La Pedriza

La Pedriza

Lunes, 7:45. Amanece despejado, polvoriento, cargado de azul. En el metro la gente guarda un silencio de cementerio. Dos niñas vestidas con el uniforme del colegio, chaqueta de lana verde y falda de tablas del mismo color, van sentadas a lo buda organizando unos recortes de colores en una bolsita trasparente, rompen el silencio preguntando a su madre quién va a ser la profesora de ballet. El señor de pelo cano con un terno gris que se agarra con una mano al larguero y con la otra al periódico que hoy también trae malas noticias, ha dejado de leer para escuchar la vocecita suave de las niñas. Hay una sudamericana joven con el pelo largo, muy negro y la piel de café con leche, viste un top negro y apretado que le levanta los senos y le deja ver el sostén de encaje también negro, mira al fondo con los ojos de sueño y bosteza. Las niñas vuelven a preguntar algo, pero su voz se pierde porque el tren se ha precipitado en una curva y las ruedas chirrían en los raíles, el señor del periódico deja su lectura, la joven sudamericana reprime otro bostezo, hasta el chico de los pantalones vaqueros de un color turbio de tanto lavado deja de atender el sonido de los cascos y espera que surja de nuevo la voz cantarina de las niñas, tan peinadas ellas, tan despiertas. Al llegar a Núñez de Balboa ambas se levantan, dan la mano a su madre y se van. Vuelve al vagón el silencio de cementerio y los oídos se dispersan en la pereza de la voz enlatada que indica el nombre de la próxima estación.

10:55. En Canto cochino dejamos el coche arrimado a unas árboles para que su sombra palie la intransigencia de este sol que no parece de otoño. Cuento hasta seis autobuses de escolares y elevamos preces a los dioses para que no elijan nuestra ruta. La Pedriza es un lugar de ensueño de canchos con forma de yelmo, de pájaro, de esfinge, con roquedales que, a lo lejos, parecen guerreros o torres o fantasmas, y si quieres soñar, necesitas silencio, pero no el silencio de cementerio que se sucede en los vagones del metro, sino el silencio pautado de las hojas apenas mecidas por el viento, de la armonía leve del agua del Manzanares lamiendo las rocas de granito, del sonido sincopado de los pasos de los compañeros, de la respiración de los árboles y el reverbero de los canchales, del vuelo deslizado del buitre negro sobre las térmicas …  Cruzamos el río y seguimos el sendero que sale hacia el noroeste, está pintado de blanco y amarillo porque es de los de gran recorrido; discurre entre pinos silvestres, pinos laricios y pinos negros que alfombran el suelo reseco de piñas y pinocha seca. El sol tamizado por las ramas dibuja entramados de celosía. Me acerco a un tronco viejo y robusto con escamas de corteza muy grandes como de cocodrilo, lo toco, está caliente. Pino me señala un ciprés de Arizona con las hojas verde azuladas y el tronco pardo rojizo, si le raspas la corteza fina y escamosa aparece el rojo como si estuviera recién pintado; no puedo creer que esta conífera de casi veinte metros de altura, es de la misma especie de las que podan en la ciudad para formar setos de separación entre los adosados de las urbanizaciones. El camino asciende polvoriento y culebrea; en los recodos te rasguñas con los matorrales de jara y cantueso; de entre los riscos aparecen retoños de encinas con las hojas contorneadas de espino, con el haz brillante como el de las hojas de acebo. Paramos a tomar aire. Silencio. Qué lejos queda Grecia y los recortes sociales y la caída de las Bolsas. Tres buitres negros sobrevuelan en círculo, majestuosos, avizorando presas que llevarse al pico. Son como los mercados apostando para que desfallezca Europa y comerse la carroña. Un poco de agua y una barrita energética y frutos secos, hay que hidratarse y chutarse glucosa porque la senda está metida entre canchales que hay que sortear. Pepe cumplió años ayer, el mismo día que Ana, así no tienen que celebrarlo dos veces. Hoy va trepando por estas rocas de granito que brillan al sol desgastadas de tantas manos y tantas botas que las transitan, y que ya tienen  salientes a modo de peldaños para asirse e impulsarse. Fotos ascendiendo. Fotos de formaciones rocosas sorprendentes. Fotos de encinas que nacen de entre las rocas y las cuartean y las rompen. Fotos de pinos silvestres que sostienen peñascos desprendidos. Fotos de dos buitreras. Estamos ya en el collado Cabrón y desde allí el horizonte lo enmarcan la sierra de los Porrones, la Maliciosa, la Cuerda larga, y la parte exterior de La Pedriza; el camino de las Zetas se pespuntea entre el manto verde oscuro de los bosques de pinos. Pepe y Pino con sus mapas constatan el nombre de cada peñasco. Dejamos para otro día la visita al Cancho de los muertos.

