Flores frescas

FLORES FRESCAS

El jarrón de Sèvres de la abuela se hizo añicos sobre el parqué del salón. Una nube de polvo quedó suspendida en el aire y una capa irregular de ceniza, salpicada de fragmentos de cerámica, componía un cuadro insólito sobre el suelo y parte de la alfombra persa.

Al ver el estropicio, Raquel se derrumbó sobre el butacón de piel, agachó la cabeza, estiró el pañuelo de seda azul que la cubría y maldijo al gato siamés que le habían regalado sus sobrinos para que se le levantara el ánimo. Se quitó las gafas oscuras, hincó los codos sobre las rodillas y con ambas manos se tapó la cara. Le venció el llanto, sosegado.

Cuando retiró las manos de la cara, el gato la miraba con sus ojos azul turquesa desde el pasillo. Lo llamó pero permaneció sentado con la cabeza erguida, expectante; sin duda, temía alguna represalia por haber tirado el jarrón con las cenizas de la abuela. Se preguntó qué sensación le causaría su imagen abatida por la quimio y pensó que hasta al gato le resultaría vieja y patética. Se incorporó para mirarse en el espejo de la entrada, el gato clavó las uñas de las patas traseras para impulsarse y dio con el lomo en el recodo del pasillo en su huida. Inconscientemente los labios de Raquel se estiraron en una sonrisa. Pero en el reflejo de su imagen en el azogue estaban ya fruncidos. La decisión que había comunicado al doctor Calatrava en la última sesión de no volver y dejar que la enfermedad siguiera su curso era, obviamente, la más correcta.

Ella había exigido que las cenizas de la abuela descansaran en el jarrón de Sèvres, en contra de la opinión de su hermano Emilio que quería enterrarlas en el cementerio de la Almudena. “Papá y mamá lo habrían querido así”, alegaba su hermano, pero Raquel se negó en rotundo. Había vivido casi cuarenta años con la abuela y la necesitaba. Emilio no lo entendía, los hombres no entienden nada. Se había quedado sola. Era su abuela y su madre y su amiga y una parte de sí misma. Vivía en su casa, tenía sus cosas y hablaría con sus cenizas como hablan los niños a sus amigos invisibles, pero los hombres no entienden nada. Al final, Emilio claudicó: “Haz lo que se te antoje”. Así que plantó el jarrón de Sèvres en la repisa de la chimenea y no hubo día sin conversaciones, no hubo horas sin confidencias, no hubo noches sin memoria y, últimamente, no hubo palabras sin miedos.

Del segundo cajón de la cómoda sacó un cepillo de la ropa, de la vitrina del comedor tomó el recogedor de plata de migas de pan, después quitó las flores secas del búcaro de cristal de bohemia, lo enjuagó y lo limpió con un paño de algodón. Era mejor no pensar, había que hacer cosas, despacio, una detrás de otra. Se arrodilló y, con precisión de relojero, fue recogiendo hasta la última brizna de las cenizas de la abuela y vertiéndolas en el búcaro. Apiló los añicos del jarrón y con una brocha fue limpiando uno a uno sobre la embocadura de la vasija. Tenía la intención de pegar todos los trozos y recrear el jarrón para que todo permaneciera igual. De súbito descubrió, en uno de los fragmentos de los que formaban la base del jarrón, una llavecita de bronce pegada con una gota de silicona.

El ensamblaje de cada pieza le llevó más de tres horas. Tenía que descansar a cada rato, aunque el médico siempre le decía: “para tu estado tienes una vitalidad envidiable y eso es muy buena señal”. Algunas esquirlas eran tan ínfimas que se habían metido entre las rendijas de la madera del suelo. Aún así, el trabajo había sido excelente como el de un buen artesano. Durante todo ese tiempo, absorta como estaba, en armar el complejo puzle, no dejó de pensar ni un segundo en la llavecita de bronce. Había descartado, por ser demasiado pequeña, que encajara en cerraduras de cajas de seguridad, ni siquiera en cerraduras más pequeñas como las de cajas de caudales o de cajones. Cuando apenas le quedaban cuatro piezas que habían de rematar el cuello del jarrón, le vino a la memoria el bargueño toledano que siempre estuvo en el dormitorio principal.

Se fue a la cocina a comer un bocado de arroz cocido y un pedacito de merluza a la plancha. Llamó al siamés para darle la pieza del pescado, pero el gato no se acercó. Terminó de poner la cafetera en el momento en que sonaba el teléfono:

―Le agradezco el aviso, pero ya le dije al doctor que no me radiaría más, ni esta tarde ni nunca.

