Magia

Magia

Fueron Milton Friedman y sus Chicago-Boys quienes nos vendieron la pócima de que la liberación económica total conduciría a la democratización política y que había que dejar solos a los mercados porque crearían riqueza, quedando los Gobiernos limitados a la tarea raquítica de controlar la masa monetaria. De tal suerte que las fuerzas de los mercados cuyo vector es la máxima rentabilidad y su correlato el dinero, por obra de birlibirloque, se sumarían para crear una sinfonía de amor y concordia, y todos seríamos felices con un progreso geométrico en riqueza y santidad. Fuera reglas gritaron, para qué encauzar los ríos, que el agua circule por donde le venga en gana y que inunde mansamente a todos. Primero le compró sus emplastes de nigromante un  tal Pinochet, dechado de virtudes donde las haya; después fue Reagan quien abrazó este misterio mágico de que los ríos pueden discurrir sin cauce; le sucedió en las creencias milagrosas Thatcher y, finalmente, cuando el muro de Berlín cayó y el miedo al comunismo se fue diluyendo como un azucarillo en un pantano, se rompieron todos los amarres y el capitalismo se quitó su máscara de gestos dulces y delicados. Hasta los socialdemócratas se hicieron fervientes crédulos de la magia y dejaron que la dictadura de los mercados campara a sus anchas. Bueno, a sus anchas y con su connivencia, ya sabes, quid prodest

Estos magos del laissez fair, laissez passer, desconocen la teoría del caos que brillantes físicos y matemáticos han postulado ya hace tiempo, y sucedió que el vuelo de una mariposa, un leve aleteo, no más, en forma de hipotecas subprime en USA, puso en marcha varios huracanes en el sistema financiero, y terremotos económicos sucesivos que está dejando en los pañales de la miseria a millones de personas y con el agua de la indignación a la altura del cuello.

Los políticos pillados en su falsa inocencia, asustados porque sus votantes les dieran la espalda ante su credulidad en magias, emplastes y nigromantes, prometieron reformas de todo tipo, hasta gritaron que había que refundar el capitalismo. Lo primero, dijeron, es reimponer las reglas económicas de encauzamiento de los ríos financieros porque las virtudes de la libertad de mercados que nos vendió el mago Friedman se han transformado en una dictadura pantanosa que nos ha inundado de ponzoña. Lo segundo, alegaron, es retomar el gasto social para evitar un estallido y que sirve de estabilizador automático. Por último, consideraron básico, volver a gravar las rentas del gran capital y de las clases acomodadas porque las distancias sociales se habían hecho estratosféricas y la desigual redistribución de la riqueza era insana para la buena marcha económica, y con estos dineros nuevos alentar la inversión pública para crear empleo y dinamizar la economía. Cómo sería el canguelo que hasta los banqueros americanos reconocieron que necesitaban reglas para encauzar su natural codicia.

Hete aquí que hoy, los adivinos, videntes, creyentes, magos, nigromantes y visionarios renacen de sus cenizas y, cuando el tsunami financiero y la tormenta de la deuda más arrecian, elevan sus voces para repetir un mantra: “Austeridad y recorte social”. De nuevo el imperio de la magia se impone sobre el territorio de la razón. Abracadabra. Los mismos sujetos que rebajaron el precio del dinero por debajo de la inflación, los que a resultas de tamaña procacidad, daban créditos a precios libidinosos con hasta el 100%  ó 120% valor de tasación, o con la garantía de un suelo recién calificado y una licencia municipal de construcción, pasándose el análisis del riesgo bancario por su entrepiernas de viejos verdes, y concluyendo en un orgasmo de precios inmobiliarios que preñó la burbuja hasta que estalló hecha pedazos. Esos mismos sujetos que han creado una tormenta perfecta que ha barrido todos nuestros fundamentales económicos y sociales, que nos hacen creer como niños en brujas y deidades, vuelven  a endilgarnos sus creencias, a saber:

-Los culpables fuimos nosotros porque nos endeudamos en demasía.

-El gasto sanitario, en educación, en dependencia, en carreteras, en seguridad… es insostenible, que cada cual se pague lo suyo y, a lo sumo, caridad cristiana que al fin y al cabo abre las puertas del cielo.

