Justicia poética

JUSTICIA POÉTICA

Hay mucha luz en la sala de la muerte. Paredes blancas. Al entrar no distingue los rasgos al otro lado del cristal, sólo ve siluetas. Los asistentes a su ejecución están viendo que el reo frunce los ojos. Que no se equivoquen, no es ninguna señal de arrepentimiento. Ha cenado calamarata. Trajeron la pasta de la Campania. Fue su último deseo, y un helado romano y un cigarro puro. Blenda. Cree que esos ojos negros de la primera fila son de Blenda. Sus pupilas ya se están acostumbrando al exceso de luz. Le preocupa que Blenda observe una minúscula gota de salsa de tomate en la solapa de su mono color butano. ¡Qué aséptico es todo! Llevan batas blancas. Si supieran la verdad dirían que es un caso de justicia poética. Estuvo dos años planeándolo. Se parecía bastante a él, pero se hizo la cirugía para ser una copia exacta y se los cargó a los tres. Desde entonces usa alzas porque el otro era un poco más alto. Quiere que Blenda le recuerde impoluto. Los últimos siete años siempre fue impoluto, se cambiaba de camisa tres veces diarias y otras tantas de ropa interior. Disfrutó de la vida a tope. Impecable, siempre impecable. Despidió al chófer por no parar en plena autopista a limpiar una cagada de pájaro. La camilla está levantada ligeramente para que le vean, para que les vea. El auditorio rebosa. Mucho periodista. En primera fila Blenda con vestido negro de seda y el tripón en pompa, los rasgos de la cara se le han afilado, ha perdido peso, tiene el pelo negro recogido por detrás en cola de caballo como a él le gusta.

Su carcelero, Walter, no se ha puesto la bata blanca ni los guantes de látex, lleva su chaqueta azul y tiene la camisa salpicada de manchas de sudor. Le ayuda a tumbarse en la camilla y abre el candado de las cadenas de los pies. Le pagó la operación a su hijo a cambio de hacerle la vida más fácil. El padre le enseñó la foto agradecida del hijo, tenía los ojos grandes e inocentes del padre, y el pelo crespo de rizos rubios. Las batas blancas inmovilizan sus tobillos. Walter le roza las manos al quitarle las esposas y siente sus dedos calientes y sudorosos. Le pide que le doble la almohada, quiere ver mejor a Blenda. El vestido negro de Blenda con rosas negras de ganchillo tiene un escote generoso. La granja de Dakota donde se crió era un barrizal en invierno. Recortaba las fotos de playas de las revistas y los coches y los yates. En verano el viento metía el polvo en casa y en los ojos. Las batas blancas le atan las muñecas con las cinchas. Se oye el leve murmullo del aire acondicionado. Hay una luz cenital muy grande, muy fuerte, que daña, como en los quirófanos. Blenda, al otro lado, se muerde el labio inferior. ¿Qué pensará? Ha venido también Jakob I, el patriarca, con su terno azul, su pajarita y su pañuelo blanco en pico. El juicio le ha puesto más años encima. Nunca dudó de que el inculpado fuera su hijo, aunque después de los funerales le confió que el accidente le había cambiado los andares. Los asistentes mueven los ojos como en un partido de tenis, miran al condenado y después, miran al teléfono de color crema colgado en la pared, luego vuelven a mirar al condenado.

En la granja de Dakota empezó a recortar de las revistas la vida regalada de Jakob II. Habían nacido el mismo día del mismo año, casi a la misma hora, Jakob II en Nueva York, él en Dakota. El polvo se metía hasta en el cajón donde guardaba los recortes. Copas de natación, de hípica, de rugby, su primer Masseratti. Más que un quirófano la sala de la muerte está acondicionada como un set de televisión. La lámpara despide mucho calor y reza porque en el mono de color butano no aparezcan ronchones de sudor como en la camisa de Walter. Al otro lado también está la familia de la mujer que mató. Son los padres. Serios, cogidos de la mano. Son también los abuelos de la niña que ahora tendría dieciocho años. En el cajón de la granja de Dakota estarán todavía las fotos de Jakob II con sus primeras novias en bikinis de época, sentadas sobre los espaldares de los asientos de cuero blanco de un descapotable, luciendo pamelas en el Club de golf, y saliendo de la Ópera con vestidos de Dior y joyas de Tiffany.

Los bata blancas también miran al teléfono de color crema, más concretamente a la esquina superior derecha que tiene un piloto rojo apagado. ¡Qué aséptico es todo! Un bata blanca busca una arteria y le pone una vía en la muñeca izquierda. Se repite lo que vio hace años en un documental de televisión. Al negro que iban a ajusticiar lo dejaron sólo después de ponerle la vía. Había un reloj con números romanos y cuando la manecilla llegó a las doce, el Alcaide asintió con la cabeza. Varios hombres con batas blancas abrieron las espitas de unos cilindros de vidrio con líquidos de colores. Los émbolos se pusieron en movimiento y empujaron los líquidos hacia una sonda que terminaba en la vía. No había dolor, sólo silencio. Silencio y sueño. Dentro de unos minutos esa amalgama de colores llegará a su sangre y poco a poco se apagará la luz en su cerebro. Se le escapa un eructo. Regurgita vino y tomate. La acidez gástrica le estalla en la boca como una ventosidad. Huele a tejidos descompuestos. Las bacterias harán su trabajo. Sus átomos dispersos volverán a la tierra y serán parte ínfima e inconsciente de árboles, ríos, rocas, pájaros, aire… Blenda, te quiero Blenda. La vida es un torbellino estúpido. Era todo tan perfecto.

