barcelona de la posguerra, se desarrolla a lo largo de seis siglos con argumentos que se entrecruzan y se superponen en un plano continuo. Cabré es un orfebre que traba los flujos del relato como si engastara diamantes en una pulsera. Con una facilidad que pasma pasa de una época a otra, de una escena a otra, de un lugar a otro sin solución de continuidad. Maneja la primera y la tercera personas en el ámbito narrativo cambiando el registro en la misma línea sin despeinarse. Los objetos se consustancian con las manos por las que pasan, y se transforman en testigos cruciales de la maldad. El personaje principal es Adriá, un humanista que padece el mono del coleccionismo. Le cuesta socializar con sus semejantes pero no puede vivir sin los objetos que han sido testigos de otras vidas. Carga con el lastre de la culpa de la maldad que conoce y de la que va descubriendo. En esencia, es un estudio de la maldad que impregna todas las épocas, dejando secuelas como el sentimiento de culpa, o el  remordimiento. No falta la historia intensa de amor, la soledad, la amistad, los perjuicios, los malentendidos… En suma toda la escala de las emociones humanas y sus contradicciones, diluida en una carta póstuma al amor de su vida, hasta vaciarse por dentro.

Ya vas conociendo mi debilidad por la divulgación científica, y digo bien, divulgación que viene de vulgo, porque ni mi formación ni mi capacidad dan para más. Por eso este verano he leído El ladrón de cerebros de Pere Estupinyà. Pere fue colaborador de Eduard Punset en el programa Redes, consiguió una beca de estancia en el MIT junto con otros nueve periodistas, y fruto de aquella experiencia fue un blog que publicaba en El País, Apuntes desde el MIT y este libro. Está escrito desde el entusiasmo y consigue transmitirlo, pero en su afán de promulgar todas sus experiencias y conocimientos ha elaborado un totum revolutum que adolece de estructura y solidez. Lo mismo habla de epignética, que de la dicotomía ciencia/Dios, que del valor de los artículos científicos o de la oxitocina y el enamoramiento. Se nota la falta de un editor. Si dejamos a un lado ese pequeño caos y nos enganchamos a cada capítulo como si fuera un texto independiente, lograremos entusiasmarnos con el autor y recorrer una camino que nos desvela parte de los últimos avances científicos: El cerebro que ahora empieza a estudiarse a sí mismo y descubre que, posiblemente, las decisiones las adopta el inconsciente segundos antes de que el consciente crea haberlo decidido. El universo y la materia oscura y la búsqueda de exoplanetas. El futuro de la epidemiología, la neurociencia, la biología, la epigenética, la eugenesia… Para resumir, dos conclusiones y una frase: Primera: Que los avances en la ciencia ya no son cosa de héroes individuales, requieren la colaboración de las distintas disciplinas científicas. Segunda: Estamos viviendo la época más fructífera en avances y conocimientos científicos y, lo que está por venir promete ser aún más interesante. La frase es la que les dijo el Director del programa, Boyce Rensberger, al llegar al MIT : “Rascar donde no pica”, es decir, abrid la mente a nuevas inquietudes y explorar otros intereses intelectuales.

J. Carlos

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Una respuesta a “Lecturas

  1. Se le echaba de menos… Y más en estos tiempos oscuros…. Un saludo

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