Se sirvió el café en la taza azul de la vajilla inglesa, como siempre. Lo bebió a sorbitos cortos. Cuando estimó que el pegamento estaría seco procedió a trasvasar los restos de la abuela desde el búcaro al jarrón. Sin pensar, una cosa detrás de la otra.  Lavó el búcaro y también las flores secas. Las embocó de nuevo, quedaron inertes, minerales, momificadas como ella, que también se estaba quedando seca, física y emocionalmente. Colocó el búcaro en el centro de la mesa de caoba del comedor y, después, con sumo cuidado, volvió a poner la pieza de Sèvres con las  cenizas de la abuela en mitad de la repisa del hogar. Todo volvía a su ser, incluso la sensación de náusea permanente.

Al meter la mano en el bolsillo para coger el pañuelo, sus dedos tocaron la llavecita que había encontrado pegada a la base del jarrón, casi se había olvidado de ella. “Este cansancio infinito termina hasta con la memoria”, se dijo en un susurro, mientras se incorporaba con dificultad. Caminó hasta el dormitorio, el gato le rehuyó de nuevo. Contempló el bargueño de nogal decorado al estilo plateresco con adornos de carey, hueso y marfil. Abrió cada una de las dos hileras verticales de cajones. Inspeccionó también la portada central. Tiró de los herrajes de las dos gavetas que coronaban la portada. No supo encontrar ningún secreto.

El resto de la tarde transcurrió bebiendo café y trasteando en Google acerca de los compartimentos secretos de los bargueños. Más de tres veces recorrió, cansina,  el pasillo hasta el dormitorio con la seguridad de que ya tenía la clave, pero el bargueño de la abuela no parecía tener secretos. Apagó el ordenador y se fue a la concina, apenas cenó una hoja de lechuga y dos rodajas de tomate.

La televisión era una sucesión de debates a gritos, series americanas y películas del siglo pasado. La apagó. En el dormitorio se desnudó para ponerse el pijama, la imagen del espejo batiente le soltó las lágrimas. Nadie te enseña a vivir con un cuerpo que te pertenece pero no es el tuyo. Abrió la puerta del armario con rabia, agarró una bata de seda y tapó con ella el espejo. Después se tumbó con la luz encendida, mirando el mueble toledano, esperando que le venciera el sueño.

Tuvo una idea, se incorporó de súbito y se quedó pálida, la sangre andaba más lenta que sus ideas. Permaneció todavía unos segundos sentada, luego, se levantó de la cama despacio y fue hacia el bargueño. Una de las gavetas centrales estaba abierta, tiró de ella, pero no salía de sus guías, tiró de la otra, tampoco. Probó a dejar una abierta y tironear de la otra. Salió de sus guías y quedó en sus manos. Detrás había una minúscula cerradura. “¡Eureka!”, exclamó en voz alta.

Introdujo la llave, dio media vuelta y se abrió una puertecita de unos cinco centímetros. Una chispa de luz azul encendió su rostro. Metió los dedos índice y anular y, hubo de ayudarse del pulgar para extraer una piedra de lapislázuli en forma de corazón. Cerró el puño con fuerza hasta hacerse daño con ella y soltó una carcajada. Hacía más de catorce meses que no reía. Se quitó el pañuelo de la cabeza, tomó la bata que cubría el espejo, se la puso y se fue hacia el salón. En el pasillo, el gato remoloneó a sus pies y la siguió.

Se pasó la noche frente a la chimenea charlando con el jarrón. Rememoró las supersticiones de la abuela. Recordó que le había regalado el corazón de lapislázuli el día que la iban a operar de anginas, pero para que surtiera efecto el hechizo y todo saliera bien, debía de encontrarlo por sí misma; tenía sólo siete años; lo encontró en la cesta de las labores de la abuela y el amuleto le aplacó los dolores. En la operación de apendicitis le costó dar con él, estaba  escondido en la caja del piano colgado sobre la cuerda del do. Ya de mayor, cuando el accidente de coche en que murieron sus padres, lo encontró debajo de la almohada al despertar de la anestesia.

En el jarrón de Sèvres anidaron las primeras luces del alba, el gato ronroneaba en su regazo y en sus ojos turquesa se reflejaba el corazón de lapislázuli que colgaba en el pecho de Raquel. Faltaban casi dos horas para coger el teléfono y llamar a la floristería para pedir flores frescas; después, llamaría al doctor.

J. Carlos

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Una respuesta a “Flores frescas

  1. Me ha gustado muchísimo J.Carlos y espero poder seguir haciendo “mudanza” en el futuro.Es como un punto y a parte en la velocidad y las prisas del dia a dia.Gracias..

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