Disonancias

Disonancias

En mayo de 2010 el Sr. Zapatero se cuadró como un buen soldado, puso su mano derecha extendida en ángulo agudo sobre la sien y, antes de que le ordenaran descanso ya estaba acatando las órdenes de la Mariscal Merkel y de su lugarteniente Sr. Sarkozy. De resultas, nos apuntó a los españoles con la metralleta del B.O.E. y apretó el gatillo con el dedo índice, con la misma indolencia con que se rascaría el botón de la barriga. Las ráfagas hicieron diana en las nóminas de los empleados públicos, lastraron las pensiones de los jubilados, pulverizaron la inversión pública del estado, dieron de pleno sobre la ayuda al desarrollo, hirieron de gravedad el gasto farmacéutico y sanitario y mataron el cheque bebé. Más tarde, pertrechado ya con granadas de mano, fue tirando de sus anillas con el mismo dedo índice y con la misma indolencia con que se rascaría las nalgas, y fue arrojándolas sobre los enemigos “del socialismo”: causó lesiones de gravedad al gasto social, la metralla agujereó el corpus social de los derechos de los trabajadores y la onda expansiva se llevó por delante la progresividad tributaria (aplicó el tipo reducido sobre sociedades a cuarenta mil nuevas empresas, incrementó desde ciento veinte a trescientos mil euros el primer tramo de base imponible para aplicarle el tipo reducido y generalizó la libertad de amortización de las inversiones en el Impuesto de sociedades). Después, como el hombre iba sobrao y se sentía como un héroe nacional que había de entregar su vida –política- por España, con profuso derramamiento sangre sobre el campo de batalla, tomó el lanzallamas del Decreto-Ley y llameó, con la subida en dos puntos del IVA, la justicia distributiva de los impuestos reduciéndola a ceniza. No voy a entrar aquí en el daño que estas decisiones de un rampante ultra liberalismo, rayano en la ideología de que hace gala el Tea Party, han causado a la economía española y a su propio partido, al que los ciudadanos le han hecho un Ere de casi cuatro millones y medio de votos. Lo único que quiero destacar es que el ejemplo de Zapatero se acomoda como un guante a la teoría que elaboró el psicólogo social León Festinger en su A Theory of Cognitive Dissonance. Se trata de la disonancia que sentimos cuando dos actitudes, o una creencia y una conducta, entran en conflicto. Según el autor, cuando el sujeto mantiene al mismo tiempo dos pensamientos excluyentes entre sí, o un comportamiento que entra en conflicto con sus creencias, “se esfuerza en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, llegando, incluso, a un cambio de actitud o de ideas ante la realidad”. Es por ello que los seres humanos estamos predispuestos a prestar atención a aquella información que confirma nuestras creencias e ignoramos aquella información que las refuta. Pero Festinger restringía la disonancia al ámbito personal y, sin embargo, en mi humildísima opinión de lego en la materia, me atrevo a apuntar que, esta teoría es también aplicable al ámbito colectivo. A las pruebas me remito: no conozco a ningún militante socialista que regalara a sus conmilitones agua de colonia para apartar de sus narices el olor fétido que exhalaban las medidas de Zapatero.

Item más, a lo largo de los últimos siete años y medio hemos oído al Sr. Rajoy y a todos sus adláteres vituperar cualquier medida de subida de impuestos. Era nombrarle la bicha delante de una cámara y enarcar las cejas, fruncir el ceño y quedársele un gesto como el de aquel cura exorcista que gritaba levantando el crucifijo sobre el exorcizado: “Va de retro Satanás”. Si hasta en el debate de investidura del veinte de diciembre próximo pasado, Rajoy negó la mayor. Fue investirle, jurar el cargo, nombrar ministros y reunirles en Consejo… Y toma impuestos. ¡Ah!, y sólo es el inicio –Soraya dixit-. Habemus pues, disonancia personal: Escucha en este enlace a Rajoy, Santamaría, Montoro, de Guindos, González-Pons y Cospedal, y dime si no es pura disonancia.

http://www.youtube.com/watch?v=uqDNOfTHbc8.