Los dos familiares de las mujeres que mató miran al suelo. Ella, la mujer, tiene un pañuelo blanco de encaje en la mano derecha con el que se tapa la boca. Si supieran, justicia poética. Walter le advirtió antes de la última cena que los periodistas no podían hacer fotos, “les requisan las cámaras y los móviles” – le dijo-. Algunos tienen sobre las piernas un cuaderno o una libreta y un bolígrafo entre los dedos. Los últimos meses han  tenido tiradas millonarias a su costa. Las portadas han abierto con su foto muchas veces. “El magnate Jakob II condenado a muerte”. “Su vida en manos del Gobernador”. Ha perdido la noción del tiempo. Es todo muy aséptico, pero el olor de los sobacos de Walter descompone la asepsia. Cuando estire la pata, se le aflojarán los esfínteres y quedará un olor que tapará el de sobaquina de Walter. En la cara de Blenda adivina que quedan aún unos minutos.

Todo estaba planeado. Todo menos que se enamorara de Blenda, bueno y que le pillaran. No a él, claro. Han pillado a Jacob II y creen que lo van a matar. Ilusos, hace siete años que murió. En la bancada que sigue el espectáculo hay revuelo, alguien de las filas del medio se ha desvanecido, le dan aire y luego se la llevan. Es el ama de llaves. Durante siete años lo cuidó como una madre. La figura esbelta, el pelo cano recogido en un moño por detrás, las manos siempre juntas, acariciándose. Walter se ha vuelto hacia la pared, seguramente le ha dado un ataque de llanto. “Eres un sentimental” –le susurra-. Él no llora, ni siquiera por Blenda, ni por el hijo que lleva en sus entrañas. Crecerá rico, pero siempre tendrá la duda de si su padre es o no un asesino. No espera que suene el maldito teléfono. Cuando le visitó en la celda el Gobernador en persona y le contó la historia dijo: “No te creo Jakob, eres tú. Estudiamos juntos. Y si fuera verdad lo que me cuentas, mejor, se haría justicia poética”. El corazón empieza a desbocarse. Mira a Blenda, casi ya sólo mira a Blenda. Blenda tiene los ojos enrojecidos. Blenda le lanza un beso en el aire. Sólo oye sus propios latidos como martillos. Sólo ve la luz cenital de quirófano. Se aguanta las lágrimas. Quiere ver a Blenda hasta el final, nítidamente, con los ojos limpios. Hace un óvalo con los labios para devolverle el beso. Era todo tan perfecto. Los latidos van a romperle la yugular del cuello antes de que llegue la hora. Lo peor es que la tensión arterial le nubla la vista. “Tengo que tranquilizarme” –dice en un bisbiseo-. La vida fue un torbellino estúpido.

Después de la cirugía el parecido con Jakob II era tan fiel que le pidieron un autógrafo en la Quinta avenida. Se dejó barba. Dos años para urdir un plan perfecto. Iba a ser Jakob II y vivir su vida y gastar todo su dinero. Tenía que actuar sólo. Debía desparecer toda la familia, el padre, la madre y la hija. Tiene seca la boca, se pasa la lengua por los labios, en las comisuras hay saliva seca. “Walter, límpieme la boca, por favor”. Por Dios, vaya recuerdo para Blenda, un lamparón en la solapa y la saliva seca y amarillenta en la boca. Los viernes noche la familia de Jakob II dejaba su apartamento en la Sexta Avenida y partía hacia Long Beach a pasar el fin  de semana. Cortó los latiguillos de freno del Jaguar cuando pararon a cenar en Oceanside. Les siguió en su ranchera. Walter le pasa una servilleta de papel por los labios. “Walter, Dios te lo pague”. El carcelero no sabe que le ha dejado un legado de cinco mil dólares al mes hasta que se muera. Cuando chocaron contra un plátano sacó el cuerpo de Jakob II y lo metió en la ranchera. Al Jaguar con las dos mujeres le prendió fuego. Ellas podían descubrirlo porque sabían cuál era el tamaño de su pene o si tenía pecas escondidas por ahí.

El tiempo se agota. Más allá del vidrio grueso, como a prueba de balas, se nota la tensión. La madre y abuela de las muertas ha soltado la mano de su marido y le hace un corte de mangas. El marido le mira con dureza, con los ojos secos. Blenda mira al teléfono. El patriarca mira el teléfono. Walter mira su reloj y al teléfono. La tensión le nubla la vista, los latidos estallan en su cabeza como si las meninges fueran la piel de un tambor. El labio superior le tiembla. Una lámina de agua le impide ver a Blenda. Grita: “Te quiero, te quiero, te quiero”. Los bata blancas se sobresaltan. Walter le coge la mano derecha. El cadáver de Jakob II está enterrado en cal viva, en un promontorio, al norte de Lake Hempstead. Llovía y se enfangó de barro, el mismo barro que encenagaba en invierno la granja de Dakota. Cuando le echó el saco de cal encima, las gotas de agua borboteaban como si la cal hirviera. Y ahora la mente le hierve con el recuerdo de ese borboteo y del polvo blanco que ascendía y las botas llenas de barro y los pantalones llenos de barro. Siete años más tarde acusan y condenan a Jakob II de matar a su propia familia. Y eso que se quemó las palmas de las manos para simular que intentó salvar a la madre y a la hija. Respira con dificultad. Un nudo de angustia le atenaza la garganta. Blenda. Los labios se mueven. Blenda. No suenan sus palabras.

Los bata blancas salen. Walter sale detrás dando un traspiés en el dintel de la puerta. Chirría el cerrojo. Le falta el aire. Blenda está borrosa. Blenda se está quedando oscura.

Lo de enamorarse de Blenda y dejarla embarazada en un vis a vis eso no puede explicarlo. Blenda es una sombra, una mancha negra.

Le pesan las piernas y los párpados y la lengua. Blenda es un puntito negro.

J. Carlos

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