Frio

Frio

Cada vez que abren las puertas de Siberia en Europa nos congelamos. Los medios magnifican el frio, al igual que magnifican las noticias económicas, las diatribas políticas o el último eructo de la satrapía de los Ruíz Mateos.  Los periódicos tienen que hacerse valer para salir todos los días con sus resmas de papel en forma de cadáveres de árboles liofilizados. Parecen brontosaurios luchando en los kioscos para ver quién tiene el grito más largo y quién vende un número más. Las televisiones amarillean y se envilecen rastreando en la basura como mendigos; está en juego el reparto del mercado menguante de la publicidad que les regaló Zapatero robándosela a la televisión española y privándole de su medio de subsistencia. En breve decretarán una tasa que nos sustraerán de nuestros bolsillos a fin de que la Tele 5 de Berlusconi y la Antena 3 de Lara, sigan elevando la ola de frio a noticia del siglo y tratando la visita de Jesulín a Andreita como un acontecimiento universal.

La memoria es frágil y engañosa. Albergamos la creencia de que todo lo que nos sucede es extraordinario. Somos los más felices según y cuándo, pero también somos los más desdichados según y cómo. Por eso de niños recordamos que pasábamos mucho más frio. ¿Dónde vas a parar? Salían sabañones hasta en las orejas. Nos olvidamos que las casas no tenían calefacción. No queremos recordar que las ropas que vestíamos carecían de las fibras, usuales a día de hoy, que retienen el calor y permiten la traspiración. Relegamos el hecho de que ahora pasamos de la casa al ascensor, del ascensor al aparcamiento, de ahí al coche, del coche al trabajo…, siempre dentro de una burbuja de aire caliente. La mayoría vivimos en ciudades soladas de asfalto, al abrigo de edificios robustos que palian los vientos, rodeamos de máquinas que queman carburantes y emiten calorías a la atmósfera. No me fio de la memoria.

Juraría que en los inviernos de la niñez la hierba verde vestía una alfombra blanca y tenaz que no levantaba en tres meses. Los charcos y las lagunas criaban láminas gruesas de carámbano por las que nos deslizábamos utilizando como patines las suelas de nuestras botas. El barro de las calles, esculpido por los neumáticos de las ruedas de los tractores y por las huellas de los cascos de las caballerías, quedaba petrificado bajo un sedimento leve de escarcha, donde un paleontólogo podía estudiar los restos fósiles y los huevos de los insectos del último verano. En los inviernos de mi niñez llevábamos estufas de hoja de lata con cisco encendido a la escuela, junto con la cartera y la enciclopedia Álvarez.

Y, sin embargo, en los termómetros del planeta se inflama el mercurio y asciende en la escala como un reptil de platino. Según los climatólogos, este calentamiento global desencadena fenómenos meteorológicos extremos que son causantes de catástrofes, tornados, huracanes, lluvias torrenciales… y, también, temporales de frio y nieve.

Pero el temporal de frio se extiende por otras latitudes, más allá de las meteorológicas. Me produce tiritona la extinguida primavera árabe que se ha convertido en un invierno austral. Aquellos jóvenes de los países musulmanes que pretendían salir del oscurantismo medieval y que se embarcaron en revoluciones sociales, ofreciendo sacrificios de vidas humanas en los altares de la democracia y la dignidad; sufren hoy el rigor helado del islamismo. Esquemas autoritarios donde imperan leyes injustas basadas en creencias, sin libertad, sin dignidad para las mujeres, sin equilibrio de poderes, sin… vida digna. Cambiaron los collares pero siguen los mismos perros.

Siento escalofríos cada vez que veo a los mandamases europeos recetando dosis de miseria para combatir la miseria misma. Se constituyen en homeópatas que recetan pequeñas dosis del mal para combatir lo peor, y les sigue una caterva de sabihondos economistas aplicando en sus escritos las purgas de Benito. Son muy liberales en sus homilías pero siempre nos toca a otros tomarnos la medicina del paro, del recorte en educación, en sanidad, en prestaciones básicas, en derechos laborales. Lo de predicar con el ejemplo es un eufemismo para ellos. Si al menos hicieran como Rasputín, que se chutaba pequeñas dosis de arsénico cada día en la creencia de que sería envenenado con dicha sustancia.

Me castañetean los dientes cuando leo que las redes sociales dan pábulo a viejos dogmas y ven incrementada su visibilidad. Me refiero a las pseudoreligiones, homeópatas, fabuladores de ovnis, echadores de cartas, nigromantes, creacionistas, vividores de las terapias alternativas, profetas, parapsicólogos, curanderos, milagreros, conspiranoicos varios, sanadores, mercaderes de osarios, vendedores de pulsiones magnéticas, proveedores de  estampas y relicarios, negociantes en apariciones, poseedores de estigmas, sacadineros de percepciones extrasensoriales, doctrineros del fin del mundo, capitalistas del misterio, estafadores del más allá, funambulistas del alma, marchantes del miedo, estraperlistas del dolor ajeno, aprovechados de la incultura…  Y ocurre justo cuando la ciencia se populariza y la gente del común está más preparada que nunca antes para distinguir las patrañas urdidas por carroñeros.

Se me congelan las entretelas oyendo a los flamantes ministros del nuevo gobierno, poniendo sobre la mesa el peso de los votos para meternos en el túnel del tiempo, y embarcarnos en un retroceso social y económico sin parangón. Van a cristalizar en el carámbano de los tiempos muchos de los derechos y libertades conquistados, como si fueran fósiles que estudiarán futuros paleontólogos. Y van a reescribir la historia echando paletadas de tierra a lo que huela mal y, al resto, le asperjarán agua bendita y ventearán con el incensario vaharadas de incienso en nuestra cara. Ya lo han hecho con Fraga.

Pero para frio la nieve copiosa y persistente de los nueve mil parados que cae cada día sobre nuestras conciencias.

Ya te digo, hace un frio que pela.

J. Carlos

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