Tempus fugit

Tempus fugit

En esto del tiempo empezamos bien. Cuando éramos simples bacterias retozando en el agua vivíamos eternamente, bastaba con dividirse en dos y teníamos duplicado el material genético. Se podía hacer de manera ilimitada, así que constituimos ejércitos que poblaron la Tierra con clones eternos de nosotros mismos. Como somos de naturaleza inquieta no paramos en nuestros desvelos hasta que dimos con una forma de vida superior, la célula. Ésta también se reproduce de manera asexual, duplica su material genético (ADN) igual que la bacteria. Sin embargo, la célula no se puede reproducir indefinidamente, cada vez que lo hace sufre un pequeño deterioro, de forma que llegando a unas dos mil divisiones va y se muere. Parece que en el proceso evolutivo cometimos un fallo, llámalo tonto si quieres, pero imperdonable. Mientras que la bacteria tiene el ADN circular, la célula lo tiene alargado y en cada división deja sin duplicar los extremos y va perdiendo información. De esa manera tan tonta va envejeciendo y termina diñándola. Sin embargo, en un rasgo de inteligencia, el conglomerado de células, bacterias y virus que se asocia simbióticamente para constituir un cuerpo raro que llamamos hombre, consigue, mientras permanece en el útero materno, que las múltiples divisiones celulares sean perfectas. Para ello pone en marcha una enzima que se llama telomerasa y que protege los extremos del ADN en cada división celular. Sin la acción benéfica de esta enzima naceríamos viejos como Brad Pitt en la película “El curioso caso de Benjamin Button”. Lástima que una vez expulsados del paraíso materno la telomerasa se silencia y nuestras células empiezan su carrera hacia la muerte. Y lo que es peor, de tanto en tanto alguna célula sale listilla, se rebela contra la maldición de tener que palmarla inexorablemente, y consigue quitarle la mordaza a la enzima para dividirse como loca en su afán de inmortalidad, pero termina fabricando un amasijo informe de células que llamamos tumor. Y te lo extirpan o te mata.

Así que por ese fallo estúpido de tener apagado el interruptor de la polimerasa nos vemos en la necesidad de valorar ese bien escaso que es el tiempo, sufrir el desgarro de ver morir a los nuestros y vivir con ese horizonte macabro del deterioro constante que desemboca en la muerte. Afortunadamente el cerebro nos dosifica las endorfinas para conseguir ese estado de placidez en el que vivimos y trabajamos, de forma que podamos asumir la pérdida de tersura de las pieles que amamos, mirarnos en el espejo y no angustiarnos al advertir las huellas del tiempo, asumir con resignación cristiana que ya no podemos hacer esto ni aquello, no espantarnos en las conmemoraciones de los veinticinco años por no poder encajar en el recuerdo esos rostros arrugados… Nuestros escritores y pensadores también nos alivian para que no naufraguemos por la pesada carga del tiempo: Saramago en “Las intermitencias de la muerte” describe el horror, el caos y la desesperación causada porque la muerte dejó de hacer su trabajo. El recientemente desaparecido Jorge Semprún, contestando póstumamente en el programa Epílogo de Canal Plus, advertía que, La idea de la inmortalidad es macabra. Está bien que haya un final. La libertad y la finitud son esenciales en la naturaleza humana”.

Y el tiempo vuela desigual, como si el aire de las estaciones de la vida tuviera una densidad cambiante. En la niñez los minutos eran torpes como nuestros pasos y caminaban lentos arrastrando los segundos, con demora, hasta el hastío. Una mañana en que mi madre procedía a la penosa tarea de levantarme de la cama, retirando las sábanas y las mantas a las que yo me asía como un náufrago y abriendo de par en par los postigos de las ventanas, le pregunté con rabia: “¿Cuando se acaban los días?”. Más tarde el tiempo se enroscaba con un bucle de rutinas en la escuela cantando la tabla de multiplicar, recitando las virtudes teologales o aprendiendo los ríos y los partidos judiciales. A medida que las cosas empequeñecían porque ibas creciendo, el ave del tiempo atravesaba un aire sosegado donde la vida era eterna como esa tos y esos vahídos del primer cigarrillo, eternas eran las primeras miradas furtivas y los latidos del corazón desbocado cuando esas miradas confluían, eran eternas las amistades recientes y las hojas de todos los árboles y la primavera y el mundo que se te abría como los pétalos de una flor. En la juventud las alas del tiempo atravesaban vientos mansos de amores que se prometían perpetuos y de ciencias nuevas que despertaban tu curiosidad, pero de vez en cuando batían desesperadas para atravesar tormentas de alcohol, turbulencias de humo y ciclones de desamor. Es después, cuando el mundo te hace un hueco de trabajo, te instalas en familia y vienen los hijos, que la densidad del aire que atraviesa el tiempo adelgaza; los ves crecer con la incredulidad de que fue ayer cuando nacieron, ayer dieron el primer paso, ayer dijeron tu nombre, ayer empezaron el cole, ayer se graduaron en la Universidad. Un poquito después caes en la cuenta de que el aire en el otoño de la vida empieza a enrarecerse, que el tiempo avanza en aceleración constante, sin apenas batir de alas; para entonces ya pesan más los recuerdos que la vida y constatas que visitas demasiado a menudo los tanatorios y cementerios, ya no te invitan a bodas y bautizos y los amigos te hablan más que nada de enfermedades.

Para engañar a la flecha inexorable del tiempo el cerebro, ese que se ha construido el conglomerado de bacterias y virus para gobernarse, no sólo nos chuta con endorfinas, también ha construido un recinto exclusivo, la memoria, donde almacena los recuerdos. De forma que accedes a un pequeño archivo como el que entra en una biblioteca y se pasea por sus pasillos, mirando las estanterías llenas de libros, y eliges el libro de tus recuerdos que quieras evocar. Los posos del tiempo también deterioran los recuerdos, los más vívidos permanecen porque están asociados a acontecimientos que te impactaron, sea el atentado de las Torres Gemelas o el día que murió tu padre. Tampoco ese archivo es demasiado fiel, cada vez que evocas un recuerdo lo recreas, como si el escritor cada vez que relee su artículo volviera a reescribirlo, así que no hay certeza de que refleje la realidad de lo acontecido. El cerebro engaña al tiempo recordando el pasado y utilizando la coartada de la imaginación para soñar con un futuro perfecto que te corta las alas de la rebeldía. Desdeña el presente y te apura con el futuro, siempre estás a la espera de que pase el tiempo para tener algo, para llegar a, para conseguir que, para demostrar tal. Te engaña también a ti porque si consigues lo esperado no tiene nada que ver con lo que tú habías soñado, y porque no te avisa que las caricias son para darlas en el momento, las palabras amables para decirlas siempre, los malentendidos para aclararlos ya, las buenas obras para hacerlas de inmediato. Te engaña sí, aunque sólo sea para engañar al tiempo.

Pues eso, por culpa del silencio de la telomerasa, Sic transit gloria mundi

J. Carlos


Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s