El patio de Monipodio

El patio de Monipodio

Hace unas décadas los españolitos tuvimos que rascarnos nuestros menguados bolsillos para pagar la continua fiesta de los dirigentes mafiosos del fútbol. El dinero fresco que había huido de nuestro peculio, palió la bancarrota de muchos clubs y serenó el mercadeo humano de jugadores que, por vergüenza, contuvo sus precios desorbitados durante un par de añitos. Sofocada la culpa por el mero trascurso del tiempo, lo jugadores, esos becerros de oro que tienen la habilidad de hacer magia con una pelota, volvieron a comprarse y venderse, como se compra y vende el ganado vacuno o el bovino, con cifras que mareaban. Ignorante de mí, pregunté a un conocedor de ese singular mercado, si los precios se formaban como en las lonjas de los puertos, esto es, exponiendo la mercancía limpia de rémoras sobre una pila de mármol inclinada para que escurra el agua y, fijando el precio mediante la libre puja en pública subasta. “Que va –me dijo-, es el propio comprador el que pone el precio, varios millones por encima de lo que pida el vendedor, porque cuánto más caro le cueste al club que preside, más comisión se lleva”.

¡Qué triste es perder la inocencia! Desde que aquel conocedor del mercado de carne futbolística me abrió los ojos, cada vez que me tropiezo con una obra pública me tiento el bolsillo y no puedo menos que echar cuentas sobre el valor real y el coste. Es poner la suela de los zapatos sobre la losas de granito, como de nichos funerarios, de la Gran Vía y entrarme ese desasosiego aritmético. No te digo cuando cruzo con el coche los túneles de la M-30 o, si pasando por Cibeles se me ocurre levantar la vista al antiguo Palacio de Comunicaciones. Y si salgo de Madrid por las autopistas radiales, a ese desasosiego aritmético se le añade la evocación de aquellas escenas de película americana, en que el protagonista cruza con su coche el desierto de Arizona en la más estricta soledad.

Si viviéramos en una dictadura se podría pensar que, enterrar el dinero en obras faraónicas, tenía por objeto saciar la megalomanía del Dictador y, con ese entretenimiento, saciaba su sed de sangre. Como no es el caso, y siendo que no se hicieron estudios previos sobre su viabilidad económica, que las desviaciones sobre los presupuestos de partida son abisales y que los sistemas de adjudicación han sido, cuando menos, opacos; sólo cabe colegir que ahí hay alguien que ha pasado el cepillo. No hay inteligencia, por larga o corta que sea, que alcance otra explicación más razonable a la ristra de aeropuertos vacíos como el de Castellón, Ciudad Real, Lérida, Huesca, León…; estaciones de AVE desiertas; tranvías varados, como el de Jaen; obras mastodónticas como La Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia, el puerto de A Coruña, la Ciudad de la Cultura en Santiago, el puerto deportivo de Laredo, la Línea 9 del metro de Barcelona, el Estadio Olímpico de Madrid, las Setas de la Encarnación de Sevilla, el Hospital Universitario General de Asturias…

A tal punto ha llegado mi confusión mental que, veo la cara de un Presidente de Comunidad Autónoma o un Ministro y los confundo con un tal Del Nido. Si plantan la foto en el periódico de un Consejero de obras públicas me parece estar viendo a Lopera. Y el rostro de algún alcalde me recuerda el vivo retrato del infausto Gil y Gil. Total, que una cosa lleva a la otra y me entra como un desasosiego. Porque a mí el fútbol ni fu ni fa, pero me tienen explicado que, el dinero que se amasa con el polvo del ladrillo lleva a la Presidencia de los clubs de fútbol, del mismo modo que el exceso de testosterona lleva a las casas de putas. Y una vez allí, en el palco, se mercadea y se medra, como antiguamente los señorones mercadeaban y medraban en los casinos. Para tu conocimiento te diré que, en aquel entonces, los casinos de postín tenían habitaciones ad hoc, con una señorita o señorito –según los gustos- a la espera de que el señor tuviera a bien terminar la partida o la tertulia.

