Psicopatías

Psicopatías

Es cierto que en cuanto se lee algo sobre psicopatías, uno tiende a ver su expresión manifestada con nitidez en aquellas personas que menos le gustan, o que le han hecho o le hacen sufrir. Nos ponemos a repasar los rasgos característicos de un psicópata y nos viene a la mente, de forma inmediata, la personalidad de aquel jefe que era un cabrón con pintas, la de aquella mujer que nos dejó tirado como un escupitajo, la de aquel amigo que no nos devolvió el dinero que le prestamos y, encima, va por ahí poniéndonos verdes y aireando los trapos íntimos que un día aciago le contamos…

Es evidente que nos dejamos llevar por nuestras emociones y por nuestro propio ego que, por cierto, se auto limpia y da esplendor cada vez que nos resulta fallida una relación personal o profesional. De ahí que, el propinar las características de psicópatas a nuestros enemigos suele ser, a menudo, un prejuicio; es decir, una forma racional de mantener a salvo nuestro ego y nuestra autoestima. Y, sin embargo:

¿Quién no ha tenido un jefe egocéntrico, maleducado, que interactúa con sus subordinados como si fuesen objetos, que los utiliza para conseguir sus objetivos y se apropia de sus ideas y trabajos sin el menor escrúpulo?

¿Quién no ha lidiado con directivos sin la más mínima empatía, con un narcisismo rayano en la locura, que toman decisiones dañinas para la empresa, los clientes y los trabajadores, sin el menor remordimiento y sólo dirigidas a satisfacer sus intereses personales?

¿Quién no conoce a dictadores megalómanos, con un cierto poder de seducción, que manipulan las mentes, con una capacidad innata para captar las debilidades del prójimo y utilizarlas en su propio y exclusivo beneficio. Sí, me refiero a esos que ponen en marcha mecanismos para sojuzgar a sus ciudadanos –a veces los asesinan también- sin el más mínimo escrúpulo moral ni democrático?

Para nuestra fortuna y la de la humanidad entera, ya existe un escáner que lee la zona del cerebro que contiene nuestras intenciones, antes de realizarlas, y permite ver la actividad del cerebro ante determinados estímulos. Se sabe que los estímulos relacionados con las capacidades de empatía se sitúan justo encima de los ojos, en el lóbulo prefrontal. Es, según los neurólogos, el órgano ejecutor del cerebro, pero no sólo toma las decisiones, sino que también evalúa la ética o moralidad de las mismas. En los escáneres realizados a psicópatas esta zona permanece apagada –sin estimulación eléctrica-, de forma que no hay conexión entre el sistema límbico -área que regula las emociones-, y el lóbulo prefrontal. Es más, tampoco tiene actividad eléctrica la amígdala que se encarga de procesar las emociones, la agresión y la violencia. En suma, el cerebro de un psicópata no le previene si es ética la acción que va a realizar y, por si fuera poco, la amígdala tampoco le avisa del sufrimiento que vaya a causar al prójimo la decisión que adopte. Carecen de empatía.

¡Cuídado! Hay determinados avances en medicina que los carga el diablo al igual que las armas. No saquemos conclusiones precipitadas. Por esa vía del determinismo genético podemos caer en el pozo del ideal fascista de, “condenar a priori” o “eliminar” a las personas que, al menos teóricamente, son más propensas a cometer delitos; o caer en la trampa del neoliberalismo que, consistiría en hacer un mapa genético de cada individuo y fijar, por ejemplo, sus tasas sanitarias en función de sus propensión a determinadas enfermedades y su coste futuro. Para tu tranquilidad te diré que también existen personas cuyos escáneres indican que, ni en la amígdala ni en el lóbulo prefrontal existe actividad eléctrica y nunca han roto un plato ni matado a una mosca. Uno de ellos es el neuroanatomista James Fallon, uno de los científicos que, curiosamente, más sabe de psicopatías.

Visto en perspectiva, es innegable, que nos gustaría que a Hitler, a Stalin, a Mao, a Franco, a Pinochet, a Gadafi, a Kino Jong-il, y a tantos otros, les hubieran hecho un escáner en su día, para analizar si sus lóbulos prefrontales y sus amígdalas estaban apagados o encendidos. Hoy, no sólo los científicos del ramo, sino cualquiera de los ciudadanos del mundo, también desearíamos saciar nuestra curiosidad y conocer los escáneres cerebrales de Hugo Chávez, Fidel Castro, Raúl Castro, Robert Mugabe, Omar Hassan al Bashir, Bashar al Assad, Mahmud Ahmadineyad… Me temo que la foto de sus zonas prefontal y de la amígdala aparecería tan negras como las noches de luna nueva. A este respecto, el psiquiatra polaco Andrew M. Lobaczewski ha estudiado lo que podíamos denominar la psicopatía social, o de cómo los psicópatas siembran la injusticia social y los medios con que se abren paso hacia el poder. Lobaczewski llama a esta enfermedad: Patocracia. Y escirbe: “Durante el transcurso de la historia de la humanidad, ha afectado a movimientos sociales, políticos y religiosos, al igual que a las ideologías que la acompañan… Esto ocurrió como resultado de… la participación de agentes patológicos en un proceso patodinámico similar. Esto explica porqué todas las patocracias del mundo son, o han sido, tan similares en sus propiedades esenciales.”

No quisiera caer en el determinismo y exigir a los gobernantes de los países, a los máximos dirigentes de movimientos sociales y religiosos, y a los presidentes de grandes corporaciones, la presentación de los escáneres de sus cerebros, al igual que se les exige cierta transparencia en sus patrimonios, sus impuestos o sus emolumentos. Ya te digo, se empieza por ahí y se termina creando guetos y patocracias; justo lo que queríamos evitar. Lo apunta el refrán, el infierno está empedrado de buenas intenciones. Y sin embargo…

¿No sospechas, como yo, que adolecen de una preocupante falta de empatía la mayor parte de los prebostes de Wall Street y de las grandes corporaciones multinacionales, los Merkozy y sus adláteres, algunos de los pilotos que navegan por el proceloso mar de las finanzas patrias, varios regentes de las empresas que forman el puzle del Ibex, ciertos dirigentes de nuestra patronal, al menos una centena de los que nos gobiernan, un sinnúmero de ilustres economistas de salón y algún miembro de nuestra Magistratura?

¿No sospechas, como yo, que hay zonas del cerebro de esos ciudadanos que nunca han visto la luz?

¿Serán psicópatas? ¿Estarán enfermos de patocracia?

¡Qué miedo! No lo digo por la ciencia. La ciencia no me da miedo. Ellos sí.

J. Carlos

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