Sin embargo, en aras de apuntalar mi teoría estimo que, es constatable empíricamente que también habemus “disonancia colectiva”, ya que ni los militantes del PP, ni los medios que arropan al nuevo gobierno se extrañan de tan anormal comportamiento, ni siquiera “se esfuerzan en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí”. ¿Para qué?, ya tienen un chivo expiatorio universal: La culpa es de la herencia recibida: una ruina social y económica –Fátima Báñez dixit-. De las Comunidades y Ayuntamientos que ya gobernaban no se habla, y menos ahora que los reyes magos le han traído el juguete de los números y, ya se sabe, el papel lo aguanta todo.

Convencido como estoy de haber hecho esta nueva aportación a la ciencia de lo que podríamos conceptuar como “disonancia colectiva”, no puedo menos que comulgar con Festinger y admitir con él que lo de las disonancias personales es un drama. Mira si no el pobre Carlos Fabra, que es la disonancia personificada. Todos los años le toca la lotería; digo yo que te toque una vez, o dos, o tres, debe ser abracadabrante, pero que te toque siempre, ha de ser tan cansino como comer sólo jamón de por vida. Además, va el hombre y manda construir un aeropuerto en su pueblo, con el dinero del prójimo que para eso manda, y como no llegan aviones invita a los de a pié a que se paseen por las pistas. ¿Quién no ha soñado con pasear por el aeropuerto de Shipol o el de FK, o el de Fiumicino, con los brazos desplegados como alas y corriendo por las pistas flanqueado por sus fanales modernos de luz halógena? Para colmo de desgracias se hace erigir una estatua de 25 metros de alto con un avión por sombrero, que seguramente será el primero y el único que aterrice en Castellón en muchos años, y antes de plantarla ya le robaron dos dedos y un brazo valorados en 38.000 €. Ahora que está ya plantada, siendo que el cobre se ha encarecido tanto y estando allí sola en aquel paraje tan moderno pero tan inhóspito, ¿quién la cuidará?, ¿cómo podrá dormir cada noche este gran benefactor de la humanidad pensando que le pueden sajar tres dedos, o arrebatarle el cordón de un zapato, o birlarle el billete del sorteo de la lotería que el escultor esculpió dentro del bolsillo derecho de la chaqueta y que, como siempre, resultará agraciado?

Ya ves que soy débil con las disonancias ajenas. Por eso me preocupa en demasía esa madre, y reina para más señas, que se pasea por Washington arropando a su hija, la princesa y a su yerno, el duque. Esa madre que, de creer a Pilar Urbano, se le dulcificaban los labios hasta el empalago hablando de las bondades de Urdangarín: “Es bueno, bueno… buenísimo y con un altísimo sentido moral”. Esa madre que lee o escucha cada mañana, cada tarde y cada noche las hazañas de mafioso de barrio del consorte de su hija, padre de sus nietos. Esa madre que admiraba el palacete de Pedralbes, ese nidito que costó por encima de seis milloncejos de nada. Esa madre que creía que la riqueza le crecía al duquesito como le crecen los callos en las manos al artesano o al agricultor. Es un fastidio que Festinger se muriera en 1989 y no le pueda aconsejar a nuestra reina sobre en qué ideas y creencias nuevas ha de depositar sus afanes para conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, constituyendo una cierta coherencia interna. Porque ver a un yerno en la cárcel es un trago pero a todo nos acostumbramos los mortales del común, pero que una reina tenga que ver a un “yerno real” en la trena y asistir al subsiguiente terremoto en la testa coronada y en la por coronar, es una real disonancia. Sólo así se entiende el estrepitoso error de aparecer en unas fotos arropando a Urdangarín, intentando, tal vez, pasar el incensario de madre real para que el hedor no fuera tan fuerte. Hay olores que no sofocan ni los perfumes elaborados para la realeza con las esencias más exclusivas y sofisticadas. Si uno no proviniera de tan baja alcurnia me atrevería a aconsejar a Su Majestad la reina que, seguramente, sólo hay una manera de atajar la disonancia que le aqueja: Cambie de opinión y atrévase a pensar que se equivocó en sus apreciaciones sobre el duquesito. No sé si su Excelencia conoce el principio de la Navaja de Ockham, también denominado principio de economía o de parsimonia, que se atribuye a Guillermo de Ockham –siglo XIV-: “La explicación más simple y suficiente es la más probable”. Atrévase a pensar, pues, que su yerno es un chorizo y prepárese para aguantar el terremoto en la testa de su marido y en la de su hijo.

J. Carlos

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