14:00. Un helicóptero sobrevuela y rompe el aire con sus aspas al llegar a la altura del Pajarito. Pepe recuerda que hace años, un helicóptero de rescate se le puso encima por estos lugares y entabló con sus ocupantes una conversación a gritos, había un herido más allá, acompañado por un grupo de montañeros; Pepe tiró fotos, de las de carrete, cuando subían en camilla al herido. El Jardín de la Campana o de Venus es un remanso vegetal de robles y pinos silvestres y de helechos que verdean el terreno. Un trago de agua y un vistazo para adivinar cuál de los picos es La Nava. El carro del Diablo queda a la derecha y hay que echarle imaginación para adivinar las ruedas y al propio diablo. Fue Pino, quien acababa de comentar que sólo una vez había visto una víbora en la Pedriza, el que vio el primer ejemplar; era pequeña, unos veinte centímetros, de un negro agrisado con dos líneas blanquecinas en ziz zag, tenía la cabeza en forma de rombo; la acosamos con los palos de marcha para hacerla posar como una modelo, mordió el canto varias veces. Atravesamos el collado de la Romera, girando siempre hacia arriba, dejando a la derecha los caminos que bajan. Al llegar a los Llanillos tomamos el este buscando la cueva natural en que planeamos comer.

15:10. A la puerta de la cueva sentamos nuestros cansados reales. Un lujo, oye, Pepe trae vino de Toro en petaca y Pino de Rioja. Pepe también tiene aceitunas picantes de Marruecos y tortilla de espárragos preparada por Ana, de la que todos picamos, y es que Ana goza del reconocimiento de gran cocinera de todos los montañeros que hemos probado sus tortillas. Sólo falta el café. Después, Pepe y yo, hacemos una siesta recostados en las superficies pulidas y planas de unas rocas. Pino no, anda buscando el encuadre de una foto y se sube a un pino silvestre por los escalones naturales que forman las ramas secas. Y nos cuenta las veces que ha pernoctado en la cueva con su sobrino, y otra vez con un niño de ocho años al que le salvó la cara cuando estaba sentado frente a la lumbre de gas, y se quedó dormido cabeceando, menos mal que Pino le sujetó a tiempo la frente. Evoca también las luces y las sombras que dibuja la lumbre sobre la cueva en las noches sin luna y, sin embargo, nos dice, cuando está llena se puede leer un libro a su luz.

