Plasma

Plasma

Lincharon a Gadafi, lo hemos visto en la pantallas de plasma de todo el planeta, casi nos salpica la sangre en la sopa. Uno de los captores levantaba en alto una pistola de oro que le había arrebatado al tirano, con el mismo entusiasmo punitivo que en épocas pretéritas se levantaba la corona arrebatada al rey destronado. Unas escenas más tarde, otro de los soldados rebeldes mostraba su pistola negra de reglamento -diríase si lo hubiera- con la que había descerrajado un tiro en la nuca al dictador, buscando seguramente una línea en los libros de historia. El gobierno provisional libio sigue con su discurso moral de que fue una bala perdida, y es que Occidente se pone pesado con las apariencias. Recuerdo que lo de las balas perdidas era un argumento muy en boga en el régimen del dictador Franco. Aparte de la repugnancia ética que me produce toda ejecución sea de Bin Laden o de Gadafi, me llama la atención que nuestros moralistas de cabecera salgan en tromba y pongan el grito en el cielo, por la informalidad de no someter a estos reos a un juicio neutral. Cuestión en la que no puedo por menos que estar de acuerdo, ahora bien: ¿por qué no levantan su voz aterciopelada de ética y dignidad por cada una de las sumarias ejecuciones que se producen en el mundo? Me temo que para que estos moralistas alcen su voz se tienen que dar dos condiciones: Hay que ser un hijo de puta que haya masacrado a miles de civiles inocentes -casi siempre compatriotas-, y ha de haber estrechado la mano, besado y abrazado a casi todos los mandamases del planeta. Los miles de civiles ejecutados en las guerras o en la paz de las dictaduras, los condenados a morir de hambre, las violadas por los soldados de uno u otro bando… no tienen quien les abogue por el derecho a un juicio justo, si acaso una foto descolorida en cualquier museo de los horrores. Había un escritor, no recuerdo quién, que proponía hacer una enciclopedia de la humanidad donde cada quien tuviera su biografía.

La pantalla de plasma está que se sale últimamente. También salieron unos extras de película gore, con una capucha blanca, la camisa negra, las manos enguantadas en negro, una boina también negra y dijeron que cesaba el chantaje de las armas con que tenían cautivos a más de cuarenta millones de ciudadanos. Supongo que fue más fuerte la emoción de la alegría que el asco que me producen. Sentí alegría por los que hoy podrán salir a la calle con menos prevención de ser asesinados, aunque me imagino que nadie les librará del recelo que les infunde las miradas y los insultos de los totalitarios. Desgraciadamente les hemos dejado intacto el discurso, ya lo dijo Arzallus, unos mueven el árbol y otros cogemos las nueces. Ha habido muchas complicidades que han quedado impunes durante todos estos años y, me temo, que serán ellos los que escribirán la historia. Cuando hayan conseguido la independencia, lo sentiré por todos los exiliados que lo son, los que lo serán y aquellos que hayan de vivir bajo el régimen totalitario con que sueñan. Y me alegraré de que con ocasión de abrir un periódico o prender la televisión o la radio sólo lea, vea u oiga hablar de esa tierra de vez en cuando, en la misma proporción que se habla de mi Castilla, por ejemplo. Que estoy harto de la matraca diaria desde hace cuarenta años. Sé de memoria los nombres y alias de los asesinos, los nombres y dirigentes de las sucesivas organizaciones que han apoyado a la banda, los varios dirigentes que han sido del PNV, los aberri eguna… Espero, la esperanza es lo último que se pierde, que estos revienta niños, destripa embarazadas, héroes del tiro en la nuca y sus palmeros aprendan el juego de la democracia, se sienten en el Parlamento y dejen de aterrorizar. A los 829 que están bajo tierra ya nos les queda ni esperanza.

El domingo en las pantallas de plasma volvió a enseñorearse la imaginería de la muerte. Marco Simoncelli pilotaba una Honda en el Gran Premio de Sepang (Malasia) y luchaba por la cuarta posición con Álvaro Bautista; arriesgó, como siempre, apurando la frenada en una curva el neumático se deslizó en el asfalto y en un intento de reponer el equilibrio la moto barrió la pista. Fue arrollado por Colin Edwars y por su amigo y valedor Valentino Rossi. Tenía veinticuatro años cuando la rueda trasera de Rossi alcanzaba su cabeza y su casco salía volando. Pilotaba peligrosamente tanto en el trazado de las curvas como en los adelantamientos y en la forma agresiva de esquivar a sus rivales. Sus compañeros se habían quejado en varias ocasiones de su conducción temeraria, pero daba espectáculo y los organizadores y los jueces callaron, ni una sola sanción. Todo sea por el espectáculo. Supongo que habrá sido lo más visto en Youtube y trend tropic en Twiter, es el nuevo marketing.

Después del luctuoso suceso el espectáculo pasó de las pistas a las tribunas. El público se quejó a gritos de que Dorna, la gestora del campeonato mundial de motociclismo, hubiera suspendido la prueba. Lo de guardar luto les importaba una higa. Es lo que tiene cuando el deporte se convierte en mero espectáculo y éste se transforma en circo romano, el público pide más sangre. Los emperadores romanos no suspendían las funciones de circo por la muerte en la arena de un gladiador.

J. Carlos

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Una respuesta a “Plasma

  1. Has coincidido con AMM. Todo un gol.

    Un abrazo desde Gra´nada.
    AG

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