Las esquinas del verano (II)

                                   

                                      Las esquinas del verano (II)

Durante el tiempo que dejé de escribirte menudencias he visitado, a menudo, las esquinas de la enfermedad ajena. Hay una persona querida que me ha regalado cariño, lucidez y sosiego, a la que le debo más de la mitad de la buena educación de mis hijos; está ahora transformada en un sucedáneo de sí misma, se le nubla la conciencia a intervalos, los ojos con que te mira son otros ojos, extraños, extraviados, y las manos que tocas amarillean cianóticas con uñas blanquecinas y dedos de cera. Los médicos te susurran veladamente, con la misma frialdad con que se resuelve una ecuación, que la fibrosis pulmonar desencadena un proceso inevitable y a esa edad, entrará y saldrá del hospital cada tanto, como quien cumple una condena y le dan permisos de salida por buena conducta. “Disfrútenla mientras puedan” –dicen-.

Andante: Esquinas del mar Mediterráneo y del mar del Norte.

No hace falta poner el despertador, hay una bandada de tordos ahí abajo, en el parque, que pía alborozada con la primera migajas de luz, han dormido en silencio sobre las jacarandas, las palmeras y unos árboles que tapan la luz al césped hasta matarlo y de los que brotan lianas, como bejucos, que llegan al suelo. Simultáneamente por si la algarabía no te ha borrado el sueño, por entre la celosía que forman las lamas se cuelan las primeras fluorescencias. Sofocas el calor acumulado de la noche con una ducha rápida, te embutes cualquier ropa y sales corriendo hacia la línea difusa de arena y agua. Allí, con los pies y el alma desnudos, orientado hacia el este, con el éxtasis de quien va a presenciar un milagro, contemplas la aureola roja del cielo que luego amarillea, hasta que vislumbras un diminuto punto que anuncia el parto inminente del sol; luego ese punto de luz engorda y derrama una estela, como de espuma, que reverbera sobre la superficie amansada del agua. Cuando el parto se consuma y la bola desnuda se separa del útero de la tierra, me quedo un rato mirando la franja de luz que navega como si hubieran plantado una hilera de trigo dorado sobre las aguas. Después miro en derredor y estoy sólo. A nadie le interesa el milagro. Me doy media vuelta y descubro que las palmeras y los edificios tienen una sola consistencia y una sola sombra, y no las múltiples que por la noche les arranca la luz artificial, como en los sueños. Y vuelvo a casa al olor del café recién hecho.

Fue un viernes de julio, a la luna le faltaban unas horas para alcanzar su cuarto creciente, cuando Anders Bhering Breivic, con diurnidad y alevosía, mandó al otro barrio a setenta y seis personas: Primero hizo estallar con bomba a siete semejantes en Oslo para ahuyentar a la policía, a continuación se dirigió a la isla de Utoya  y perpetró una orgía de sangre, durante la cual ejecutó a quemarropa, utilizando un fusil “M16” con balas expansivas, a sesenta y nueve jóvenes que tenían entre 14 y 17 años. Muchos se salvaron nadando por entre las gélidas esquinas del mar, esquivando las balas. El delito que habían cometido era el de no pensar como él. Alguien tendría que haberlo visto venir y ponerlo a buen recaudo: Tenía publicado en su web un manifiesto de 1.500 páginas a la vista de cualquiera, en el que exponía su ideario neonazi. Su prepotencia le indujo a cifrar los daños de su guerra: “La lucha contra las élites multiculturales en Europa no debería ser superior a 45.000 muertos y un millón de heridos”. Según sus cálculos ya sólo faltan 44.924 víctimas

Las ideologías también tienen esquinas y algunas son tóxicas. Vivimos en el simplismo ético y en “laisssez fair laisezz passer”, así que dejamos que campen por sus respetos las ideas totalitarias que van inoculando el odio en pequeñas dosis. Suscribo lo que escribe Aurelio Arteta: “Solo comprendemos la maldad de ciertas ideologías cuando palpamos, a posteriori, sus efectos más virulentos y sanguinarios (…). Al parecer no importa ni el veneno previo que han ido inoculando en la sociedad en sus sectores más sensibles, ni el desarme intelectual y moral que traen consigo. Y estos últimos son estragos incluso peores que los crímenes, no solo por ser mucho más extensos y ordinarios, sino también porque pasan sin réplica y acaban propiciando aquellos mismos crímenes.” Estoy pues por la exigencia de un rearme ético y por hacer luz de gas a toda ideología que no respete las reglas democráticas, las que repudian la igualdad entre los hombres, aquellas que justifican la explotación del hombre por el hombre, las que proclaman nazionalismos étnicos, las que exigen comportamientos sociales o individuales según sus dogmas religiosos, aquellas que socaban los principios de igualdad y libertad de los ciudadanos, las que incitan a la violencia de cualquier clase…, etc. Ya está bien de callar y mirar para otro lado. No hay que esperar a que salgan a la calle con las pistolas para imponerse, es preciso ningunearlos primero y, si llega el caso, aplicar las leyes con todo rigor. Basta pasearse por determinados blogs,  leer algunos de esos correos que inundan la red como en una cinta sin fin , o los sms que pueblan algunas tdts., para comprobar cómo las ideas tóxicas se expanden sin que nadie se atreva a replicarlas o a ponerlas en manos de un fiscal. Sus autores y encubridores se esconden bajo la pretendida libertad de expresión; libertad que denigran y que, desde luego, si impusieran sus ideología totalitaria suspenderían inmediatamente junto con las otras libertades democráticas.