16:20. La bajada es por un bosque de pinos y cipreses de Arizona, con el suelo tupido de pinocha seca y helechos. La misericordia de la tarde resta furia a los rayos del sol. Es mágica la luz del color de oro viejo cayendo a cachos de entre las ramas. Pepe busca infructuosamente otra cueva que está más allá del arroyo de los Pollos, la buscamos todos, pero no aparece, y es que en otras ocasiones se guiaba por los regatos de agua, ahora casi todos los arroyuelos vienen secos y tienen un lecho de arena gruesa, cantos rodados y piedras de granito pulido. Abundan las rocas amusgadas que se diseminan aquí y allá como si algún dios las hubiera tirado al desgaire, algunas tienen tanta pinocha seca encima que parecen montones de paja. Cuando el camino cae en picado, Pino nos cuenta que todos los años venía con una amiga a buscar ramas de acebo para poner en la tumba de su marido, había muerto de cáncer y se habían casado la víspera de su muerte, Pino les apadrinó; antes, ya habían estado casados con sus respectivos, y los cuatro hacían escalada y senderismo; un día una de ellas se asomó a un precipicio, resbaló y cayó, el marido de la otra intentó salvarla y también se despeñó; con el paso del tiempo los supervivientes, tal vez por el dolor, se emparejaron. Ya se oye el sonido del agua del arroyo y pisamos las huellas de un perro que ha debido zambullirse en el río, y ha de ser muy lanudo porque las huellas continúan humedeciendo el sendero más de doscientos metros. Fue Pepe quien vio la segunda víbora, es más corta que la primera, también de un negro agrisado, pero la franja blanca tiene un dibujo distinto, en rectángulos. Nueva sesión de fotos. El refugio está a la izquierda, al otro lado del arroyo, y el Yelmo debe estar detrás, desde aquí no se ve. Pepe, que tiene tan reciente el cumpleaños, recuerda que días atrás estuvo en casa de unos amigos, y sus hijos, a los que él llevaba a los rallys cuando eran chiquitines, ya estaban casados, tenían empleos envidiables y coches de categoría, pero no le dieron la mano para saludarle, sino dos besos. El tiempo vuela pero te gusta que te recuerden con cariño. El camino está gastado y polvoriento de tanto caminante y tanta sequía, se hace eterno. En esta parte baja, Esperanza Aguirre ha plantado en los recodos, a cargo de nuestros bolsillos, postes que tienen una flecha pintada sobre un cartel de metal y en una esquina reza: Comunidad de Madrid. ¡Que se sepa!

18:25. Cruzamos el puente de madera sobre el Manzanares, huele a resina. Sacudimos las botas empolvadas sobre el asfalto. Pepe camina para atrás subiendo el último repecho hasta el aparcamiento, dice que así se descansa. Pino abre todas las puertas del coche porque le ha estado dando el sol desde el mediodía, se quita la camisa y se descalza las botas. En la radio peroran sobre la crisis Martín Villa y Rodríguez Ibarra. El sol está destiñendo hacia el rosa pálido la línea que contornea las cumbres.

J. Carlos

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3 Respuestas a “La Pedriza

  1. Hola J. Carlos no dejes de escribir con el corazón.

  2. Leyéndoos , parece que hubiera compartido casi la excursión : la observación de la gente , sus detalles indumentarios y sus sorpresas, el silencio repentino………………..el piscolabis tan estupendo del camino .
    Escribis muy, muy requetebién y da gusto leeros.

  3. hola jotacé,
    ya entiendo el porqué de tu escasa familiaridad con los mapas, los senderos y las localizaciones geográficas …
    … lo único que pasa es que cada cual tiene su particular prisma para observar todo lo que le rodea. En tu caso, es más que evidente que la evolución de la especie (josecarolus) de tu género (bragadus), fue desarrollando habilidades que te permitieron destacar peculiarmente en la permanente lucha evolutiva con otros géneros (casadus, millanus, lombardus etc.) de la misma familia humana.
    Así te volviste, año tras año, un auténtico figura de los artes reproductivos, cual fotógrafo sin cámara, pintor sin lienzo, escultor sin martillo … conseguiste sobresalir en el duro oficio de la pluma , además en condiciones especialmente complejas y duras, en las que la herramienta está experimentando una transformación epocal que la verá desaparecer tristemente, olvidada bajo una maraña de teclas, cables y tarjetas de memoria (?) …
    Tus palabras llevan los colores de un paisaje de muchos megas, tus retratos clavan al sujeto con un realismo que nada envidia al óleo más incisivo, tus frases estimulan la atracción propia que se experimenta al observar una escultura rodeándola con sosiego y haciéndose con ella paso a paso, hasta llegar al punto final.
    ¡Menudo escribidor te has vuelto … jotacé!

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