Angostura

ANGOSTURA

 El taxi deja atrás el edificio del Parlamento. Rodamos por Västerlanggatan flanqueados por banderas azules con la cruz amarilla que cuelgan de los mástiles en las ventanas. Delante viaja Erik con su sombrero de paja blanco; yo estoy sentado detrás, entre Ingrid y Carmen, con la boca seca y el cerebro hirviendo por lo de anoche. Erik con la cabeza vuelta, en un castellano muy limitado y seco, balbucea la historia de Gamla Stand, la ciudad vieja de Estocolmo. En la esquina de una calle peatonal que desemboca en la plaza Stortorget nos apeamos. Ingrid pasa la mano por la cintura de Erik, la toma del brazo derecho y dan unos pasos de baile sobre la acera, la coleta rubia pendula sobre su espalda. Dos viandantes se han parado y aplauden. Carmen acerca su mano a la mía. Se me eriza el vello como si me hubiera rozado una fiera. La retiro.

Calles estrechas con edificios granates, más mástiles con banderitas azules. Gente que ha salido de las tinieblas del invierno y que pasea con ropas blancas y amarillas y azules para tomar este sol cansino. Ingrid y Erik caminan cogidos por los hombros, como dos bueyes. Cierran los párpados y miran al sol. Nosotros, cinco pasos por detrás, ignorándonos. La calle, sinuosa como un laberinto, se va cerrando.

―Allons ―nos apremia Erik agitando la mano.

Carmen trota hacia ellos, la melena castaña resbala sobre sus hombros desnudos. Erik, sin soltar a Ingrid, la toma del brazo y le da un beso en la mejilla. Sigo, rezagado. Las paredes de la calle parece que van a converger. La marea de gente camina sin orden, tropieza. Se me revelan las certezas: No sé por qué accedí a conocer Estocolmo y hospedarnos en casa de su ex, ni por qué anoche acepté el intercambio de parejas. Tampoco sé por qué le prometí que dejaría de escribir para preparar las oposiciones.

Me esperan los tres para entrar juntos en Stortorget. Erik acaricia la barbilla a Carmen, le dice algo al oído. Ésta se vuelve hacia mí e intenta tomarme de nuevo la mano. Rehúso.

―¿Qué te pasa?

Guardo silencio.

Miro los edificios estrechos con fachadas pintadas de teja y de albero, tienen tres filas de ventanas, las hay coronados por semicírculos y, otras, rematados por trapecios como retablos de iglesia. En medio de la plaza los tulipanes rojos se inflaman por la luz. Están plantados en jardineras redondas hechas con duelas de cuba de vino.

Erik habla arrastrando las consonantes:

―En este plaza, en año quince veinte, un rey daneso, Kristian II invita a señores nobles. La fiesta por tres días. Un después da orden de cerrar puertas y cortar sus 82 pescuezos. El suelo como el color de las flores.

En un escaparate, enfrente del Borsen, donde los académicos eligen cada año al premio Nobel de literatura, se refleja la imagen de Carmen. Saca un pañuelo del bolso colgado al hombro, mete un dedo y se lo pasa por la comisura del ojo, luego viene hacia mí y me agarra del brazo.

―Háblame, por favor. ¿Se puede saber qué te ocurre?

Callo.

Seguimos caminando, las calles se estrechan. Ingrid y Erik delante con las manos enlazadas, en silencio. Entramos en la callejuela Marten Trotzigs Gränd. Si pusiera los brazos en cruz tocaría ambas paredes. Carmen se para cuando estamos a punto de alcanzar el primero de los noventa escalones. Grita:

―Vale ya. Dime algo.

―¿Sabes? ―le contesto señalando a Erik― No me puedo quitar de la cabeza a ese tío desnudo sobre ti. Ni esos ojos de perra en celo con los que le mirabas.

―Julio, anoche aceptaste el juego. Y tú lo hiciste con Ingrid.

―No, no fui capaz ―le digo, todavía con la voz calma― Cada vez que abría los ojos os veía enredados sobre la alfombra y la sangre se me subía a las sienes.

Carmen estira los labios con una risa fingida, me echa los brazos al cuello.

―¿Sabes? ―le digo― Erik ve en aquellos tulipanes la sangre de hace quinientos años y yo, si te miro, veo en tus pupilas el reflejo de él, desnudo y blanco.

―Por favor, no seas niño. Nosotros estamos por encima de esas cosas.

Me suelto del abrazo, subo los escalones de dos en dos, a grandes zancadas. Adelanto a Erik. Me borbotean los recuerdos de la pelusilla rubia de sus brazos y sus piernas abarcando la geografía de crestas y valles de la piel de Carmen. Me vuelvo, pongo los brazos en cruz sujetando las paredes. Grito:

―Y no quiero ser notario, ni tener un chalet con prunos y almendros. Ni volver a ver esos ojos llenos de pelusillas rubias y carnes blancas.

Salto escalones de tres en tres. Las paredes convergen, Baja una señora con sombrero blanco, tirando de un caniche, pega la espalda a la pared para que no la arrolle. Tropiezo con el perro, trastabillo de una pared a otra y me rasguño el brazo. Sigo corriendo hasta la boca de la calle. Por fin salgo a la avenida. Atrapo unas bocanadas de aire. En el brazo brillan unas gotas de sangre. Camino hacia el Skepsson, el muelle donde están atracados los barcos que zarpan a Noruega. Al fondo, el dios del mar. En el horizonte, el agua.

               J. Carlos

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