Entre dos fuegos

ENTRE DOS FUEGOS

A las ocho menos diez estamos parados en la esquina de la calle Vallehermoso con Fernández de los Ríos, junto al bordillo de la acera, sin quitarnos los cascos negros, a la espera de que salga el objetivo. Antxón, de pie, gira el puño para darle gas a la Yamaha. Los ojos puestos en el portal del número 54. El edificio es de ladrillo visto, tiene una puerta estrecha, de forja, enmarcada en mampostería imitando al granito. Yo permanezco en cuclillas, observo el motor y paso los dedos enguantados por los cables que terminan en las bujías. El sol ya alumbra las terrazas de los edificios, pero en el chasis de la moto siguen destellando los colores intermitentes de la cruz de la farmacia que está sobre nuestras cabezas. En esta posición el cañón de la Star 9 mm. se me clava en el muslo derecho y me trago el humo del escape. Me incorporo, aunque sigo con la cabeza gacha haciendo que reviso las tripas de la moto.

Será mi bautismo de fuego. No se fían, saben que hay infiltrados y es una ceremonia de iniciación, como ellos la llaman. “Hay que socializar el sufrimiento”, dicen. Hemos estado tres semanas en un bosque a las afueras de Bagnères-de-Bigorre haciendo prácticas de tiro y planeando milimétricamente la acción. El objetivo es Siro Mantilla, subinspector de Policía, treinta y dos años, un hijo varón, casado con una enfermera. Saldrá de casa a las ocho menos nueve minutos para tomar el metro en Quevedo, bajará por esta misma acera. Mi compañero montará en la moto, yo caminaré calle arriba unos quince pasos con la mano derecha en el  bolso de la chupa, hasta cruzarme con él. Sonarán dos estampidos secos como dos petardos de feria, al tiempo que su cuerpo se desplome habré girado media vuelta hacia la calzada, luego dos pasos, un salto hasta la moto y, abrazado a la espalda de Antxón recorreremos Vallehermoso a todo gas, vadeando coches. Finalmente giraremos a la derecha para enfilar Cea Bermúdez y descabalgaré a la altura de Bravo Murillo, junto a la boca de metro de Canal.

Entre el calor del motor, el corazón que está bombeando como si se hubiera vuelto loco y este traje de cuero que sirve para cortar el viento helado pero no para estar quieto, me estoy cociendo vivo. Lo peor es que las gotas de sudor perlan la frente y las sienes que palpitan las empujan hacia las pestañas y he de evitar que lleguen a los ojos. Hago ademán de subirme la visera, el compañero me lo recrimina con un fuerte golpe en el hombro antes de que el pulgar consiga levantar un centímetro, luego  suelta dos epítetos seguidos, uno en francés (stupide) y otro en español (gilipollas). Lo ha hecho sin dejar de mirar al portal del número 54. Vuelvo a ponerme en cuclillas y trasteo en el tapón del depósito de aceite. No he querido preguntar la edad del crío, sólo me interesé por si tenía costumbre de salir con él. Me dijeron que nunca. He aprendido sus rasgos de memoria y mi cerebro me pasa una y otra vez la película de lo que va a suceder: Dos tiros a bocajarro en la sien derecha, el cuerpo desmadejado, la cabeza que cae hacia delante hasta dar con la barbilla en la garganta, lo primero que llega al suelo son los glúteos, después la espalda y, por último, la cabeza que rebota con un golpe seco y queda torcida hacia la izquierda, dejando a la vista los dos orificios por los que manan apenas dos regueros de sangre.

Ayer como todas las noches, antes de cruzar la muga, sentado en el wáter del apartamento, con los pantalones a la altura de las rodillas, he abierto la tapa del reloj de pulsera; después de sacar parte del mecanismo y extraer de debajo del compartimento de la pila una tarjeta, la he insertado en el móvil. El mensaje de Jefatura es claro: “Culminar la acción”. Todavía esta madrugada, antes de llegar a la estación de Chamartín, encerrado en el cuarto de baño del vagón cafetería, he llamado al teléfono privado del General. He alegado que puedo provocarme una gastroenteritis, errar el tiro en el último momento… La voz metálica del Mando ha dicho imperturbable: “Le ordeno culminar la acción”. Me he atrevido a apostillar que tal vez el viernes no se reúna la cúpula o que no me inviten o que descubran antes mi doble juego, no me deja terminar: “Soldado, limítese a culminar la acción. Es una orden” y colgó. Mientras quitaba la tarjeta y borraba todo rastro del terminal, volvió ese dolor agudo como si cien agujas atravesaran mi cerebro, es tan fuerte que me nubla la vista. Dos Ibuprofenos, cerrar los ojos, apretar fuerte las sienes con los pulgares y dejar pasar tres minutos. Me lo prescribió el cirujano del Gómez Ulla después de implantarme una placa de titanio en el hueso frontal, cuando lo del atentado en la Casa Cuartel.

