El LLanero solitario

EL LLANERO SOLITARIO

            Alrededor del abuelo había mujeres sentadas con vestidos negros y la cabeza cubierta con el velo de ir a misa. Rezaban. Me arrimaron hasta la cama, la abuela me aupó por encima de la caja de madera para que le diera un beso en la frente. Llevaba un traje azul marino, una camisa de tergal blanco a la que le sobraban dos dedos en el cuello y unos zapatos negros con una punta muy larga, sobre las manos un rosario de cuentas de hueso y dos algodones en las ventanas de la nariz. A los pies de la cama, entre dos cirios, mis primos repeinados y tiesos con chaquetas de paño verde y pantalones grises a juego. Era la primera vez que veía un muerto. Aparté enseguida los labios porque el abuelo olía a alcanfor y a patatas podres y la piel estaba fría como la de los lagartos. Me cosquilleó la nariz y no pude evitar estornudar sobre la cara del abuelo. En ese momento las mujeres pararon sus rezos y pusieron ojos de espanto, pensé que estornudar encima de un difunto debía ser un pecado muy grave. Pero no me miraban a mí, habían vuelto lo ojos hacia un desastrado con barba de varias semanas que se acercó a la abuela y se abrazaron. En volandas, varios brazos, me sacaron del dormitorio de los abuelos y, de la mano, alguien me condujo hasta el corral a jugar con mis primos.

Iban hasta la puerta de la bodega rodando sus aros, jugaban a trasportar vino en un remolque imaginario hasta el carro de varas en la cochera, allí descargaban las cubas y los toneles y vuelta a empezar. Como el aro de Luis era más grande traía hasta tres cubas y dos toneles por vez. A mí me dieron un papel y un lápiz para que dibujara un palito por cada viaje. En éstas apareció mi padre con el señor de la barba que ahora llevaba la chaqueta de rayas, la misma que se ponía el abuelo los días de fiesta, pero con un botón negro en el ojal. Se dirigió a mis primos y los apretó, contra su pecho a Luis y, contra su cintura a Ramón; después los elevó en el aire y ellos enganchados en su cuello le mesaban la barba con sus manos. Así permanecieron un buen rato mientras mi padre me apretaba la cara contra sus muslos hasta que le tiré del pantalón y también me subió y me abracé a su cuello como los primos. Le rodó una lágrima por la mejilla, dejándole un reguero desde el rabillo del ojo hasta la comisura de los labios, la tuve que limpiar con la manga del jersey para que no me mojara la mejilla. Aquel barbudo soltó a mis primos y vino a darme un pellizco en la nariz, no me pude retirar a tiempo, pero cuando intentó darme un beso con esas barbas escondí la cara tras el hombro de papá.

Seguimos jugando a llenar el carro de vino. Luis no me quería decir quién era ese señor que se había metido con mi padre en el pajar, así que le puse un palito menos. Aprovechando que su hermano había ido a cargar a la bodega, Ramón puso las manos juntas en mi oreja, acercó la boca y muy bajito me confesó:

―Es mi papá. Ha venido de muy lejos, pero no se le puede decir a nadie. ¿Me lo prometes? ―Asentí con la cabeza.

Mi padre salió solo del pajar sacudiéndose los zapatos del polvo de la paja. Se interesó por nuestros juegos, Luis como era el mayor y un sabihondo le contestó antes de que Ramón y yo abriéramos la boca. Papá, antes de volver al velatorio, nos dio caramelos de café con leche. Los primos se cansaron de acarrear tanto vino y se pusieron a jugar a la rayuela, a escondidas, porque no es un juego de hombres. A mí no me dejaron correr el aro porque decían que levantaba más que yo, ni empujar aquella piedra lisa sobre los cuadrados de la rayuela porque no era capaz de aguantar a la pata coja. Era mentira. Les meé las líneas trenzadas en el suelo de tierra y me echaron.

Mamá calentaba pucheros de café a la lumbre de la cocina de forja y lo servía en tazas con filigranas de tinta azul acompañadas de pastas de anís. Iba de negro hasta las medias, sólo a través del velo transparente se veía su melena rubia recogida en un moño  con alfileres de cabezas de color negro. Cada vez que se cruzaba conmigo me besaba y yo, con la manga del jersey, me limpiaba el rastro de mocos y lagrimones. Lo malo eran las viejas con olor a cera, tenían un aliento acre y pelos en la barbilla como las brujas, me baboseaban en un descuido y tenía que salir por piernas. Soltaban la misma letanía:

―Pobre. Tan pequeño y ya no tiene abuelo.