-Han de subirse los impuestos insolidarios como el IVA, imponer tasas de repago en la sanidad y en la educación, rebajar pensiones e incrementar la edad de jubilación, restringir el gasto farmacéutico, olvidarse de la dependencia, etc.

-Seguir siendo los paganos de las subvenciones a las eléctricas, las constructoras, las empresas de autopistas, las automovilísticas, los colegios privados, las universidades privadas, la medicina privada, los medios de comunicación públicos, las fundaciones de los partidos políticos, las religiones…, etc.

-Es bueno y saludable el maridaje entre el poder político y económico, hasta hacer totalmente vicario el primero del segundo y viceversa.

-Debe compensarse con indemnizaciones millonarias a los ejecutivos de las Cajas de Ahorro por el esfuerzo de quebrarlas. Te advierto que es dificilísimo. Ni Mario Conde con toda su inteligencia logró quebrar Banesto y mira que le puso empeño.

-Hay que ponerle medallas al mérito civil con distintivo blanco a todos los directores de riesgos de la banca y a sus respetables jefes que les extendían cheques millonarios pos los objetivos cumplidos, por su brillante aportación a esta tormenta perfecta y al empobrecimiento masivo de la población. Y si un banquero es condenado debe haber un gobierno que lo indulte. Faltaría más, con  lo que ellos se sacrifican por el bien común.

-Ha de crearse un banco malo. En román paladino, que el estado se quede con los más de 186.000 € de activos tóxicos que tienen en su balance los bancos, pagando a escote todos los ciudadanos. Es la forma de que vuelva a fluir el crédito.

-Y cuando los políticos no sirvan ya ni para creer en magias, ha de entronizarse como Presidente del Gobierno a algún tecnócrata (se denomina así a la persona que ha tenido responsabilidades en banca y consiguientemente, conoce la máxima para enriquecerse él y sus colaboradores, y que consigue rescatarla como el bueno de la película en el último momento, eso sí, pagando a escote todos los ciudadanos). Véase el caso de Monti en Italia o de Papademus en Grecia.

Ahí están viendo pasar los huracanes de la tormenta perfecta que ellos provocaron, como la Puerta de Alcalá ve pasar el tiempo, y de la que se siguen beneficiando, enfrascados en elaborar sus antiguas pócimas y su emplastes, repitiendo el mismo mantra: “Austeridad y recorte social”.

Se presentan como bienhechores de la humanidad, nos hablan de Responsabilidad Social Corporativa, y desde sus yates y aviones nos sermoneen como los mulás desde los minaretes de las mezquitas. Ya se sabe,  cada cual se vende como puede y hasta las meigas tienen su público. ¿Han oído a un tal Arturo Fernández, el de los comederos del BOE, desde su flota de más de cien coches de lujo, hablar de derechos sociales?, si Dickens levantara la cabeza le dedicaba media página, que su estructura mental no da para más. Un mago, oiga, un prestidigitador de la palabra. Impagable.

Pero se me escapa la razón de que los comunes prestemos oídos y ojos a sus mágicas incompetencias. ¿Cómo puede ser bueno matar de hambre -no invertir, no cosumir- a una moribunda –la economía-? No encuentro una respuesta coherente. Tal vez, pregunto, ¿será el pasmo, la abulia y el abandono del ciudadano que asiste a un debate que cree lejano y estéril?, ¿quizás son los emplastos hechos con los ungüentos de la idea única y el letargo cerebral?, ¿acaso sea el hartazgo de reconocer que unos y otros parecen los mismos perros con distintos collares? Lo ignoro. Lo cierto es que han logrado imponer de nuevo sus ideas mágicas, alejadas de toda lógica. Desde casi todos los medios escritos, oídos y hablados, en muchas aulas de escuelas de negocios, desde la palestra de demasiadas cátedras universitarias, en las empresas y asociaciones empresariales, desde los cenáculos de muchos partidos políticos…, el mismo mantra: “Austeridad y recorte social”. Esto es, menos consumo, menos inversión, más paro, más deuda… Y vuelta a empezar porque habremos caído en la espiral perfecta: menos consumo, menos…

En el entretanto me voy a un chino a comprar una bola de cristal y me acercaré también a una farmacia para adquirir vaselina. El agujero ya está hecho, limitemos las consecuencias.

J. Carlos

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