Faltan nueve minutos y medio para las ocho. Se ha atascado la calle Vallehermoso por culpa de un taxista que transita por Fernández de los Ríos y se ha quedado en mitad del cruce, asoma la cabeza por la ventanilla y nos grita, pretende que dejemos expedita la calzada y subamos la moto a la acera, maniobra hasta casi rozarnos y me obliga a ponerme de pie. Hemos de pasar desapercibidos, callamos. Antxón me indica con gestos que me ponga detrás de la rueda para tapar con mi cuerpo la matrícula. Sigue empuñando el acelerador y moviéndolo suavemente sin quitar la vista del portal 54. Sale un viejo encorvado que tantea la losa de mármol de la entrada con el canto de un bastón. Recorro con los dedos temblorosos la óptica de las luces traseras que parecen una herida sangrante. El sudor ya ha entrado en el ojo izquierdo, escuece. Vuelve a pasarme la película, esta vez a cámara lenta. Ahora las balas que entran en su cerebro me duelen a mí, es el mismo dolor de la metralla que se incrustó en mi cráneo, como de agujas cosiendo el cerebro en vivo. Viene por oleadas que te queman por dentro, son como gotas de lava incandescente que terminan diluyendo la rabia acumulada en meses de hospital y hasta las ansias de venganza.

Suena el móvil de Antxón, no lo coge hasta el quinto timbrazo siguiendo la consigna. Sin embargo, contra sus propias normas, sube la visera, se agacha sin dejar de mirar por encima de la moto al número 54 y embute el teléfono entre el casco y la oreja. Aprovecho para levantar también mi visera y restregarme el ojo izquierdo. La conversación no dura ni diez segundos, he intentado escucharla, es mi misión, pero entre el fragor del tráfico y el casco no he conseguido sacar nada en claro, varios “oui”, un “¿estás completamente seguro?”, y una frase corta antes de colgar.

―¿Qué pasa? ―pregunto exhalando un suspiro con el convencimiento de que se anula la muerte.

―Buenas noticias ―contesta con media sonrisa y bajando la visera sin dejar de mirar al portal― que habrá reunión el viernes en Lyon, conocerás al Comité en pleno.

Trago saliva dos veces y me alegro de que no pueda verme la cara. Miro el reloj que llevo sobre la bocamanga, faltan sólo once segundos para las ocho menos nueve, ya están soleándose las terrazas de los pisos más altos. Sigo en cuclillas pasando la mano izquierda por distintas zonas del motor, pero con la vista en el número 54; meto la derecha en el bolso de la chupa y aferro con los dedos las cachas de la Star, a través del guante imagino su tacto frío. Las oleadas de dolor me martirizan el cerebro hasta el mareo, cierro los ojos un instante pero no consigo borrar la película que sigue pasando a cámara lenta: El cuerpo desmadejado, dos agujeros, los hilillos de sangre en las sienes y los ojos abiertos mirando a ninguna parte. Tenía que haberme tomado el Ibuprofeno.

Con seis segundos de adelanto la víctima sale del portal vestido de paisano. Lleva de la mano un niño con el pelo castaño y ojos somnolientos. Detrás camina una mujer morena más baja que él con una diadema roja en el pelo. Antxón me golpea la espalda. Me cuesta incorporarme y casi pierdo el equilibrio antes de terminar de ponerme de pie. El dolor de cabeza ha sido tan fuerte que me ha dado un pequeño vahído seguido de náuseas. He regurgitado café ácido. Huelo a vómito. Antxón suelta el acelerador, me agarra del brazo y de un empellón me sube a la acera. Tropiezo con el bordillo, aunque consigo mantener la vertical. Estoy de pie paralizado. Repiquetea en las paredes de mi cráneo el eco de la voz metálica del General: “Sooldaadoo… cuulmiinaar … aacciióón”. Me escuecen los ojos de sudor y se superponen la película del cuerpo desmadejado y los recuerdos de los gritos del cuartel, el humo, el olor a pólvora, las manos en la cabeza ensangrentada, la textura casi líquida de la metralla candente clavada en el hueso frontal, y los dos orificios manando hilillos de sangre.

El padre besa a la madre en los labios y se agacha para besar las mejillas del niño, éste agarra la mano de la madre y se dan la vuelta calle arriba. El padre da dos pasos calle abajo, hacia mi posición; luego se para, dobla la cabeza y espera a que el niño se vuelva para levantar ambos el pulgar en el aire. Antxón me ha estado soltando improperios por lo bajo hasta que ha visto que he echado a andar hacia la víctima, se ha montado en la moto y la ha acelerado en vacio sin meter la velocidad. A través de mi visera empañada la víctima tiene el pelo muy negro y más entradas que en las fotografías, los ojos son de un verde claro con la mirada limpia. Faltan seis pasos, me dan arcadas y se me nubla la vista. Me paro para tomar aire, pierdo la cuenta de los pasos, la víctima se me echa encima. Dan ganas de apretar el gatillo dentro del bolso y hacerme un agujero en el pie. “Soldado, limítese a culminar la acción. Es una orden”. Cuando llego a su altura me mira distraidamente. Doy un paso más. Me detengo. Giro media vuelta y saco la mano derecha del bolsillo empuñando la Star. El corazón deja de latir. Todo está quieto, en silencio, como si se hubiera solidificado. Estiro el brazo y disparo a bocajarro dos veces en su cogote. Cae hacia delante en vez de hacia atrás. Nada es como en mi película. Me vuelvo hacia la calzada para montar en la Yamaha. Veo el cañón de una pistola en mi visera. Escucho: “¡Zipayo!”. Por instinto agacho la cabeza y levanto el brazo para disparar. Vuelan esquirlas de plástico negro mientras caigo hacia atrás.

Por el puto casco y la placa de titanio sigo todavía aquí con mil cuchillos cortando en pedacitos mi cerebro.

               J. Carlos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s