Larghetto: Esquinas de Guadarrama y del Reino Unido

Debajo de casa hay un abeto señorial. Lo conocí recién plantado cuando no levantaba más de un metro del suelo. Me fascinan los árboles, son fábricas perfectas que se alimentan de luz, agua y detritus, que soportan su peso, a veces, de toneladas y una estatura que puede pasar de los 100 metros, tienen envergaduras que en la base forman circunferencias de hasta 8 metros y llegan a  vivir hasta 3.000 años, como es el caso de algunas Sequoias. Si te fijas tienen una arquitectura singular ramificada, con hojas dispuestas con una geometría ideal para beberse la luz, comerse el dióxido de carbono y regurgitar el oxígeno para que otros seres vivos los acompañemos durante una pequeña parte de su vida. Por eso no dejo de visitar a la olma que preside la plaza del ayuntamiento y le hago fotografías desde todas las esquinas, porque es de los pocos olmos que se salvó de la grafiosis, un hongo que tapona los conductos de la savia y que ha dejado a Europa casi huérfana de esta especie. En Guadarrama han conseguido salvarla, aunque todavía, en primavera y en otoño, la tratan contra el coleóptero que transporta bajo sus élitros el mortífero hongo. La hembra del insecto se introduce en el tronco para poner los huevos y deja en sus recorridos unos grabados lineales, de ahí el nombre de “grafiosis”. Tampoco dejo de ir a la piscina pertrechado con un libro, me siento bajo un sauce llorón, y al caer la tarde, llueve minúsculas gotas de savia que decoran las páginas del libro. Tal vez, algún día, seamos capaces de resolver la incógnita de la fotosíntesis para beber la luz del sol y transformarla en energía sin movernos del sitio, como hacen las hojas de los árboles.

Estaba agosto en pañales y Cameron de vacaciones cuando se rompieron algunas esquinas en el Reino Unido. Había estallado la rabia. El detonador fue la muerte en Tottenham de Mark Duggan por disparos de la policía. Duggan era un delincuente local, padre de cuatro hijos y con antecedentes. En sólo cuarenta y ocho horas centenares de individuos —la mayoría de jóvenes, algunos encapuchados— se concentraron en Tottenham para “pedir justicia” y explicaciones por la muerte de Duggan.  La explosión social ardió en Londres y se extendió a otros suburbios de Mánchester, Bristol, Nottingham y Birmingham. Asaltos de comercios y cajeros automáticos, quema de vehículos y edificios, y duros enfrentamientos con la policía. Terreno abonado para los analistas, sociólogos y psicólogos que nos han abrumado el verano con sesudos informes. Para el simple de Cameron hay una causa única: “Criminalidad pura y dura”. Basta con poner unos millares de policías en la calle y ya puede decir como Aznar, teníamos un problema y lo hemos solucionado. Tal vez si analizara su programa de gobierno, a lo mejor encuentra alguna de las causas en sus renovadas políticas Tacheristas. Sí, esas con que está desmantelando el sistema capitalista de producción, distribución y comercialización de productos y servicios y que permitía una cierta redistribución de la riqueza. Sí, esas políticas que fomentan un capitalismo financiero de especulación y tiburoneo al que sólo pueden acceder las élites y del que resulta una distribución asimétrica de la riqueza. No creo que la niña de once años, ni el embajador olímpico, ni la hija de un millonario, ni el profesor de primaria, ni la aspirante a asistente social, ni siquiera los hooligans, ni los sin trabajo, ni los sin techo se hayan levantado contra el sistema. No. Simplemente están gritando a los oídos del Sr. Cameron que el sistema es impermeable para ellos y para millones de los reales súbditos de su Majestad. No. No están en contra del sistema, sólo quieren estar en él. Al menos, por ahora.

Y por hoy ya me vale.

J. Carlos

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