Empezaron a sonarme las tripas de hambre y no había forma de comer en aquella casa. Los primos no querían cuentas conmigo ni yo con ellos, eran unos estirados, sobre todo Luis. Me escapé a la cuadra a ver el caballo tordo. Por fin mamá debió caer en la cuenta de que hacía tiempo había pasado la hora de comer y me anduvo buscando. Me encontró jugando a El Llanero solitario, montado a horcajadas en la silla de montar del abuelo, reposaba sobre un bardal de adobe, tan bajo que los estribos levantaban una cuarta sobre el suelo. Me bajó y de la mano salimos de casa de los abuelos. Había dos hombres, uno a cada lado de la puerta, con capas verdes abotonadas en el cuello, tricornios de charol en la cabeza que relumbraban al sol de mayo y un fusil cruzado a la espalda. Mamá miró al suelo y les dio las buenas tardes.

Desde que salió el abuelo de la iglesia, a hombros, las campanas no pararon de tocar a muerto. Delante iba mi primo Luis, que portaba la cruz de plata en alto y marcaba el paso con la cabeza erguida. Le seguía el cura con la casulla negra bordada en los ribetes con hilo dorado. A su lado dos monaguillos, uno haciendo pendular el incensario y el otro cargando con el acetre de agua bendita y el hisopo. A continuación desfilaban las mujeres entonando los rezos del cura, se secaban los ojos y la nariz con un pañuelo que después arrebujaban y escondían debajo de la manga del vestido. Al final, los hombres que hablaban entre ellos de las labores del campo y de los trigos candeales en los que ya granaba la espiga. Cerrando la procesión, los de las capas verdes y los tricornios de charol. Al llegar al cementerio uno se quedó a la puerta y el otro entró detrás del pueblo.

Al principio no veía más que piernas, pero papá me llevó en brazos hasta el borde de la tumba, éramos los más allegados y teníamos que estar al lado del cura rezando el responso. Papá fue el primero que cogió un terrón del montículo que había a la derecha y después de besarlo lo tiró sobre la caja; se deshizo en pedazos y flotó en el aire, durante un segundo, un sonido roto como un lamento. Siguieron los primos, Luis primero y después Ramón. Por último, mi padre me puso un terrón en la mano, lo besé y lo dejé caer con cuidado para no dañar al abuelo. Al golpe le siguieron los sollozos de mi madre. Luego la gente se hizo a ambos lados para que pasara el padre de mis primos, se había cortado la barba pero lo reconocí por la chaqueta, tenía en la mano un pedazo de tierra, lo besó mirando al cielo, luego puso los ojos en mis primos y lo arrojó. Antes de que llegara a la caja se oyó un grito:

―Alto a la guardia civil.

El padre de mis primos se dio la vuelta, los condolientes se abrieron de nuevo para dejarle pasar, corrió en zigzag entre las tumbas. El de la capa verde que estaba dentro del cementerio salió corriendo detrás de él con el fusil en bandolera, perdió el tricornio. El que estaba en la puerta puso el fusil en el hombro derecho, hizo puntería de rodillas, con el codo sobre una lápida, y apretó el gatillo. La bala hizo añicos la cara de Jesús coronado de espinas de la cruz de mármol de la sepultura de los de Vega. Cuando terminó de cargar otro cartucho, el padre de mis primos ya saltaba la tapia del cementerio. El segundo disparo produjo un agujero en la pared y una nube de esquirlas de adobe. Antes de que el sonido seco se diluyera en el aire, se oyó el relincho de un caballo.

El abuelo quedó a medio enterrar. Todos, agachados, corrimos hacia la puerta. Todavía se oyeron dos disparos más, pero el caballo tordo ya enfilaba el teso de San Pelayo. Al coronar la cresta hubo un momento en que tapó la bola roja del sol poniente. Entonces, el padre de mis primos dio media vuelta, puso al caballo de manos y saludó como El Llanero solitario. Miré a Luis y a Ramón sonriendo satisfechos y engreídos. Daban ganas de apretarles los nudos de sus corbatines negros hasta ahogarles.

         J. Carlos

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