Hermanastros

HERMANASTROS

La mujer de mi padre viene del otro lado del río y aportó otro hijo al matrimonio, se llama Martín, tiene la cara renegrida y los dientes pochos, y es mayor que yo. Tiene también todas las maldades de los que viven al otro lado del río. Por las tardes subimos al sobrao de casa porque tiene escondida en una hornacina, dentro de un puchero de barro roto, una petaca de cuero bruñido de tanto uso; allí guarda el tabaco que acopia de las colillas que tiran los hombres en el pórtico de la iglesia. Le roba a padre papel de fumar y es capaz de liar con una sola mano los cigarrillos que se fuma. Con el resto del tabaco me obliga a liar otros cigarrillos más fofos que luego vende en la escuela, y todo porque me vio encaramado en el tejado del pajar un domingo para ver cómo se enjabonan en el corral las hijas de Urbano, desnudas, con los pies metidos en un pozal, mientras su madre les echa el agua por encima de la cabeza con una regadera. Una de las tardes nos quedamos mirando al gato arisco que se ha traído de allá, está apostado en una barda de adobe que separa la pieza del trigo de la del maíz, con los músculos tensos y las pupilas picudas fijas en el único ventanuco que tiene los postigos abiertos para orear el grano y la matanza. Un pardal atraviesa el tragaluz, el gato despliega sus patas, salta, cierra las fauces en el aire y, antes de tocar el suelo, dos hilos de sangre bajan de sus colmillos.

A la gata que me regaló mamá antes de caer enferma la preñó el gato de Martín y ha traído una camada de seis. La mujer de mi padre nos manda a ambos que vayamos a tirar a la laguna de los Terreros a los cinco que sobran; sólo la Aurelia, la mujer del cojo, ha prometido quedarse con uno. ¿Cómo se puede ahogar a esas criaturas peludas que buscan en mis dedos la teta de la madre, que maúllan incansables, sin ojos todavía, moviendo la cabecita a los lados? Martín tira el primero como si fuera una piedra. Los maullidos se acentúan en el aire mientras abre las patitas en abanico. El choque con la superficie produce un ruido líquido y asciende una leve cortina de agua. Se sofoca el maullido y varias burbujas recién nacidas estallan. Cuando las ondas concéntricas rizan la laguna, cojo la cesta de los gatitos y salgo corriendo. Martín me persigue, al llegar a la era se abalanza y me tira, se pone encima de mí con las rodillas sobre mis antebrazos en cruz y forma una bola de saliva en sus labios que va estirándose, la vuelve a replegar y a estirar, hasta que vencida por el peso cae en mi cara. Recoge en la cesta a los gatos que han quedado desparramados sobre la hierba y se vuelve cantando hacia la laguna.

Por la noche soñé que Martín me tiraba a una laguna de saliva, empecé a manotear, sólo veía burbujas de aire encima y las olas concéntricas hinchándose como globos. Me faltaba el aire. Debí gritar porque su madre vino a calmarme. Ha de ser buena mujer, me estuvo acunando contra su pecho como si fuera un niño durante mucho rato.

Hoy domingo, como todos los domingos cuando pido en misa para el cepillo del cura, paso a su lado para que meta la mano en la bolsa, hace como que deja unas monedas, pero saca el puño cerrado y al despegar los labios para sonreír enseña la fila de dientes negros. Esta vez me ha exigido que le lleve una hostia para que comulgue su gato porque, según dice, es un putero que se tira a todas las gatas de la parroquia y está en pecado. La he traído envuelta en el pañuelo que me regaló la abuela por la primera comunión. Me obliga a presenciar cómo se la da de comer al gato. Éste la huele varias veces, después la coge entre sus garras y se la come en un santiamén. Todavía se relame mientras Martín está de rodillas haciéndole reverencias, encanado de la risa. Mira –me dice- ahora el gato tiene el cuerpo de Cristo en las tripas. Lavo a conciencia mis manos en la palangana. Antes he frotado con el pañuelo la baldosa en que cogió a Cristo con sus garras y se lo comió, al igual que hizo el cura cuando tropezó ante el sagrario y se le cayó el cáliz y las hostias salieron rodando.

Después de comer, la mujer de mi padre llama al médico cuando me ve sentado en el corral tiritando y con los pantalones sucios. Ha de ser buena mujer porque me lava el culo con su esponja, en vez de con estropajo, y me atusa el pelo hasta que viene el doctor. Tráigame un tenedor o una cuchara –le dice- y me hace sacar la lengua mientras la sujeta con el mango del tenedor, luego me pone la mano en la frente. No es nada –concluye- algo que le habrá sentado mal, basta con que se quede hoy en cama.

Mi padre se va a jugar a la taberna, su mujer sale para visitar a una hermana al otro lado del río, y Martín marcha con sus amigos a pescar ranas en las charcas. Me levanto de la cama, la habitación cabecea un poco como los barcos mientras me visto con la ropa de diario. En la alacena hay un muslo de pollo que ha sobrado de la comida, lo cojo. En la cuadra, encima del tapial para la paja, hay un saco de arpillera, me lo llevo. Después busco una cuerda en el cuarto de las herramientas. Durante más de una hora llamo al gato de Martín en el corral, en el sobrao, en el pajar, en el establo, incluso subo a los tejados con la escalera de mano. Cuando por fin aparece, meto el muslo de pollo en el fondo del saco y sostengo con mis manos la boca del saco abierta. Tarda en entrar el bicho, olisquea, toca con la patas la arpillera y se vuelve, alza los ojos hacia mí. Al fin puede más el olor de la carne que el miedo y entra. Cierro la boca del saco, doy tres vueltas al cordel y le hago tres nudos y doble lazada. Los bufidos son tan fuertes que he de dejar el saco en el suelo, parece que tiene vida propia, rueda para acá y para allá, dejando en el aire un olor a feromonas que me erizan el vello. Comprendo que con esos maullidos no podré salir de casa con la carga del gato al hombro. En las conejeras hay tablones de pino viejos medio desclavados, consigo arrancar uno y me lleva casi diez minutos golpear al bicho hasta el último estertor. Tapo la sangre a paletadas de estiércol y busco un costal de lona para que no se vea el saco ensangrentado.

De camino a la laguna, con el costal a la espalda, atravieso la era de Ursicino pisando la hierba de un palmo de alta donde crecen margaritas y violetas. De lejos se oyen los cencerros de los carneros pastando. Me duele la cabeza. Tomo carrerilla para lanzar el costal. El mismo choque con la superficie y el mismo ruido líquido pero más fuerte, la misma cortina de agua pero esta vez levanta casi medio metro. Sin maullidos. Una montonera de burbujas estalla como si hubiera cuajado un aguacero sólo en ese punto. Cuando las ondas concéntricas se adueñan de la laguna, me doy media vuelta y vuelvo a casa.

J. Carlos

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2 Respuestas a “Hermanastros

  1. Un buen relato. Tiene pulso, alma, ritmo. Me ha gustado.
    Un abrazo,

    AG

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