En este patio de Monipodio en que han convertido el solar patrio, la maquinaria policial ha puesto en bandeja a los jueces los casos en los que, o bien la sensación de impunidad de los políticos delincuentes, o bien su atraso mental, han ido dejando más pistas que el Dioni. Estas últimas semanas, dos Presidentes de Comunidad Autónoma han coincidido en el banquillo de los acusados. El de Valencia, porque eran tan cutres las conversaciones de Francisco Camps y de Ricardo Costa con El bigotes, y la sustancia de los trajes, relojes y caviares Beluga tan de trincones de barrio que, ni empurando a Baltasar Garzón para cargarse la instrucción del sumario de la Gürtel, se salvaban. En el caso de Baleares es que la mierda rezumaba por todas las esquinas y era incontenible. Pero ha sido impagable verlos y oírlos, los poderosos desnudos, como en una jaula de cristal transparente. Te digo que los bonobobos, enjaulados, se comportan con mayor dignidad que el tal Camps. No me extraña que su jefe dijera en su día: ¡Que tropa! Lo que más me preocupa no es ni lo que han trincado, que después nadie devuelve; ni el mal ejemplo a la ciudadanía; ni siquiera es mi mayor preocupación las honradas empresas que hundieron porque no se atenían a sus componendas y comisiones; lo que más me preocupa y sonroja es que denotan un nivel mental muy justito, de andar por casa y poco más. Ya no te cuento el índice de inteligencia de Francisco Javier Guerrero, a la sazón, Director General de trabajo de la Junta de Andalucía, que se esnifaba el dinero de los ERE, junto con el chófer oficial, en noches de lujuria y desenfreno. A éste sujeto la inteligencia no le da ni para pasar el día, aunque tal vez sea suficiente para pasear por el cuadrado de una celda vestido de rayas -o como coños los vistan ahora- de por vida. Y, ¿qué me dices del yerno del Rey, el Sr. Ignacio Urdangarín? Monta una fundación sin ánimo de lucro para llevárselo crudo, acude a lo fácil, a los gestores de lo público que están deseando codearse con las testas coronadas y sus adláteres. Pasa facturas de a treinta mil euracos el folio. Como saquea tanto pero no se fía del estado, cuya Jefatura ostenta su suegro, se lo lleva a paraísos fiscales. Le pillan con las manos en la masa y su suegro lo exilia a Washington, con ochocientos mil euros que salen de los bolsillos de los accionistas de Telefónica, le manda sofocar su cleptomanía y le avisa de que ha dejado muchos rastros de sus fechorías; aún así, sigue trincando. ¿Tanto embriaga el olor del dinero o, tan irrisoria es la justicia de este país que le estimula la sensación de impunidad o, es que simplemente es tonto?

Si Cervantes levantara la cabeza nos diría que ni su fructífera imaginación daba para tanto. Ya se sabe que la realidad siempre supera la ficción.

Propongo ponerles una cámara pegada al culo a todos los políticos, como si vivieran en una jaula de cristal transparente. Es verdad que caeríamos en la cuenta de la cantidad de enanos mentales que pululan en esa profesión, pero, al menos, no trincarían.

Estos lodos vienen de aquellos polvos que han ido levantado pacientemente los políticos de todo signo y condición: Se han cargado al funcionariado, al socaire de que suponían un obstáculo a sus decisiones y una rémora para sus políticas cortoplacistas. Han confundido el estricto sentido del deber y la sumisión a la ley de la función pública como un perjuicio y una deslealtad a sus decisiones políticas. Los han despreciado, vejado, les han reducido el salario e incrementado la jornada. Han sido el chivo expiatorio, el enemigo externo que se han buscado los políticos de turno para seguir medrando –en esto se ha empeñado mucho y ha obtenido un excelente resultado Esperanza Aguirre-. Les han enfrentado al ciudadano común y, especialmente, al parado, tildándolos poco menos que de vagos y maleantes. Les han colocado por encima a una caterva de asesores  y cargos de confianza -amiguetes del partido sin otro criterio que el “sí buana” y cobrar un suculento sueldo de alto cargo a fin de mes-. Incluso se han entrometido en los ascensos de los funcionarios, antes reglados, con plazas creadas ex profeso y con un perfil que se adapta como un guante al funcionario afín ideológicamente. Como dice el catedrático de Derecho Constitucional Francisco J. Bastida: “Este modo clientelar de entender la Administración, en sí mismo una corrupción, tiene mucho que ver con la corrupción económico-política conocida y con el fallo en los controles para atajarla”.

En suma, los políticos, se han quitado de en medio los controles que frenaban su codicia y ahora pueden robar sin que salten las alarmas. Para cuando alguien quiere y puede meterles mano, imputan a un juez por intentar destapar la trama corrupta, y los demás jueces reciben el aviso para navegantes. Tras la imputación vendrá la condena y, lo que es peor, la anulación de las pruebas del trinque. No me extraña, pues, la sensación de impunidad que les invade.

Asistimos, pues, impávidos al espectáculo del robo de nuestras carteras y, para mayor escarnio y vituperio, nos dan una sonora patada en el culo, al tiempo que, mandan a tomar por ese mismo sitio nuestros derechos laborales, sanitarios y educativos. Al final va a resultar que los bonobobos somos nosotros.

J. Carlos

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